Aplausos
Aplausos. Ella sonreía. Todos esos aplausos eran para ella. El documental había sido un éxito, ni uno de sus colegas encontró algo que decir en contra. El profesor hizo buenos comentarios. Varios invitados la felicitaron; preguntaban por la fecha de la graduación y cuándo llegaría el trabajo a cartelera.
Ella sonreía.
Nadie le había preguntado aún por él, por su esposo –¿esposo o ex?, ¿y si es sólo otra separación de pocas semanas?, ¿de uno o dos meses?–. Camino al evento repasó la misma lista de pretextos para justificar la ausencia, pero nadie le había preguntado…
¿Qué podría contestar ella? Cualquier cosa –Mi suegra está enferma–, algo que fuese creíble –Tuvo que cuidar a los niños–, una mentira con la que no causara pena –Fue a revisar el contrato de su libro–, que no la hiciera sentir más sola de lo que ya estaba.
¿Acaso era para tanto?
No. No podía ser para tanto. No debía serlo. Él no había ido a la presentación de su largometraje. No era la primera vez que sucedía algo parecido. Nunca te enamores de un artista, solía decirle su propia cuñada. Y ahora trataba de no preguntarse dónde estaría él –¿con la secretaria de su editor?–, por qué no se interesó en este examen final –¿o con esa amante que casi nos cuesta el divorcio?–, requisito para que ella se graduara –¿y si sólo está en casa de su madre, escribiendo?–.
Tampoco entendía por qué se irritó tanto cuando ella quiso saber sobre su nueva novela:
–No me dejas trabajar. No te mostraré mis escritos letra por letra, palabra por palabra, y no me dejas pensar cuando me jodes con tus problemas de siempre, con el niño que no controlas y con tus platillos desabridos o demasiado salados. Y, encima, tus delirios de grabar pendejadas –dijo él mientras cerraba su maleta.
Pendejadas… ¿Cómo saber si él tenía o no razón?
Aplausos. Apretó los dientes para saludar al jurado. Pensaba en él, pero sonreía.
Todos esos aplausos eran para ella.





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