Más sueños de una darketa: La saga continúa. Un cuento de Jéssica de la Portilla Montaño.

Sueños de una darketa: La saga continúa – Cuento

Sueños de una darketa: La saga continúa

Un cuento de Jéssica de la Portilla Montaño.

 

Hoy desperté con la increíble noticia de que mi suegra murió hace unas horas de un ataque al corazón.

Me conmoví hasta las lágrimas, pero no por ella sino por el glorioso futuro que ahora vislumbro, los sueños de opio como decía mi ex amiga:

Mañana mismo estaré instalada en la casa de mi novio.

Y, claro: dormiremos en el cuarto de mi suegra. Fornicaré con su hijito en la misma cama en que ella le cerraba las piernas al ex marido.

Para asegurarme de que esto dure muchísimo tiempo, a mediodía iré al ginecólogo: adiós dispositivo intrauterino. Mi primogénito llegará en nueve meses, antes si se puede. Tendremos tres niños que serán malcriadísimos.

Pintaré de negro mi nuevo hogar. Mi novio deberá abandonar su burgués empleo para dedicarse a mí y a mis hijos y a ensayar con la banda. El resto del tiempo fornicaremos sin descanso, porque quiero tener muchos hijos: ya no tres sino mínimo cinco.

La vieja vivía en la miseria (¿Por qué es más barato el alcohol que los alimentos?, preguntaba cada que organizábamos una reunión). Pero, quién lo hubiera dicho: en el testamento salió que era dueña de varios terrenos. Cuando supo que su hijo me dio un anillo de compromiso, la muy bruja comenzó a ahorrar cada centavo con la esperanza de mandarlo a Dinamarca o Noruega a terminar la universidad… Cómo me encantaría restregar en su arrugada jeta que ahora YO y nadie más seré la “dueña de sus quincenas”, ja ja ja: sólo por eso lamento que la arpía esté más muerta que un pollo rostizado.

Dejaré que mi cabello crezca hasta la cintura, y convenceré a mi novio de hacerse unas rastas. Llevaremos a nuestros niños a los Festivales Oscuros para que el mundo sepa que somos papás cool. Cada día iremos al Tianguis del Chopo a cambiar discos; por las tardes, unas chelas con la banda.

Convertiré el jardín en un gran plantío de marihuana que ni en sueños imaginamos. Nuestros amigos lo agradecerán.

Andaremos desnudos por el patio, la música a todo volumen. Mis hijos no irán a la escuela. Nadie nos prohibirá hacer lo que nos venga en gana. Veremos televisión de paga, “televisión de calidad”. Fiesta cuando la ocasión lo amerite (léase: todos los fines de semana). Aprenderé a tocar la batería y me desharé de lo que recuerde la existencia tan vana de esa perra malparida.

Y cuando mi novio y yo nos hartemos de nuestra vida anárquica, en unos quince o veinticinco años nos reintegraremos a la sociedad.

Eso sí: hoy mismo aprenderé a bailar zapateado para retozar sobre la tumba de mi queridísima suegra. ¿Cómo puedo agradecerte por haber muerto?

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