Del curioso discurso que hizo Don Quijote de las armas y las letras
Hay quien dice que ya todo está escrito y que no hay nada nuevo bajo el sol. Sin embargo, basta cambiar el orden de las palabras para darle otro significado a una oración. “Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció”: esto nos dice Pablo Neruda en su libro Confieso que he vivido. El lenguaje es mágico; es necesario conocerlo perfectamente para poder usarlo con propiedad.
El oficio de escribir es algo personal, un trabajo solitario; es subjetivo, se encuentra sujeto a las circunstancias, al ambiente y al contexto social, a las vivencias individuales. Juan Rulfo, considerado el mejor escritor mexicano debido a la fuerza de su brevísima obra, dijo que sólo existen tres temas: vida, amor y muerte, no hay nada más de lo que se pueda hablar… aunque, si se pidiera a diez personas tomar un bolígrafo y se les diese un mismo tema sobre el cual escribir, el resultado serían diez textos totalmente distintos el uno del otro.
El escritor canadiense Claude Beausoleil es contundente al respecto: “escribir es decir: yo”. Un autor, a través de sus escritos, deja un testimonio: quién es, qué ha vivido, anécdotas, parte de su biografía real o la que hubiese deseado vivir; opiniones, juicios de valor, intereses, etcétera. Todos los escritores, o mejor dicho, todas las personas que deseen escribir, tienen exactamente la misma arma: la palabra. Cada palabra es la unidad más pequeña del rompecabezas que el escritor, poco a poco, va armando mentalmente para plasmarlo después en una hoja blanca.
¿De qué depende que se utilice una palabra, y no otra, en un enunciado? Eduardo Casar dice que “cada palabra, en nosotros, tiene resonancia”. Tal vez, para algún autor, la palabra “felino” tenga asociada algún suceso o sentimiento; entonces se le empleará en lugar de la palabra “gato” que, aunque tenga un significado muy parecido, puede no decirle nada a quien la emplea; puede no traer ningún recuerdo, ninguna reminiscencia.
El estilo, de alguna manera, está dado por la forma. Según sea el género literario de que se trate, será el cómo para el escritor. Hay distintos caminos para abordar un mismo tema. Los poetas, por ejemplo, recurren al verso para expresar, a través de imágenes y figuras retóricas, con pocas palabras y mucho ritmo, los sentimientos e ideas que desean compartir. En un ensayo se tiene la libertad de decir “yo opino esto sobre este tema, no estoy de acuerdo con tal texto y mis argumentos son tales”, etcétera. Finalmente llegamos a la narrativa. Los cuentos se basan en alguna anécdota central que se desarrolla como argumento hasta llegar a un conflicto que, al resolverse, dará un cambio de carácter a uno o varios de los personajes. “El cuento es trabajo para neuróticos”, dice Alberto Chimal: se deben utilizar solamente los elementos necesarios para que la trama funcione y corra con fluidez.
En una novela el autor se encuentra con un sin fin de posibilidades. La extensión da libertad: se puede divagar, contar historias paralelas a la central, meter infinidad de personajes y matar a todos (si se desea, claro). El autor, titiritero oculto tras bambalinas, puede jugar con sus títeres y conformarlos como mejor le parezca. Tanto en el cuento como en la novela, el autor puede hablar no sólo a través del narrador de la historia sino a través de los personajes; sin embargo, la naturaleza misma de la novela da más posibilidades de dar voces distintas a infinidad de caracteres.
Miguel de Cervantes Saavedra habla a los lectores de El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha a través de un narrador supuestamente omnisciente por su capacidad de conocer los pensamientos de los personajes, pero consciente de sí mismo y que se hace presente en estas páginas por medio de un “yo”:
“…pero lo que yo he podido averiguar en este caso, y lo que he hallado escrito en los Anales de la Mancha…”.
En el capítulo XXXVIII, Alonso Quijano, protagonista de estas aventuras, da sus opiniones respecto a los dos oficios que desempeñó Cervantes a lo largo de su vida: el de las armas y el de las letras.
Cervantes, a través de don Quijote, plantea la pregunta de quién es más rico: si el soldado o el estudiante (entendiéndose estudiante como escritor). Cervantes conjugó en su persona las cualidades de un guerrero y de un letrado; por ello, él relaciona ambos oficios: “…dicen las letras que sin ellas no se podrían sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está sujeta a ellas, [...] A esto responden las armas que las leyes no se podrán sustentar sin ellas, porque con las armas se defienden las repúblicas, se conservan los reinos, se guardan las ciudades…”.
Sobre el oficio de las letras dice poco: “Alcanzar alguno a ser eminente en letras le cuesta tiempo, vigilias, hambre, desnudez, váguidos de cabeza, indigestiones de estómago, y otras cosas a éstas adherentes, que, en parte, ya las tengo referidas…”.
En cambio, don Quijote habla largo y tendido respecto al oficio de ser soldado: “...en el alma me pesa de haber tomado este ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como es esta en que ahora vivimos”. Aquí Cervantes hace patente su frustración al no haber alcanzado reconocimiento o recompensa por sus servicios a la corona española.
A pesar de haber participado en numerosas campañas bélicas y de haber perdido un brazo durante una batalla, Cervantes no obtuvo notoriedad ni se le da mérito alguno como soldado; incluso se le niega el permiso para establecerse en la colonia de la Nueva España. “…¿cuán menos son los premiados por la guerra que los que han perecido en ella?”.
Tal vez por esto Cervantes estableció que su protagonista debía ser un perfecto chiflado para atreverse a tomar las armas y pretender salvar al mundo montado en un caballo seco y enjuto. Más que una sátira a la literatura caballeresca de la época, Cervantes hace una dura, amarga crítica al oficio de las armas: dejar la patria equipado con una lanza oxidada y una armadura de cartón para defender la corona de un rey que no nos favorece y el honor de una doncella que en realidad es una labradora del campo… “Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso, que eran los más del año, se daba a leer libros de caballerías”. Cervantes se burla, con muy buen humor, de los ideales de la caballería, dignos de ancianos chiflados y ociosos.
DE LAS LETRAS Y DE LAS ARMAS
Durante su discurso, Don Quijote hace una comparación de la importancia de las armas y las letras, sin llegar a equipararlas. Don Quijote elige estos temas no sólo por considerarlas importantes, sino por ser los oficios que desempeñó el autor de la obra a lo largo de su vida. A pesar de que asegura que no podrían existir armas sin letras o letras sin armas, enaltece mucho más las cualidades de un soldado y su impotencia al ser mal premiado.
Don Quijote sostiene que la importancia de un soldado no radica en el éxito obtenido después de un enfrentamiento o batalla. La inclinación de Don Quijote por las armas estriba en que un soldado sobrelleva el sacrificio de sí mismo para un beneficio común: “…valentía y atrevimiento el mayor que se puede hallar en todos los trances de la guerra…”
Un letrado, a pesar de crear obras y escritos para el pueblo, se remite a plasmar su intelecto por medio de la tinta, a reserva de enfrentarse con opiniones hostiles. El oficio de un letrado no se construye con una educación cualquiera; sólo es atribuible a gente con amplio criterio y presta al sacrificio físico y mental. “Alcanzar alguno a ser eminente en letras le cuesta tiempo, vigilias, hambre, desnudez, váguidos de cabeza…”
Don Quijote exalta las cualidades del soldado, incluso las de aquel que pareciera no haber tenido trascendencia, pues muchas veces su mala suerte y lánguida catadura son las que no lo premian como merece. Es tanta la valentía y el atrevimiento que debe poseer un soldado que es digna de admirarse, así como su lealtad y denuedo para afrontar las batallas, aún siendo víctimas de la aversión, la agonía y la muerte, natural de cada hombre, incluso del más gallardo. No obstante, a pesar de reconocer estas cualidades, la pesadumbre de Alonso Quijano es el morir sin ser conocido por su pericia en las armas. Al mismo tiempo, Cervantes hace ironía de lo que enuncia Don Quijote, pues en los libros de caballerías, un hombre con facha de viejo y ridículo, sería una burla eminente de un “caballero andante”.
Don Quijote contrapone las cualidades del escritor, pues asegura que éste, a pesar de realizar un trabajo menos solemne que el de un soldado, es más premiado que el último. Un letrado, para llegar a serlo, pasa por estragos físicos, pero no más de los que sufre un soldado, al punto de arriesgar su vida. Al cotejar los méritos de un estudiante (un letrado) y un soldado, no pueden pasar inadvertidas las cualidades del escritor. Don Quijote afirma: “…dicen las letras que sin ellas no se podrían sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está sujeta a ellas, y que las leyes caen debajo de lo que son letras y letrados…”. Es cierto que no es necesario ser letrado para ser gobernado, pero es cierto también que deben existir letrados para crear leyes y normas a seguirse, incluso durante la guerra. Sin embargo, Don Quijote agrega: “A esto responden las armas que las leyes no se podrían sustentar sin ellas…”.
Esto es: no podrían existir las armas sin las letras, y viceversa.































