Absenta con Mefisto

ABSENTA CON MEFISTO

Absenta con Mefisto
Absenta con Mefisto

Jéssica de la Portilla Montaño.


 

–¿Quieres otro trago?

Asiento con la cabeza aunque ya estoy mareada. Más mareada que ayer a esta hora, y mucho más mareada que el día anterior, que una semana antes o que dos atrás, etcétera. El que beba hoy no evitará que mañana me den ganas de nuevo (ya me di cuenta de eso), y el estar ebria no significa que no pueda emborracharme aún más. Al contrario: si algo he aprendido es que siempre se puede estar peor.

Muchísimo peor.

Alguna vez creí tocar fondo, y desde entonces sólo he bajado más y más y más…

Sadá me acerca la botella.

–Gracias.

Sadá sonríe, pero no me mira. Está absorto en un mar de letras y negros pixeles que inunda la pantalla de su computadora. Intenté seguir ese océano de palabras, pero luego de dos horas me encuentro realmente mareada. Mi embriaguez es producto de un exceso de poesía, o tal vez sea el aroma de Sadá, el sabor de sus células; tal vez bebí demasiado Absenta, esa droga líquida que le era necesaria a los poetas malditos: sin esta hada verde jamás se habrían atrevido a llamar tantas veces a la puerta del infierno… y mucho menos a cruzarla.

Tengo la botella en mis manos, aprieto su transparente cuello, deseo asfixiarla tanto como quisiera asfixiar a Sadá. Levanto el recipiente, rodeo su fría boca con mi lengua de cristal y bebo unas gotas, sólo unas gotas, saliva y licor de ajenjo, esta hada verde que cierra mi garganta y me quema.

Duele.

Duele beber Absenta. El fuego llega a mi estómago –qué importa: ya estoy mareada–, Sadá niega con la cabeza y entonces noto que su mano izquierda está jalando mi falda de terciopelo. La prenda sube lentamente.

–Otro trago. No bebiste nada. 

¿Cómo lo sabe si no ha quitado los ojos de la pantalla?

Odio que Sadá sepa todo lo que pienso –o mejor dicho: lo que estoy a punto de pensar– antes de que me atreva a pensar cualquier cosa, lo que sea…

–Ya no quiero.

Acerco la botella a Sadá, él la toma pero no me mira en ningún momento, sigue leyendo.

–Tengo sueño.

–Entonces vete a dormir –contesta.

No tiene caso. Si él no está acostado junto a mí, me perderé entre las sábanas sin poder cerrar los ojos.

No tiene caso.

Y no me levanto del sillón porque muy pronto sucederá algo. Imagino las posibilidades aunque mi mundo es impredecible desde que Sadá está en él…

Sadá es el mundo entero para mí.

No existe nada que no sean Sadá y Lilith, y algo está a punto de suceder entre ellos pero no sé qué vaya a ser ahora.

Lilith y Sadá.

Tal vez ni siquiera somos reales.

Santiago y Liliana.

Toda mi vida he sido reflejo de alguien o de algo más, pero me siento visible y dejé el olvido que me acompañaba desde niña, ahora Sadá me permite seguirlo y yo comienzo a comprenderme a mí misma cuando Sadá me dice: ven.

Ven conmigo, Lilith.

Y yo ni siquiera he pensado en decirle que no.

Sadá sigue jalando mi falda. El aire golpea mis tobillos, el borde de terciopelo acaricia mis rodillas pero nunca se detiene ahí. Aún no descubro si realmente me gusta esto o si sólo obedezco porque a Sadá le gusta que yo obedezca.

–¿Vienes?

Sadá mira la cama al escuchar mi súplica, ahora se vuelve a verme a mí. Son esos ojos. Todo se trata de esos ojos. Sé que se los arrancó a algún demonio, nadie en su juicio puede mirar de esa forma, los ojos de Sadá se encuentran con los míos y yo prefiero que siga leyendo porque no lo resisto, tengo que mirar a cualquier otro lado.

Sadá sonríe. Cómo le encanta hacerme jugar. Levanta la botella de cristal y desaparece la mayor parte del contenido. Se limpia los labios con la lengua, una gota color esmeralda le resbala por la barbilla, recorre el cuello y sigue bajando por ese cuerpo que solamente es mío…

–Hasta que se acabe –contesta, mostrándome al hada verde–. Ya sabes que yo nunca duermo.

Sadá me ofrece la botella nuevamente.

–¿Quieres otro trago?

Hoy es viernes. Debe de ser viernes, compramos boletos para un concierto y la fecha que traen impresa es de mañana, estoy casi segura. Sadá y yo siempre pasamos todo el fin de semana encerrados en su habitación; tal vez ahora sí lo convenza de salir un rato, pero no creo. Hemos perdido tantos conciertos aún teniendo los boletos en la mano…

–Mira.

Sadá señala la pantalla de la computadora: hay una morena de veintitantos años. Está totalmente desnuda. Sadá colecciona pornografía, sabe que me incomoda ver esas fotos y, por supuesto, a él le fascina mostrármelas. Es obvio.

La mitad de mis muslos ha quedado al descubierto. Sadá jala un poco más la falda y cinco dedos acarician mi piel desnuda, mi rodilla se acerca a la palma de su mano pero él deja caer sus largas uñas en mi pierna.

Duele.

Sadá y sus uñas me queman tanto como el Absenta. Cinco uñas pintadas con barniz negro.

–Ay…

Sadá me aprieta, luego retira la mano. Me muerdo los labios y descubro una circunferencia roja, apenas teñida de azul, que adorna mi pierna derecha.

–¿Te gusta?

Cualquier respuesta suele ser peligrosa. Prefiero quedarme callada (aunque tampoco sirve de mucho).

La uña de Sadá se acerca a mi rodilla y hace brotar un hilo de sangre, un par de gotitas que escurre por mi pierna. Toma mi rodilla con ambas manos, mi pie se acerca a su lengua y él succiona mi tobillo. Sadá termina de beberme y se limpia los labios con una mano, sus ojos se clavan en los míos, desvío la mirada y siento un par de colmillos acariciando mis labios y luego mi cuello, la piel de mis brazos es penetrada por diez uñas perfectamente arregladas.

Sadá se sienta en el piso, chupa mi rodilla hasta dejarla morada. Una lengua recorre mi pierna, su humedad acaricia mi reciente cortada…

Mi piel enrojece. Sadá sonríe mientras me muerde, pero sonríe más cuando me rasguña. A él le gusta, eso es suficiente motivo para dejarlo hacer todo lo que él quiera, todas las veces que se le antoje.

Sadá está de pie frente a mí y yo cierro los ojos, me gusta sentir al demonio aunque prefiero no ver lo que hace conmigo. Cinco dedos aprisionan mi muñeca, el torbellino me jala hacia él y me fuerza a levantarme del sillón. Mi muñeca es liberada pero ahora mi cintura intenta soltarse de dos brazos que me aprietan.

–¿Querías ir a la cama?

Ven conmigo, Lilith.

No hagas caso de Liliana…

Miro hacia la puerta. Sadá saborea mi mejilla.

–El seguro está puesto –me contesta antes de que le pregunte nada.

Ya no me sorprende. Sadá sigue siendo mi mayor enigma.

Dos manos pelean contra mi falda para deshacerse de ella.

La cama está destendida, sólo yo he visto estas paredes color gris nocturno. Sadá se arranca la playera, la aviento al sillón donde antes leíamos. Mi cuello reventará cuando yo no me dé cuenta, el calor de estas mordidas duele más que beber Absenta y tequila y mezcal juntos. Distraigo a Sadá con mi boca buscando su boca, mi lengua dentro de sus labios, jalo cada rizo de su cabello exactamente como a él le gusta.

Lilith casi desnuda, Sadá con el pantalón puesto, los dos se pierden en un beso que ambos hacemos el más enfermizo…

Y mientras siento a Sadá pienso en Santiago y Liliana, en el Absenta que produce locura, en el concierto de mañana y en que no iremos a ningún otro nunca.

Mi blusa aterriza junto a la almohada, los botones de ese pantalón son a prueba de idiotas.

Sadá ríe.

Muero por desvestirlo pero sabe que soy demasiado torpe –una fresa importada de provincia, como le gusta decirme–, por fin se deshace del pantalón maldito y Sadá se sienta a un lado de mí. Mira hacia la pantalla, me quedo quieta y Sadá no se mueve, se ha ido por un minuto… Me acerco a ese cuerpo, Santiago reacciona y bebe mi boca etílica, una mejilla acaricia mi mano, cierro los ojos y sé que Sadá nunca hace lo mismo… Lo he comprobado mil veces: él siempre besa con los ojos abiertos. No debería confiar en Santiago de acuerdo a uno de mis libros… ¿pero a quién le importa eso?

Sadá aprieta mi cuello, mañana tendré moretones, no sé cómo ocultar las mordidas que aún duelen, y duelen mucho.

Pero este dolor me gusta.

Sí, me gusta. Sadá me fascina. Nos embriagamos con licor de ajenjo. Bebo su cuerpo a tragos, succiono gota por gota, Sadá está sobre mí, sus dientes rodean mi ombligo, yo miro hacia el techo y veo que esta noche aún no comienza.

Pienso en Lilith, pienso en Santiago, pienso en Sadá y también en su Absenta. De pronto pienso en Liliana…

¿Liliana?

Claro que no la extraño. Estamos muy bien sin ella. Liliana decidió irse. Me abandonó hace tiempo. Yo ya no quiero buscarla.

Lilith cierra los ojos. Sadá sonríe, abre la boca y mordisquea con deleite mi cuello.


© Jéssica de la Portilla Montaño.

El texto “Absenta con Mefisto” fue publicado en la Revista Playboy México. Editorial Conejito, S. A. de C. V. Septiembre de 2009. Número 83. Volumen VII. pp. 46-49.


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