De juguetes y otros fetiches para infantes

La Niña TodoMePasa dice: ¿me estás leyendo en tu Blackberry nueva, güeee?, ¿en esa Palm que querías desde hace once meses y medio? ¡Espero que ya te hayas olvidado de tu iPhone feo que usas pa’ todo excepto pa’ hablar por teléfono!

Ayer vinieron los Tres Reyes Magos a dejarnos juguetes a todos los niños de México que nos hemos portado bien. Sí, tal y como sucede cada año desde que tengo uso de razón, ayer desperté y bajo el arbolito había un minúsculo elefante rosa como el que sale en Pocoyo…

…¡aunque la neta es que yo quería una laptop!!! Y yo que me quejaba de Santa Claus por gordo, barbón y codo…

Dime si no es algo clásico:

Es 6 de enero. Miras la hora en tu reloj de Pato Donald: son las seis de la mañana, ¿apenas? Llevas toda la noche despierta leyendo, ya sabes, la típica maniobra de encender una lámpara de mano bajo las sábanas para leer a gusto tu Tom Sawyer.

¿Qué quieres?, desde muy pequeña te encanta leer, tienes fijación con las letras y las palabras; de hecho, alguna vez tu querida abuelita (“la Tía Lupe”, el terror de tus primas cuando no querían comer, pero ésa es otra historia) te arrebató de las manos tu ejemplar de Mujercitas y lo fue a tirar al bote de la basura, todo porque según tú estabas barriendo la casa pero ves el libro sobre tu almohada y no puedes evitarlo: vas y lo abres justo en donde te quedaste, pero comienzas a leer desde el principio del capítulo y ahí te quedas, te quedas, te quedas… hasta que tu abuela te descubre, y entonces te quedas sin libro y sin nada más que una escoba verde para seguir recogiendo los pelos de tu Perrucha.

Ni hablar: la escoba es más fuerte que la pluma.

Abres la puerta de tu cuarto para asomarte, no quieres que te descubran mirando si hay algo bajo tu arbolito porque tú prometiste solemnemente que te ibas a dormir temprano y que no ibas a estar espiando a ver si veías a los Reyes. Nada.

Te vas a dormir. Al despertar te encuentras con una caja inmensa con la leyenda “Juego de Química Mi Alegría” justo afuera de tu habitación. La abres. Lees el instructivo: puedes intentar uno o dos experimentos para hacer cristales, mhhh, en una de ésas terminas haciendo diamantes o algo mejor, ¿no?

Tienes clases. Llegas a formarte al patio de tu amado colegio y cuál, que te quedas con la boca abierta porque, en vez de la misa obligatoria y los honores a la Bandera, las Misses de Inglés y de Español les cantan Las Mañanitas a ustedes, sus adoradas alumnas consentidísimas.

Sí, las mismas brujas gruñonas, malhumoradas y solteronas “Misses” que se aprovechan de que estás chiquita pa’ reprobarte por cualquier babosada, como cuando te pusieron un horroroso SEIS en Actividades Estéticas por no haber recortado un maldito rectángulo de cartón y por no haberle pegarle un trozo de estambre y por no haber escrito “separador de libros” en tu marmotreto. ¿Por qué tienes que perder tu valioso tiempo haciendo un inchi “separador de libros”?

¡NO! Tú tienes cosas mucho más importantes que hacer. Tu trabajo por ahora es ver cientos de caricaturas durante toda la tarde para llenarte la cabeza de tonterías, que diga, para dejar que tu imaginación vuele mientras gritas con She-ra, la hermana dizque gemela, o chillas con Candy Candy… En realidad te estás inspirando para que de grande escribas historias igual de ridículas y, entonces sí: todas tus compañeritas de primaria buscarán esos inútiles separadores malhechos para marcar en qué página de tu libro se quedaron.

Pero de regreso al momento actual: tienes otro 6 en Matemáticas porque no sabes hacer divisiones largas ni raíces cuadradas (aun si llegaras a ser una virtuosa del Cálculo Integral en 3 dimensiones, JAMÁS en tu vida aprenderás a hacer una raíz cuadrada), y encima te mandaron castigada por ¡tres semanas! a otro salón (OSOOO) pues, cuando tu idolatrada Miss quiso revisar tus apuntes sobre recursos naturales no renovables, se encontró con un montón de dibujitos de dinosaurios, cada uno con su respectivo cuento.

Sí: cuando despiertas, la profesora todavía está ahí.

(¡maldita sea!)

Tu “Miss” de cuarto de primaria, Edith Aguilera, esa desgraciada neurótica que recuerdas con taaanto cariño por su horrible genio, ella, sí sí, ella es la que está ahí, cantando Las Mañanitas con un micrófono, de la manera más hipócrita.

Cuando terminan la canción, todas las profesoras gritan una porra:

-Chiquitibum bombita, chiquitibum bombita, las alumnas, las alumnas… aaay, ¡qué bonitaaas!

Tus compañeras se voltean a ver con cara de “ay, no mmm”. Luego de un incómodo silencio, toda la escuela irrumpe en aplausos medio fingidos.

La escuela completa, menos tú.

Lo malo es que tu Miss se da cuenta…

-Acompáñame, Jéssica.

Miras hacia arriba: tu Miss se ve enooorme enorme porque tú estás chaparrita. Ella tiene misma expresión que cuando escucha tus tonterías en clase:

-¡Yo quiero que venga un huracán para irme volando con él!–gritas emocionada a media lectura de Ciencias Naturales.

Según tú, un huracán es un trompo de aire que sirve para volar…

¡bueeeno! ¡sólo tienes nueve años, chingá!

-¿Pero quién dijo eso? -grita la Miss, furiosa.

Resbalas poco a poco por el pupitre con la intención de llegar al piso y que nadie te vea. Entonces escuchas la odiosa frase que más escuchaste durante toda la primaria, de hecho es lo único que recuerdas de la primaria porque la pasaste de noche, no aprendiste nada de nada y ya ni siquiera te acuerdas de tu infancia:

-Ash, ¿pues quién más? Tenía que ser Jéssica -masculla una pequeña mamacilla sin un gramo de imaginación en el cerebro, ya sabes, una MascotaDelProfff que te fastidia nomás porque puede, como ahora, que no sólo te acusa con la Miss sino que completa en voz alta con la frase…

-Jéssica de la Tortilla.

…para que todo el salón termine de kgarse de risa.

Sí, ése es el apodo con que te jodieron durante seis años de primaria. Claro que en la secu te jodieron más porque completaron el Tortilla con un “Maseca” al final, y la verdad es que no te quedó de otra más que kgarte de risa porque a ti jamás se te hubiese ocurrido.

(Quien al leer esta historia no te visualice con tu disfraz de Rosa Salvaje o de Chilindrina, será porque también pasó la primaria de noche o ya no se acuerda de su niñez. Y a quien te pregunte por qué escribes con seudónimo, puedes contestarle con todo este choro.)

La expresión de tu querida Miss es de impaciencia.

-Ándale, acompáñame.

-Pero si no estoy haciendo nada –murmuras. Tu Ojo Remi está a punto de desbordarse, te ves más desamparada que Candy Candy cuando Anthony (¡Aaanthonyyy! ¡Aaanthonyyy!) se cae del caballo. “¿Por qué yo?”, te preguntas.

-Ya lo sé –contesta ella, fastidiada como siempre, porque su vocación no es de Miss sino de carcelera-, sólo quiero que me ayudes un rato.

¿Ayudarla?, ¿tú? Sigues a tu Miss a un stand de la kermesse, y ya ahí te entrega un estuche con lápices delineadores, sombras para ojos, labiales…

-Píntame a estas niñas –dice, mientras se aleja-. Me está esperando Eva.

Miss Edith, en vez de darles clase, pasa toooda la mañana platicando con Eva, una vocal (¿una vocal?, jamás supe qué era: ¿“a”, “e”, “i”, “o”, “u”?) con exceso de maquillaje. Mientras ellas chismorrean, tú y tus compañeras son obligadas a resolver divisiones durante horas y horas.

-Es más -dice ella cada que las tortura con esas divisiones largas-, les anoto el cociente pa’que vean que soy buena onda, nomás saquen el residuo y luego jueguen a lo que quieran.

(y a quien te pregunte por qué no sabes hacer divisiones sin calculadora, puedes contestarle con todo este choro.)

Total que con esa Miss nunca aprendieron nada de nada y, cuando alguna ñoña se quejó con sus papás por tener a Miss Titanic (por lo barco, eh, ningún parentesco con la rubia argentina) gritándoles todo el día, la inchi Miss las dejó sin recreo durante tres semanas.

Frente a ti hay diez o doce niñitas de primero de primaria que te miran con sus enormes ojos de caricatura japonesa…

-¿Me disfrazas de conejo, porfis? –te dice una niña, totalmente emocionada porque le vas a pintarrajear la cara.

-Pus ponle bigotes, manita –te dice otra víctima de las ocurrencias de tu querida Miss.

Tu amiga trae unos zapatos rojos de plástico tan pequeños que cinco deditos sobresalen por la abertura.

-Le pedí a Santa Claus las Zapatillas Cenicienta Mi Alegría durante cinco años, y apenas me las trajo ahora que di el estirón –dice tu amiga al ver tu cara de what.

Tomas una brocha vieja y la llenas de polvo traslúcido. La carita infantil queda blanco como un pambazo. Acto seguido dibujas dos rectángulos a manera de dientes y dos líneas chuecas que van desde las mejillas hasta la frente de la pobre escuincla son los bigotes.

-Ya estás –palmeas a la niña en la espalda y luego la empujas discretamente lo más lejos posible de ti-. ¡La que sigueee!

La niña se aleja arrastrando su Rainbow Brite nueva, misma que ya está toda desgreñada. Mientras todas tus compañeritas están felices en los juegos mecánicos y en los puestos de garnachas, tú estás condenada a pasar las próximas cuatro horas pintando más dientes y bigotes de conejo, porque resulta que a las otras niñas les encantó la cara de ratona con que terminó la escuincla de la Rainbow Brite.

 

Sí, tu niñez fue una constante sucesión de tonterías…

Pero había días (aunque fuera uno cada año) en que sí valía la pena ser niña. Seguiremos hablando de eso cuando me acuerde.

Atte con queso,

*Gina Halliwell*,

La Niña TodoMePasa.


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