Delirio. Episodio psicótico por marihuana.

Delirio – Cuento de Kassandra Hakluyt

DELIRIO

KASSANDRA HAKLUYT

(KASSANDRA BLOODKISS)

 

Desperté sola, semiacostada en una cama que no era mía. La habitación estaba oscura excepto por unas lucecitas rojas a mi lado. Quise ponerme en pie pero no podía moverme. No recordaba cómo llegué ahí.

En la pared de enfrente había una ventana. Seguramente me encontraba en un hotel, en una recámara con vista al mar. ¿Y mi novio?

Entró una mujer. No encendió la luz. Le pregunté si era mi amiga Katy. Solamente sonrió antes de dejar unas cosas, no sé cuáles, sobre las lucecitas.

Tenía mucho sueño, más sueño que nunca. Seguramente estaba en una playa, en mis vacaciones ideales a modo de luna de miel.

Me dormí otra vez.

***

Había muerto Steve Jobs, de quien no soy fanática, y de pronto me di cuenta de que yo era su sucesora, heredera de su conocimiento. Los fundadores de grandes compañías como Coca-Cola habían escondido huevos de pascua en internet para que los simples mortales los rastreáramos y nos hiciéramos ricos. Tenía mi celular nuevo, tecnología 3G con teclado qwerty. Mi novio no estaba, dijo que iba a una entrevista con unos amigos, que luego llegaría a casa. Yo llevaba días intentando memorizar datos para una clase de mi universidad.

Vi o escuché un camión de Coca-Cola en la calle. Debía tratarse de “the Real Santa”, el verdadero Santa Claus que iba a dejarle regalos a los bailarines. Mi primo de Estados Unidos no era fiestero, no que yo supiera, pero el auténtico espíritu de las fiestas electrónicas era estar conectado con la familia, así que me enviaría muchísimos obsequios de alguna forma mágica y misteriosa.

En algún momento abrí la puerta y entró una señora a la que debía darle un recado. Antes de que se fuera le entregué una bolsa con basura. A la fecha sigo preguntándome si esa señora existió o no, si en verdad fue a mi casa y le di un recado, y si en serio la despedí con una bolsa llena de basura (eso explicaría el que no haya regresado). ¿O sólo fue una de tantas visiones que tuve sin saber que eran parte de mi primer colapso psicótico?

Ya no debía seguir memorizando datos para la clase pues mi universidad no tardaría en darme una licenciatura honoris causa. Y maestría, y doctorado, y el reconocimiento con que siempre soñé.

Cuando por fin llegó, mi novio se encontró con un montón de barajas rotas en el piso, mi dotación restante de marihuana en el excusado (tomé tres fotografías del suceso: la yerba en su bolsa, en el WC estático, y dando vueltas al momento que jalé de la cadena), y conmigo usando una diadema de luces fosforescentes. Me había asomado a la ventana para gritar algo sobre el Generation Next de Pepsi, la Penny del programa The Big Bang Theory en definitiva era una alusión sexual, y Sheldon Cooper tenía que ver con el proceso shell de Windows. Había una conspiración amorosa que involucraba a grandes creadores como George Lucas, y la consigna secreta de que se usara la historia de Star Wars pero en versión infantil para que los niños comprendieran las grandes lecciones sin asustarse.

(Un año más tarde, por cierto, salió Angry Birds versión Star Wars.)

Supongo que mi novio se comunicó con mis padres al día siguiente para decirles que al fin había perdido la cabeza, algo que la mayoría de mis conocidos me auguró al menos en una ocasión. Mientras él dormía yo escuchaba voces y más voces: le preguntaba mentalmente a Gaby, mi amiga del siglo pasado, cómo despertar del sueño, y ella me contestó que como si fuera un no cumpleaños. Iba a ir a una fiesta titánica con los Beatles, mis amigos iban a pasar por mí en helicóptero en cualquier instante, aunque yo no era Kassandra sino una Mónica y otra Mónica y una Eréndira y otra Eréndira.

La mañana siguiente yo estaba convencida de que mi novio me llevaba con él porque nos íbamos a mudar de casa, pero debíamos salir con cuidado porque los nazis estaban por capturarnos. Mi novio también era mi hijo, algo tenía que ver con el misterio de la Santísima Trinidad y la Virgen María, algo que la noche anterior me hizo taparme y destaparme varias veces con una cobija. Íbamos en su carro, entró a su oficina a avisar que se tomaría el día, y cuando regresó se encontró con que un señor desconocido le entregaba el estéreo que yo dejé en el piso de la banqueta porque no tardaba en llegar un estéreo mejor a mis manos.

No recuerdo exactamente qué tanto hice o dije o aluciné ni en qué orden, pero sí que di vueltas y vueltas alrededor de mi mesa del té como un robotito, hablando mucho más rápido que de costumbre (hoy día se me traba la lengua a cada palabra) y segura de que había encontrado el jardín secreto de mamá, el de Sandy Bell. Mientras la empleada doméstica lavaba los trastes, yo veía que su rostro se transformaba en el de mi alumna de aquel entonces, y veía que mi vientre se inflaba y se desinflaba en cuestión de segundos. ¿Y mi bebé?, empecé a preguntar en voz alta. ¿Quién me lo quitó?

Al día siguiente llegaron mis papás. Habían viajado toda la noche. Yo llevaba al menos cuarenta y ocho horas sin dormir. Luego de evaluar el nivel de mi extravío mental, me subieron a la parte de atrás del automóvil. Seguramente me llevaban a un festival internacional a que yo presentara mi libro, porque en las paradas de autobús vi afiches del libro de un amigo que ya no me habla (si se puede decir que te “habla” alguien porque a veces te daba un like en Facebook).

Llegamos al hospital. Grité ante la vista de cualquier persona que tuviera un portafolios porque ahí estaba mi bebé, el bebé que los nazis me habían robado de ese vientre que crecía y que se desinflaba al instante. Mis papás ya no sabían cómo hacer para que yo me tranquilizara.

Luego supe que era un neurólogo el médico que me entrevistó y a quien le dije que mi novio el antidrogas debía haberme dado LSD disuelto en un vaso de agua. El librero de su consultorio se llenaba y se vaciaba a la velocidad de un pestañeo, igual que mi vientre sin el bebé que nunca tuve pero que no aparecía.

***

Desperté sola, en una cama con respaldo inclinado. Estuve al menos dos días acostada y sedada en una habitación de hospital que yo pensé que era una habitación de hotel en alguna playa. Y se podría decir que tuve vacaciones pagadas pues el chiste costó veinte mil pesos. Dos amigos de mi novio me visitaron y yo ni me enteré.

Cuando el neurólogo me dio de alta, él fue el primer sorprendido al decir que mi examen antidoping demostraba que no había nada en mi sangre excepto metabolitos de cannabis. A la fecha mis padres insisten en que me metí otra cosa y que me niego a decir qué.

De regreso a casa, a la casa de la que supuestamente me iba a mudar en esos días porque ahora tendría una con alberca y jardín…

Una semana después, en un chequeo con el neurólogo, este preguntó si quería antidepresivos porque me veía apagada. Le dije que no quería nada de eso. Pude haberle aclarado que así soy desde que tengo uso de razón, pero estaba decepcionada porque mi bebé robado en realidad no existió.

Creo que lo que más me deprimía era el hecho de que mi mejor amiga, mi planta sagrada que remediaba desde mi insomnio hasta el túnel carpiano y que me salvó de la anorexia, me hubiese traicionado de aquella forma. Negué que hubiera sido eso, tan así que a las tres semanas ya había conseguido una bolsa que me duró una quincena, y triunfal grité que no había sido ella, que no me había pasado nada. Dejaba de consumir un tiempo, luego conseguía y me daba gusto por el tiempo que durara.

Y así hasta que tuve una recaída psicótica en marzo, poco antes de la primavera. Yo estaba convencida de que el equinoxio primaveral era para que nos reuniéramos las brujas con poderes mentales, soñé con el símbolo de trisquel, y le dije a una amiga que interpreta los sueños que su abuela le había heredado ese don. Pasé una noche en la ducha tomándole fotografías a la luna en cuarto menguante, que según era la sonrisa burlona del gato de Alicia. Mi novio ya no le avisó a mis padres, se podría decir que ya conocía el procedimiento, así que me llevó a una clínica más cercana y mucho más económica, y pidió que me inyectaran un antipsicótico llamado Sinogan mientras yo recitaba nombres de medicamentos y le preguntaba al doctor si él tenía algo que ver con mi amigo tal, a la enfermera le preguntaba si ella era Mafalda, etcétera. Los médicos creyeron que era efecto de la melatonina, y me prohibieron volver a tomar la hormona del sueño.

Increíblemente, permití que sucediera tres veces más. Tal era mi negación ante la maravillosa e inocua planta, la única droga que no es droga porque según no causa adicción. Cualquier “usuario responsable” que lea esto dudará de la veracidad de mis palabras. Mi última recaída psicótica fue antes de mi cumpleaños, llevaba meses sin consumir pero quise darme el gusto y así lo pagué, aunque la diferencia ahora fue que en algún momento me di cuenta de que estaba “en el viaje”, fui consciente de mi propia locura y pude controlar entre comillas la situación sin que pasara a mayores con terceras personas.

***
Hace tres años y un mes prometí que nunca más me pasaría.

Y tengo serias intenciones de cumplirlo.

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