Entre jefes horribles te veas (2)

Continuación de Entre jefes horribles te veas, mi columna de este mes para la Revista Delatripa (narrativa y algo más).

Entre jefes horribles te veas.
Entre jefes horribles te veas.

La Niña TodoMePasa dice:

Soy más bien huevona.

…o al menos eso es lo que ha pensado de mí el noventa y nueve por ciento de mis familiares, profesores, colegas, ex lectores… y mis jefes. Oh sí. Cientos de miles de ex jefes.

Con decirles que mi ex empleada doméstica se quejó con mi mamá y con mi abuela (“historia verífica”, decía Adal Ramones hace veinte años cuando era medio famosón) de que, cito: “Cómo es posible que una mujer de veintidieciséis años se queje porque no le tienen listos los uniformes de la oficina”. Oh sí: la ex terapeuta freudiana que cada semana barría y trapeaba mi hogar se quejó por tener que… ¡lavar cinco playeras extras!!! ¿Será que debí facilitarle un poco el trabajo?, ¿hacerle un martini con doble aceituna mientras yo pasaba el plumero por los rincones de mi casa que ella considerara indispensables?

(Pero, como nunca falla la Ley de Murphy: clásico que cambias de doméstica porque la actual ya es más amiga molona que empleada… y llega una nueva que te roba la medalla de oro que te regaló tu abuelita hace veintidiez años, cuando hiciste tu Primera Comunión. ¡AUCHHH!!! ¡Sóbese donde más le duela!)

Vaya: hasta la numerología me tacha de tal forma, porque al sumar los dígitos de mi fecha de nacimiento encontré que mi destino era (según Kala Ruíz) trabajar el doble que el resto de las personas para obtener la mitad de resultados, y todo por el “karma” de que en mis innumerables y desconocidas vidas pasadas fui de lo más perezosa.

Bueno, puesn: ¿Y qué culpa tengo (Fatmagül) de que mis yo de otros siglos hayan sido emperatrices cleopatrescas que no movían media uña porque sus esclavos les complacían el más mínimo berrinche, y hasta las viboritas se encargaban de “suicidarlas”?, porque qué flojera y cero fashion andarse haciendo cortaditas cuya sangre de inmediato coagula, y doble pereza estar tragando una aspirina tras otra para facilitar el show…

(quien lo sabe lo sabe, y quien no pues que investigue eso de la aspirina, porque qué flojera estarles explicando la historia de mi vida a ustedes, mis queridos ex lectores del mañana. ¡Y ahora hasta la historia de mis vidas pasadas les tengo que inventar! ¡Habrase visto!)

Pero como que ya me estoy desviando del tema, y pues qué flojera escribir ciento cuarenta caracteres de más (por eso todos me unfollowean de Twitter, I guess).

Estábamos en que:

¿Quién no ha tenido un mal jefe? ¿O dos? O diez… ¿diez mil?, ¿eh? ¡Diiigo!, porque no todos somos capaces de tener la estabilidad laboral, mental, anímica, amorosa, espiritual y bla bla bla que supuestamente tiene la “gente normal” (lo que sea que eso signifique para nosotros los “anormales”).

Les contaba que mi primera chamba fue en una Tienda de la Esquina en Coyoacán, con una mujercita de ascendencia extranjera que se sentía -y sospecho que aún se siente- con el derecho de esclavizar al pueblo mexicano de lunes a sábado, en jornada completa y pagando sólo diez pesos de entonces por cada hora extra. Luego de darle las gracias por hacerme vivir una experiencia tan pero tan proletaria, decidí ponerme las pilas para la universidad… propósito que no me duró demasiado, como siempre cuando se trata de mis buenas intenciones.

Se podría decir que mi segundo trabajo fue un avance notable: cajera en el restaurante de un ‘benefactor’ de mi familia. Más que restaurante era algo así como una cantina privada para amigos, conocidos y demás, porque no había mucha concurrencia a pesar de que la comida -y, ejem, la bebida- era buenérrima, los mejores dedos de queso que he probado jamás. En esta chamba hice lo que el resto del planeta bien sabe que es mi actividad favorita: procrastinar. Según mi mala memoria, llegaba al restaurante después de la una de la tarde, y si había seis o siete mesas en todo el día era mucho. Así que mientras tanto no me quedaba de otra que leer un libro tras otro, ya qué ya qué, o ponerme a ver videos de MTV en la pantalla gigante que tenía justo enfrente. Creo que fue una de las fases en que más leí en toda mi vida, así hayan sido puras mafufadas como El Manifiesto Comunista, ya saben: de cuando tienes 18 años y quieres irte unos meses con tus tíos de Cuba “para conocer el marxismo de cerca”, o sea guauu, el sueño
de cualquier PP (por “Princess Prole”… no por Pau Peña, ¡eh!): ir a convivir con otros más pobres que tú.

Era esa época antigua en que Sean Lennon se lanzó como cantante, Plastilina Mosh revivió a Lyn May para uno de sus videos más famosos -de los tres que recuerdo de ellos… o dos…-, y una de mis mayores obsesiones comenzó cuando tuve la mala malísima idea de pedirle a mi mamá que me comprara en Liverpool un disco compacto “de un tal AntiCristo Superestrella”. Mis quincenas completas servían para comprar libros que no recuerdo si al menos abrí, y en música que cierto ex parásito me desapareció.

En cuanto a los jefes de esa segunda chambita, eran lo más relax del mundo, básicamente porque (ventaja del nepotismo) tenían que tratar con mi jefa-jefa: el encargado y su encargado, el cual me caía superbien porque se la pasaba bromeando (su frase clásica era: “Niña, qué tienen tus ojos… y era bizca, ¿no?”).

Estuve ahí hasta que regresé a la universidad, mientras el horario me lo permitió, aguantando a uno que otro ente extraño que iba a verme para ligar aunque el tipo apenas si abría la boca.

Y después…

@todomepasa

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