Cicatrices del corazón: La playera se queda

Cicatrices del corazón: La playera se queda. Jameson Rich

Cicatrices del corazón: La playera se queda

Jameson Rich
Amor Moderno
The New York Times

Traducción: Jéssica de la Portilla Montaño.

“¿Te vas a quitar la ropa?”, preguntó, sus dedos jalando las orillas de mi playera. No fue sexy la forma en que lo dijo; ninguna sonrisa pervertida o suave arrullo vino con sus palabras, sólo frustración.

Las luces del techo estaban apagadas, pero yo sabía que la estrecha luz que se derramaba de la lámpara en mi buró sería suficiente para que ella viera las pálidas marcas rojas en mi pecho, las cuales se habían estado desvaneciendo por tanto tiempo y que ahora volvían a ser brillantes.

Nadie me había hecho esa pregunta tan directamente. Cuando se trata de quedarme con mi playera, siempre me he salido con la mía haciéndome el tonto o atribuyéndolo al apresuramiento de la pasión.

“Tengo cicatrices”, me las arreglé para decir, tan francamente como pude.

Nací con un raro defecto cardiaco para el cual no hay cura, sólo una serie de paliativos y medidas a medias. Había tenido cuatro cirugías de corazón abierto a la edad de quince años, así como decenas de procedimientos menos invasivos, y voy en mi cuarto marcapasos.

Ahora, a los veintitrés, he pasado casi veinte mil horas de mi joven vida dentro de paredes de hospital. Por muchos años no fui lo suficientemente saludable para salir del hospital por más de unas cuantas semanas a la vez.

Estas cirugías habían dejado muchas cicatrices. Una pasa a través de mi clavícula derecha en una diagonal, la entrada para mi segundo marcapasos a la edad de doce, luego de que la batería de la primera murió tan abruptamente que mi madre recibió un mensaje de correo de voz mientras estaba en el automóvil que decía: “Necesitas venir. El dispositivo de Jameson está en modo fin-de-vida”.

Dos cicatrices más corren horizontalmente a través de mi abdomen. La de la izquierda fue cortada tan precipitadamente que creó una bolsa con relleno de piel encima. Luego está la atracción principal: una línea de treinta centímetros de largo que se estrecha desde el medio de mis clavículas a sólo unos pocos centímetros arriba de mi ombligo.

Esta ha sido cortada tantas veces por herramientas quirúrgicas rodando sobre ella una y otra vez, como un cortador de pizza, que distintas secciones han tomado diferentes colores, texturas y grosores.

La parte de abajo es rojo brillante, dispareja y fea. La tercera de arriba es una línea más derecha y, no habiendo sido molestada en años, más pálida que el resto. Pronto seré capaz de usar un cuello en v sin que sea detectada.

Pero esto no era todo. Estaban las estrías, también, causadas por la forma en que mi abdomen se infló con líquidos sin digerir (una especie de panza cervecera causada por insuficiencia cardiaca) que fueron vaciados cada día a través de diuréticos y drenaje de fluido regular.

Y también estaba el terrón justo arriba de mi cadera derecha, una caverna negra del tamaño de mi dedo de cuando me colocaron un tubo para vaciar mi estómago de desechos.

“Esto va a cerrar del todo en aproximadamente un mes”, dijo la enfermera el día en que fue retirado. No fue así. “Tal vez tome algunos meses”. Nada todavía. “Va a cerrar por sí mismo eventualmente”. Nunca lo hizo.

Cuando estaba libre y en su estado natural, el tubo colgaba hacia abajo por mi cintura y jalaba dolorosamente la piel de donde venía, así que cada mañana lo empacaba en una elaborada construcción de gasa y cinta para mantenerlo asegurado a mi piel.

Tenía ese tubo durante mi primer año de universidad cuando conocí a la primera chica que besé, quien luego se convirtió en la primera chica con la que me enrollé de forma consistente -pero nunca sin la playera.

Mi primer beso fue un reto. Estaba sentado con amigos en el piso alfombrado de un dormitorio. Habíamos estado bebiendo cerveza y Smirnoff Ice, y mi cabeza daba vueltas. Mi debil hígado y mi corazón roto no podían procesar y redistribuir correctamente la sangre en el fluido corporal, es decir, seguro que no podía procesar el alcohol eficientemente.

Apenas pestañeé cuando alguien en la habitación sugirió un juego de verdad o reto, sabiendo que cuando fuera mi turno escogería verdad, como siempre. Pero nunca alcancé a llegar. Becky eligió una chica, y la chica eligió reto. Y pronto el dedo de Becky estaba escaneando la habitación como un radar, ordenando, “Te reto a que beses – – -“.

Cicatrices del corazón: La playera se queda
Cicatrices del corazón: La playera se queda

Su movimiento se volvió lento, deteniéndose en la gente conforme su dedo pasaba.

La chica se contrajo de dolor cuando el dedo de Becky finalmente se detuvo en mí, y luego se encogió de hombros.

No dije nada, instalado contra el vestidor detrás de mí. Pensé mencionar que este beso, a los 18 años, sería mi primero, pero sabía que anunciar eso sería peor que tan sólo dejar que sucediera.

Ella se arrastró y cayó hacia delante, casi comenzando el beso antes de que aterrizara. Sus labios cerrados alrededor de los míos como paréntesis, tocándose pero sin conectar.

Pasamos las siguientes semanas reuniéndonos en huecos de escalera, escondiéndonos debajo de cubiertas, escapándonos y guardando nuestro secreto de amigos -todo mientras rara vez hablábamos, más bien nos tocábamos, pero nunca conectando.

Cuando terminó (ambos sentados en la orilla de la fuente en Washington Square Park, mirando hacia delante), no puede admitir ante mí mismo que ese sentimiento en la boca del estómago era de alivio. Alivio de que no llegamos lo suficientemente lejos para tener que mostrarle a ella todo. Vio un diez por ciento, y eso era suficiente. Ella nunca vio la cicatrices. Ella sabía incluso menos sobre lo que significaban.

Me ha tomado tiempo, casi la mayor parte de mis 23 años, aprender qué tanto decir, a quién contar, qué mostrar de mí. He aprendido exactamente cómo a mucha gente le importa saber y lo que les importa saber y qué tanto les importa.

La primera vez que le digo a la gente sobre mi diagnóstico, usualmente obtengo una ráfaga de preguntas y luego se contienen y dicen: “Espero que no te importe que pregunte. No tenemos que hablar sobre ello si no quieres”.

“Está bien”, digo. Hablaremos al respecto hasta que ya no quieras.

No es que la gente pierda interés; es que siempre se llega a un punto en que necesitamos avanzar y hablar normalmente sobre cosas normales para que el balance de nuestra conversación pueda igualarse.

Pero algo sobre mis cicatrices se siente más valioso. Casi durante toda la niñez cargué un poco de peso extra, mayormente en el vientre, y cada año cuando el verano llegaba siempre encontraba formas de mantener mi playera puesta en el caluroso sol de la playa o en la piscina o de vacaciones o en fiestas.

Le decía a mis padres que era por las cicatrices (porque en realidad estaba avergonzado por el peso), y después les dije que era por el peso (porque en realidad estaba avergonzado por las cicatrices).

La cosa sobre el lado físico es que puedo hablar todo lo que quieras sobre lo que he pasado, cómo se siente crecer con una enfermedad crónica y no saber nada más -con la ciencia y los diagnósticos y las fechas y todo lo que puede ser medido.

Pero las cortadas desvanecidas y agujeros y líneas que salpican mi cuerpo son lo más cercano que puedo llegar a una prueba. Eventualmente, las cicatrices se desvanecerán. Pero no puedes regresar a la piel sin cortar.

Y me las he ganado. Así que tal vez una parte de mí cree que verlas es algo que necesitas ganar. Te las mostraré cuando sepa que te importarán. Te las mostraré cuando quiera que veas todas mis cicatrices, tanto por encima como por debajo de la superficie.

Nunca he estado enamorado. He sentido algo parecido. He amado a la gente, pero nunca he estado en amor mutuo. Nunca jamás he estado en una relación, nunca he llamado mío a alguien y nadie me ha llamado suyo.

Nunca he encontrado a alguien que se preocupe lo suficiente para sostener mi mano en salas de espera o para escuchar sobre las peores partes de todo, sobre todas las primeras veces que nunca he experimentado, o lo que recordaba sobre no saber besar.

Pero como muchas personas en sus veinte, me he encontrado en camas envuelto alrededor de gente que no conozco muy bien, compartiendo nuestros cuerpos antes de que hayamos compartido mucho más. Así que mientras todavía estoy tratando de descubrirlo, a veces tengo que improvisar.

Como con la chica que actuó frustrada sobre no quitarme la playera. La conocí en Tinder. Estaba en la ciudad por solamente un mes, visitando Nueva York en su descanso de la universidad. Hablamos por algunos días en línea antes de conocernos para beber y finalmente terminar atrás en mi departamento.

Luego de besarnos durante veinte minutos, se alejó y me miró en la tenue luz que venía de la esquina de mi habitación. Y ahí fue cuando ella dijo: “¿No te vas a quitar la ropa?”.

Sabía que ella sería capaz de ver más de lo que ya estaba listo para mostrar. “Tengo cicatrices”.

Ella sólo parpadeó.

"¿Y?".

Un comentario

Deja un comentario