Mi mamá me compró el Nintendo NES

Mi mamá me compró el primer Nintendo

MI MAMÁ ME COMPRÓ

EL NINTENDO NES

 
No tengo idea de qué edad tenía cuando apareció en mi vida mi primer y verdadero amor: el Nintendo. Mis primos ricos tenían Intellivision y Atari, pero nada que ver con Super Mario Bros.
Claro que antes me enamoré de una consola de Sega porque no sé dónde vi un jueguito llamado Wonder Boy. Pero luego mis primos ricos también tuvieron su Nintendo Entertainment System (NES). Recuerdo bien estar en las Arboledas, una zona pudiente del Estado de México, en esa preciosa casa de jardín gigante que escenificaba mis fantasías con Cristian Castro y Brandon Walsh… Control en mano, siempre control en mano para mover al verde Luigi (“Luigi Bros”, dirían por ahí) cuando al fin era mi turno.
También recuerdo estar en Lindavista, chupando la alegría de mi tía Teresa casi cada tarde en que mi abuela me llevaba después de la escuela porque mi mamá trabajaba jornada completa. Control en mano, mi primo Omar haciendo gala de la maestría y de la motricidad fina que hoy aprovecha en la cocina.
Me obsesioné con que quería un Nintendo. Porque medio mundo presumía el suyo, porque fue lo más cool de los años ochenta, yo qué sé, pero a fuerzas quise tener uno.
 

Por supuesto que yo no tenía la menor idea del valor del dinero.

En mi trabajo personal con las cartas de Tarot descubrí que tengo un karma financiero de vidas pasadas y logré desbloquearlo.
Pero es un hecho que desde niña no tuve ni un peso, vaya, desde bebé que carecí de un solo centavo de pensión alimentaria por parte del progenitor (y a la fecha). En la primaria siempre pedía prestado para comprar algo en la tienda, hasta el día que salieron las monedas de mil pesos y pagué todas mis deudas con mi amiga Hilda Lesllye.
 
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Mi mamá y la cajita de cartón.

No sé si fue por mi cumpleaños o día del niño o qué. Pero un día cualquiera mi mamá apareció con una cajita de cartón diciendo que me había comprado un regalo aunque sabía que yo quería mi NES… Eran payasos. Payasos para pintar por colores, con acuarelas o con pinturas de óleo incluidas, o tal vez eran crayones. No sé si era un payaso o seis, pero fue uno de tantos regalos que me dio mi madre. Y no tengo idea de si alguna vez le agradecí.
Claro que llegó el glorioso momento en que mi mamá y mi abuela me llevaron a la concesionaria de Nintendo en Ciudad de México. Solo recuerdo haber entrado a nuestro departamento de la colonia Vallejo con mi caja gigante que incluía la pistola naranja del Duck Hunt y el Power Pad (conocido popularmente como “tapete”) del World Class Track Meet (“juego de las Olimpiadas”).
En este último juego nunca pudimos vencer al Cheetah. En un cumpleaños con mis tres amigas de la primaria (Hilda Lesllye, Ana Karina y Mónica) nos paramos del lado de Cheetah para que no avanzara, según nosotras… Mientras, el jugador movía los pies con una intensidad digna del perreo de Jennifer Lopez y Shakira en el Super Tazón LIV. Ni así funcionó. Logré ganarle a Cheetah ya de adolescente, cuando vivíamos en la Portales Sur y aún dedicaba la mayor parte de mi tiempo a matar el ocio.
 

Hace un par de años apareció el Nintendo Mini.

Mi túnel carpiano ya no alcanza para esos trotes, y hoy que soy madre no me salieron las cuentas para comprarme uno. (Mi segundo Nintendo Wii está guardado en el armario, el primero lo regalé junto con toda mi ropa para no mudarme a León con equipaje de antaño). Y eso que Arancita sí cuenta con un padre amoroso y responsable…
En alguna ocasión leí que décadas atrás no era tan difícil mantener a toda la bola de escuincles. Mi tío Miguel, que fue como mi papá, tiene nueve hermanos. Yo cuento con seis cuñados. ¿Cómo le hacían las mamás de entonces para lavar a mano toneladas de ropa?, ¿para cocinar, planchar uniformes, llevar a cada niño a la escuela?
Por mi mamá sí puedo responder: Tuvo que hacerse experta en finanzas caseras. De la nada consiguió hacerse de un carro y luego de un departamento mientras pagaba renta, luz, agua, gas y comida para mi abuela, dos tíos abuelos, y nosotras dos. Eso sin contar la colegiatura del Colegio Las Rosas y después del Colegio Simón Bolívar, uniformes y útiles y almuerzo y transporte incluidos.
Mi mamá sigue trabajando aunque ya está en edad de jubilarse. No quiere dejar su empleo porque tiene un jefe maravilloso y porque ahora es mamá de mi abuela. Gracias a Dios su empresa la mandó a hacer home office con goce de sueldo.
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Por la estúpida cuarentena no hemos podido ir a Ciudad de México a ver a mis dos madres.

Ni ellas vinieron al cumpleaños de Arancita porque no hubo, y mi ceremonia graduación de la universidad quedó pospuesta hasta nuevo aviso. Pero diario estamos en contacto. Con un simple like sabemos que nuestros seres queridos están al pendiente. Es una maravilla ver a una niña de cinco años en videollamada con su abuela de casi ochenta y nueve.
Esta semana me agregaron a un grupo de Facebook de raves anteriores a 2005. Gracias a unos comentarios recordé que estuve en un par de tardeadas del Medusas en quinto de preparatoria. Y lo que sí estaba bien enterrado en el fondo de mi subconsciente: en último año de secundaria celebramos un cumpleaños en una tardeada del News. Buscaba fotos para compartir y apareció mi antiguo blog de Gina Halliwell. No me acordaba que en 2007 mi mamá condujo un sábado por la noche para dejarme hasta el kilómetro 31 de la carretera federal a Cuernavaca, donde pasé mi cumpleaños en una fiesta llamada Outer Limits.
Un raver preguntó si alguien llegó a ir con sus papás a algún reven. De pronto recordé también que otro cumpleaños lo pasé en un antro con mi jefa escuchando a Smokin’ Jo. Por supuesto que la música electrónica no es el hit de mi mamá, pero ahí estuvo. Ya ni hablemos de cuando pagó la cuenta de mis amigos de prepa el día que cumplí dieciocho años y estuvimos en el extinto Liverpool Pub a escuchar al grupo Help! tocar música de Los Beatles. O cuando cumplí diecisiete y me llevó con mis tres amigas de entonces al restaurante de su jefe.
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Con mi mamá soy una persona muy poco expresiva.

No sé si sea cosa de familia o herencia de mi abuela, que no acostumbramos a darnos abrazos, nos sentimos raras y sin querer hacemos caras. Sigo chocando mucho con ella, sobre todo porque casi siempre hice lo que se me dio la gana. Pero debo reconocer que mi mamá me ha apoyado en cada una de mis decisiones, aunque ella no esté de acuerdo y lo repita hasta que me marea.
Dicen que antes de nacer decidimos en qué circunstancias reencarnar… Yo ya hice la lista de las personas que quiero en mi siguiente vida, y por supuesto que ahí están mi mamá, mi abuela, mi hija y mi esposo. Y con mucha suerte, la próxima vez que nos encontremos en esta Tierra será entre personas sanas, amorosas, abstemias, acomodadas y sin mañas.
Feliz día de las madres a mi mamá, a mi abuela, a mi tía Tere, a mi madrina Ana, a mi tía Araceli y a mi tía Mariné. Cada una de ellas cargó conmigo cuando yo era niña y ahora están al pendiente de Arancita.
Y feliz día a mis cuatro hermanas: Aracely, Verónica, Paola y Mariana. A la distancia compartimos fotografías de nuestras respectivas bendiciones.

Feliz día de la madre a todos, porque casi todos tenemos una mamá.

Y por supuesto que el tercer domingo de junio felicitaré a mi madre padre, aunque los criticones anti madres solteras jodan con que no es canción de Jenny Rivera… Mi mamá y mi abuela estuvieron en todos mis festivales del día del padre, los criticones no, así que díganme ridícula porque, literalmente, me vale madres.
Por algo soy hija de una madre soltera que sigue luchando contra las críticas y las circunstancias.
Y no podría estar más agradecida por la pequeña familia que me tocó, y por la que hoy tengo con Héctor.
 
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