Amigos imaginarios: Este es mi sueño recurrente.

Amigos imaginarios: Este es mi sueño recurrente (Continuación)

Amigos imaginarios: Este es mi sueño recurrente (Continuación)

 

Lee la primera parte aquí: 

https://todomepasa.com/2017/08/sueno-recurrente.html

 

Un día cualquiera del mes de diciembre, poco antes de las vacaciones, Berenice y papá subieron a un taxi de sitio. Berenice iba retrasada para ir a la escuela, y el chofer había llevado el automóvil chocado al taller. Alguien tenía que ocuparse de que la preadolescente (prepuberta, se llamaba a sí misma) cumpliera sus pocas, poquísimas obligaciones.

Papá y Berenice no se dirigían la palabra. Clásico, superclásico en ellos. Ninguno recuerda por qué había sido la última pelea: Demasiadas horas facturadas por el recién lanzado servicio de internet. Antes se pagaba por hora, sin contar que uno se conectaba vía llamada telefónica.

¿Con quién hablas tanto tiempo?, preguntaba papá.

Con mis amigos imaginarios, decía Berenice.

Papá sonreía pues, sí, era “lo normal”. Berenice nunca tuvo con quién hablar, así que siendo pequeña se inventó dos o tres amigos para entretenerse. Cuando yo aparecí en escena, Berenice me llevaba demasiados años de edad.

A Berenice le gustaba jugar Turista Mundial.

No el de Disney, tampoco el Monopolio: El Turista azul, el de los billetes grises de cinco pesos, azules de veinte, rosas de quinientos. Le gustaba abrir la caja y contar los mil quinientos pesos que cada participante necesitaba para comprar. Desde Estados Unidos de América hasta Inglaterra, cuatro aerolíneas, evita Groenlandia y la cárcel, procura caer en Oceanía. Más las casillas para tomar una carta o un telegrama.

Papá compró varias versiones actualizadas del Turista. Berenice tiró cada caja en el bote de la basura. ¿Correos electrónicos en vez de telegramas? ¿Moldavia, Lituania y Letonia en lugar de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas?

El juego era lo de menos: así se tratase de dominó, parkasé o serpientes y escaleras, Berenice siempre jugaba por dos. Bien pudo haber jugado con alguien más, no sé, alguna de las varias muchachas que trabajaron por ratos en el departamento de papá. Pero a ella le gustaba tomar al menos dos fichas y fingir que era su propia gemela. Ya no recuerda quién era la gemela buena y cuál la malvada.

Entonces llegué yo. No éramos gemelas, pero nuestro papel como la hermana buena o la hermana mala en cuestión de meses se definió.

Continuará.

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