¿Has oído hablar de Jesús de Nazaret?

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Belén, situada en Judea, era una población muy pequeña, y si tenía alguna importancia era por haber sido cuna del rey David. Tenía forma de luna y sus casas, como todas las edificadas entre cerros, estaban unas más altas que las otras, y sus calles eran angostas y ordinariamente en cuesta. En el pueblo había solamente una posada, que no era otra cosa que un mesón formado por un corralón bardado en cuyo interior, a lo largo de sus paredes de adobe, había unos cuartuchos donde se alojaban los viajeros ricos. Los demás se quedaban en el pórtico. El centro era un polvoso corral donde había una fuente, y se dedicaba al albergue de las cabalgaduras y de los animales de carga que eran atados a palos encajados en suelo polvoriento.

Pero, ¿por qué Mateo y Judas Tadeo se habían dirigido a Belén, que se encontraba en Judea, si Jesús los había enviado a Galilea? Era que Mateo, desde hacía algunos meses, se estaba dedicando a recoger datos de la venida del Maestro. Y era casi cierto que no había nacido en Nazaret sino en Belén.

Llegaron al poblado, cansados y hambrientos, al caer la tarde junto al camino, antes de llegar al caserío donde se encontraba la posada del pueblo. Entraron. Bajo el pórtico dormitaba el que debía ser el dueño del mesón, porque al verlos se levantó en seguida y los  saludó con amabilidad.

–Caminantes, el Altísimo esté con ustedes.

–Y que a ti te proteja siempre –contestó Mateo.

–Que vuelvan sanos y salvos de cada viaje a sus hogares.

–Que en tu casa reine la paz doméstica –alternó Judas.

–Los ángeles los protejan contra los bandidos y los impuros gentiles.

–Que tus alforjas estén siempre llenas.

Se sentaron junto a una fogata, pues el viento comenzaba a enfriar la noche. El posadero les trajo vino, pan, queso y aceitunas. La ropa de Mateo era de buena clase y poco gastada, por lo que el posadero se imaginó que sería algún viajero de dinero. Aunque no entendía por qué viajaba con aquel joven, no mal parecido, pero sí vestido pobremente.

–Oye –preguntó Mateo al posadero–. ¿Desde cuándo eres propietario de esta posada?

Contestó que había pertenecido a su padre e incluso a su abuelo.

–¿Has oído hablar de Jesús de Nazaret?

Asintió con la cabeza y dijo:

–Sí, ilustre viajero, he oído hablar de Él. Es un Profeta. Antes eran dos, pero a uno de ellos, Juan, lo mandó matar el pérfido de Herodes el Tetrarca.

–¿Es cierto?

Al decir esto tembló la voz de Mateo.

–¿Que este Jesús nació aquí, en Belén?

–Sí –contestó casi con orgullo el hospedero–. Nació aquí, en mi posada.

Judas y Mateo lo observaron detenidamente. Tenía unos ojos negros y brillantes y una barba espesa. Por su modo de hablar se notaba que se había criado en un ambiente de huéspedes, en un lugar donde se cruzan noticias de todos lados. No tuvieron que forzarlo para que hablase. Se puso a contar sin esperar a que ellos le preguntaran más cosas.

–Era un día frío de invierno. Llovía. Todo estaba cubierto de lodo. Hasta los camellos y los burros temblaban de frío. Habían llegado, en esos días, muchísimos viajeros por causa de aquel censo. Al llegar la noche, la posada estaba completamente llena. No quedaba lugar ni para la gente ni para los animales.

“Yo y mi mujer Sara estábamos bien cansados de atender a los viajeros, de traer agua, de moler grano, de preparar comida, de cuidar a los animales. Sólo deseábamos que llegara la noche y que toda aquella gente, que no hacía más que hablar y comer, se fuera por fin a dormir.

“Entonces se me acercó un  hombre. Acababa de llegar, pues traía la ropa muy mojada. Me preguntó si podía darles alojamiento a él y a su esposa. Me explicó que acababan de llegar, que estaban muy cansados pues venían desde Nazaret, que la mujer se había encontrado muy mal durante el camino porque estaba para dar a luz de un momento a otro. En eso llegó mi mujer y le gritó como loca:

“¡No, aquí no hay lugar para ustedes! Busquen en otro lado. ¿No ves lo lleno que está todo esto? ¡Fuera!”

“Nos explicó angustiosamente que ya habían recorrido todo el pueblo y que ni siquiera sus parientes habían querido darles hospedaje. Mi mujer siguió gritándoles, hasta que la callé y le dije que se fuera a seguir atendiendo a los demás viajeros.

“El hombre me siguió insistiendo y rogando señalándome a su mujer. Allí estaba su compañera. Apoyaba todo su cuerpo contra uno de los palos del portal. Precisamente contra ése… miren. Sus pies estaban sucios de lodo y su viejo manto de lana estaba completamente empapado de agua. Se oprimía el pecho y el vientre con sus manos amoratadas. Su rostro tenía un tono terroso. Entornaba los ojos y se mordía los labios. Se notaba que ya mero le llegaba su  hora… Entonces me di cuenta de lo hermosa que era. Nunca he visto una mujer más bella. Tendría unos quince años. Era casi una niña. Tenía un rostro encantador y unos cabellos negros y ondulantes que le caían sobre los hombros. Bajo sus pestañas rizadas brillaban sus ojos puros, profundos, límpidos… (El hospedero, que se llamaba Margalos, parecía que veía una visión celestial.) Sus labios temblaban y sus ojos hermosos y negros se clavaban suavemente en el cielo… y con las manos cruzadas sobre el vientre, permaneció así mientras nosotros discutíamos. El marido la veía con ternura y tristeza…

“Ya no pude negarme ante esa escena. Les pedí que me acompañaran. El hombre rodeó a su mujer por el talle y la condujo lentamente, pues casi se doblaba en dos. Los llevé a una cueva que está detrás de la posada. Allí no llovía ni soplaba el viento…

“Por fin, ya muy entrada la noche, la gente terminó de hablar y de comer y se dispuso a dormir. La posada se llenó de ronquidos. Yo me dormí contento y satisfecho después de haberme tomado buenos tragos de vino y de haberme llenado la alforja de muchas monedas. En el patio, los camellos arrodillados gemían y tosían…”.

Desde hacía algún rato había llegado la mujer del posadero, Sara, con un canasto en la cabeza. También ella se había sentado cerca de la hoguera. Era una mujer delgada y se veía que era de carácter poco amable. Sin embargo, al recordar aquella noche por la plática de su marido, su semblante se llenó de emoción y siguió contándoles ella:

–Yo no podía dormir por el remordimiento de haberles gritado a aquellos pobres viajeros. La imagen de aquella mujer no se iba de mi mente. Recordaba lo que yo había sufrido cuando tuve a mis hijos. Cogí un cajete con agua caliente, un poco de aceite, algunos trapos… En la cueva teníamos nuestros animales: dos chivas, un buey, un burro. Había allí un pesebre hecho con un tronco viejo. De la cueva salía una claridad extraña que iluminaba todo. Antes de entrar oí llorar a un niño. Había ya nacido.

“La mujer, que era verdaderamente hermosa, estaba junto al pesebre donde había colocado al niño y le hablaba al recién nacido. Su marido había encendido una lumbre en un rincón. Pero el humo no tenía por dónde salir y llenaba por completo la cueva. El niño lloraba porque aquel humo le irritaba sus ojitos y la mamá lloraba inclinada sobre Él…

“Al verme se asustaron. Pensaron que iba a correrlos de ahí. Pero les dije que iba a ayudarlos. Ella era muy joven, casi niña, e inexperta. Tuve que enseñarle todo: cómo se bañaba el niño, cómo se le daba el pecho, cómo se debía fajar, cómo se envolvía en pañales… aunque no tenía mucho con qué envolver a su bebé. El niño no paraba de llorar. Le canté canciones con las que yo había arrullado a mis niños y entonces su llanto se convirtió en sollozo y se quedó dormido. Lo puse en el pesebre y entonces me di cuenta de lo hermoso que era. Nunca he visto un niño tan bonito como ése.

“Ordeñé una de las chivas para que la madre pudiera beber un poco de leche caliente. Cuando iba a salir de la cueva, aquella muchacha me abrazó y apoyó su mejilla todavía mojada de lágrimas contra la mía. Lloraba y reía al mismo tiempo. Me dijo al oído: “Gracias. Él te lo pagará”.

“Al salir de ahí vi a Timeo, un viejo pastor, que venía acompañado de sus dos hijos y de otros pastores.

“–Sara, ¿es cierto que aquí en la cueva nació un niño?

“Yo me quedé helada de miedo y sorpresa.

“¿Cómo lo habían sabido? ¿Cuáles eran sus intenciones contra aquella familia? ¿Qué podía importarles a esos pastores el llanto de un niño, hijo de unos pobretones, y que había nacido en una cueva destinada a albergar animales?

“Los pastores no esperaron mi respuesta. Entraron en la cueva. La mujer, al verlos, se levantó rápidamente, asustada. Tomó al niño en sus brazos y lo apretó contra su pecho. Por un momento se quedaron todos inmóviles, unos frente a otros. Luego con asombro vi a Timeo que se arrodillaba y entregaba a la muchacha, como si fuera un gran tesoro, una blanca bola de queso fresco. Los otros también se arrodillaron y le ofrecieron sus pobres dones: leche, requesón, jocoque, crema, queso… Al ver eso, el rostro de la joven madre comenzó a cambiar de expresión. No comprendía el significado de aquel sencillo homenaje que le era ofrecido a ella y a su niño por aquellos hombres desconocidos, de aspecto feroz y envueltos en pieles de borrego. Pero entonces, como toda madre que mira sonriendo a quien sonríe a su hijo, mostró a los pastores su niño, recién nacido…

“Los pastores nos contaron a ella, a su marido y a mí que en la noche se les había aparecido un ángel que les había dicho:

“No tengan miedo, porque les doy la buena nueva de un acontecimiento que causará gran alegría a todo el pueblo, a saber: que hoy les ha nacido en la ciudad de David un salvador, el cual es el Cristo Señor. Les doy esta señal: hallarán un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre”.

“Después de algunos días fueron pagándonos el hospedaje con una mesa que hizo el padre del niño, pues nos dijo que era carpintero de Nazaret…”.

–¿Es todo lo que saben sobre el nacimiento de Jesús de Nazaret? –preguntó al final Mateo.

–Eso es todo.

–¿Estuvo aquí alguna otra vez? –preguntó Judas.

–No, nunca. Hemos solamente oído que anda por Galilea y cerca de Jerusalén, por Betania, y que predica cosas nuevas y raras y que hace muchos milagros.

Judas Tadeo y Mateo les pidieron a los hospederos poder visitar la cueva. Soplaba un viento fuerte, pero el cielo estaba limpio de nubes y brillaban las estrellas. El posadero llevaba una lámpara de aceite. Los condujo hasta una pared rocosa en la que había una abertura. Entraron. La cueva olía a animales y a paja húmeda, como huelen todos los establos. El hombre levantó la lámpara. El pesebre, hecho con un tronco viejo, todavía estaba ahí. Sobre él resoplaba un buey de labranza.

–Es aquí… –dijo el hospedero.

–Es aquí… –repitieron los discípulos.

La paja estaba podrida. El pesebre estaba ya todo apolillado. En el piso de la cueva había basura, pastura y excrementos de ganado… Mateo y Judas pensaron que aquel no era un lugar apropiado para el nacimiento de un descendiente del rey David, para un Profeta, y mucho menos para el Mesías…

Pero a su mente vinieron las palabras del profeta Isaías:

“Apareció cual raquítico arbusto; cual vástago que brotó de árida tierra”.


Tomado del libro Glorioso Apóstol San Judas Tadeo. pp. 27-33.

Misioneros Claretianos de México, A. R.

Tempo de San Hipólito y San Casiano. Zarco N° 12, Col. Guerrero, México, D. F., C. P. 06300. Teléfonos 5510 4796 y 5521 3889.

Texto reproducido con autorización del Padre René Pérez Díaz.

www.ligasanjudas.org


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One Response to “¿Has oído hablar de Jesús de Nazaret?”

  1. JuanCa says:

    ¿desperdiciodebytes? perros como ese ladran cuando uno va avanzando, mas bien te felicito por tu amplio sentido del humo rpara aguantarlo!

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