¿Qué tiene que ver la natividad de Jesús con lo que nos preocupa?
La navidad comercial se adelanta varias semanas a la navidad litúrgica. El consumo ha secuestrado el misterio. Lo que interesa es vender al máximo, sirviéndose de los símbolos que la tradición cristiana ha desplegado en torno al nacimiento del hijo de Dios.
No sirve de mucho multiplicar las críticas sobre la navidad consumista: seguirá su curso durante años. Un fenómeno negativo no se supera sólo con críticas sino con alternativas.
¿Qué se esconde en nuestra mente y en nuestro corazón cuando nos referimos a este tiempo especial?
¿Qué ofrecemos de nuevo los cristianos cuando pensamos en la Navidad?
¿Cuál es nuestra verdadera alternativa?
Para superar las muchas capas con las que el paso del tiempo ha ido cubriendo el acontecimiento, lo mejor es volver a él desnudamente. El evangelio de Lucas lo narra así: “Mientras estaba en Belén le llegó a María el tiempo del parto, y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada” (2, 6-7). La narración es escueta.
Se podría decir algo parecido de otros muchos millones de niños nacidos a lo largo de la historia en cualquier lugar del mundo. Hay muchos Belenes y muchas Marías. Lo que la hace diferente es su significado. En el relato de Lucas son los ángeles quienes explican a los pastores quién es este niño y cuál es su misión: “Les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador que es el Mesías, el Señor” (2,11). En una frase tan breve como ésta se ofrecen tres títulos que presentan la verdadera identidad de este niño: Salvador, Mesías y Señor. Para nosotros no siempre son comprensibles, pero su sentido es claro: Dios mismo ha querido introducirse en la trama de nuestra historia para sacarnos del laberinto en el que nos encontramos.
Cuando nosotros leemos hoy este relato, ¿acertamos a relacionarlo con nuestra vida? En otras palabras, ¿qué tiene que ver la natividad de Jesús con lo que nos preocupa?
Disfrutamos asociándola con una fiesta familiar en la que nos gusta estar juntos e intercambiar regalos, pero algo nos dice que esto tiene poco que ver con su verdadero sentido. Quizá no entendemos la Navidad porque, en la práctica, hemos suprimido el Adviento. No me refiero sólo al tiempo litúrgico de cuatro semanas que la precede, sino a lo que significa crear en nosotros una actitud de espera. Sólo espera quien no está satisfecho con lo que es y tiene. Los satisfechos no esperan nada: se limitan a desear ávidamente muchas cosas. Pero no es lo mismo desear con avidez que esperar con confianza.
El deseo apunta a la satisfacción de necesidades básicas como comer, beber, tener relaciones con otras personas, conseguir un puesto de trabajo, disfrutar de salud, etc. La esperanza nos abre a un horizonte mayor: el sentido de la vida. Es verdad que necesitamos satisfacer muchas necesidades. Es urgente procurar que el mayor número posible de personas tenga acceso a los bienes básicos. Para esto no hay excusa. Pero, ¿quién se ocupa de ofrecer un sentido a nuestra vida que vaya más allá incluso de la muerte? ¿En qué supermercado encontramos ese “producto espiritual” que nos ayude no sólo a durar más sino a vivir mejor?
La Navidad es la celebración de un regalo: Dios mismo ha querido vivir nuestra vida para mostrarnos un camino desde dentro. Y lo ha hecho haciéndose un niño que necesita ser acogido y cuidado. No se impone como una amenaza. Se hace sentir a través del balbuceo de un pequeño. ¿Cómo podemos reconocerlo si no hemos purificado nuestros ojos y nuestros oídos con esa preparación que la liturgia cristiana llama Adviento? Existe un adviento litúrgico, pero existe un adviento vital que tiene que ver con nuestras búsquedas y expectativas, que no se contenta con el tipo de vida que llevamos, que se resiste a reducir todo a trabajo y consumo, que anhela otra atmósfera, que sueña un mundo diferente.
Este Adviento, fortalecido sin duda por el Adviento litúrgico, nos ayuda a reconocer los “signos de Dios” en este mundo; es decir, nos prepara para vivir la verdadera Navidad. Decía el poeta Walt Whitman que Dios, a lo largo de las veinticuatro horas del día, nos deja escritas cartas en las hojas de los árboles. Hay que aprender a descifrarlas. Podríamos decir que, para quien vive en actitud de Adviento, esas cartas se hacen visibles en todas las experiencias humanas, desde el amor hasta la muerte.
Esperemos que a nadie se le ocurra comercializar el Adviento como se ha comercializado la Navidad. Si esto sucediera, habríamos contaminado definitivamente nuestra existencia.
¡Por favor, no nos roben el Adviento. Es la esperanza de los pobres!
Misioneros Claretianos
Tempo de San Hipólito, San Judas Tadeo
Texto del 28 de noviembre de 2009 (un día antes del Primer Domingo de Adviento). “San Judas nos habla”.































