Andy Warhol platica con una serpiente gris – Jéssica de la Portilla Montaño.
-MAMÁ: CUÉNTAME UN CUENTO.
Cuatro palabritas bastan para sumergirnos en océanos mágicos, a veces hermosos y otras, terroríficos.
A los niños les gusta escuchar sobre príncipes que pelean contra dragones alados; las niñas son doncellas que esperan un beso para romper el hechizo. Los protagonistas de estas historias recorrerán desiertos y mares, y pelearán a capa y espada hasta vencer a cualquier villano. El objetivo principal es entretener al público y, nomás como que de pasada, dejar muy claro que el bien siempre vencerá al mal.
Así de simple es la vida cuando somos pequeños. Nadie se cuestiona sobre la felicidad, nadie lucha a muerte por encontrarla: cada día ya está sobre nuestro plato, le echamos miel de maple y mantequilla para devorarla; cada noche, una taza de chocolate batido desborda espuma para recordarnos que alguien nos ama y nos cuida y nos defenderá de todo.
Y después de cenar, a lavarse la boca y a limpiarse con hilo los dientes. Las sábanas de animalitos eran destendidas, el osito de peluche dormía abrazado; un angelito de la guarda nos vigilaba…
Pero es inevitable crecer.
Y el insomnio es el primer síntoma de la jungiana “neurosis creativa”.
¡Santa Claus no llegará si no te duermes!, grita una voz adulta desde la otra habitación. ¡Si yo no quiero permanecer despierto!, contesta mientras las sombras de la pared se vuelven inquietantes. Tapamos nuestras cabezas para protegernos del monólogo interno:
¿Y si un monstruo viniera a comerme?, ¿y si duermo y jamás me despierto?
El duende de arena ha sido secuestrado por un alien inexistente. Nadie vendrá ya a hipnotizarnos, poco importa cuánto esperemos; es cuando abrimos mil frascos sedantes para buscar al ratón de los dientes y más monedas que no se desvanezcan, pero no: Garfield ha envuelto nuestras esperanzas en pasta de lasaña y queso mozzarella. El malvado Quino traza imágenes apocalípticas en una mente infantil; guerras nucleares y bombas santas escapan del noticiario vespertino para instalarse en la cabecita de Mafalda…
¿Dónde está aquel “ángel de la guarda”, ahora???
No queda más que espantar fantasmas hojeando libros con ilustraciones: Blancanieves es mordida por una manzana que tiene forma de logotipo de Disney; a un lado, Tim Burton y Eva se besuquean mientras Andy Warhol platica con una serpiente gris.
¿Qué no querías conocer a Lilith, escuincla?
En el diario de la joven Alicia no hay más que un puñado de letras narcóticas. El Gato de Cheshire se derrite junto a la pluma poeniana que escupe:
Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño.
¿En serio? ¿Cómo saber si seguimos en el mundo onírico? El Experimento ganzfeld demostró que el cerebro alucina a falta de estímulos.
Y, luego de algunos siglos de insomnio, el lector se ha tragado a cuanto personaje mágico ha podido, el angelito que lo cuidaba ahora es un murciélago, y un súcubo noctívago le obliga a escribir atrocidades que impedirán que otros duerman.
Por eso les digo a los niños que están por dar vuelta a esta hoja:
Arthur les arrancará todo el sueño, y también gran parte de su actual inocencia…
JÉSSICA DE LA PORTILLA MONTAÑO,
ABRIL 2009
Arturo J. Flores,
Cuentos de Hadas para No Dormir.
Instituto Mexiquense de Cultura
Biblioteca Mexiquense del Bicentenario
Colección Piedra de Fundación
Primera edición: 2009
ISBN 978-607-490-003-3
Texto de contraportada: Armando Vega-Gil.
Prólogo: “Andy Warhol platica con una serpiente gris”,
Jéssica de la Portilla Montaño.
pp. IX-XI





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