Señales erróneas
SEÑALES ERRÓNEAS

Jéssica de la Portilla Montaño.
Existen muchas clases de libros: de poesía para las niñas cursis, textos escolares para los niños ñoños, antologías con cuentos para quienes viven de fantasías, y hasta libros que analizan novelas para quienes anden de ociosos.
Hay un tipo de libro especialmente inútil: los diccionarios, compuestos por millones de palabritas que pretenden explicarse a sí mismas. En ellos hay definiciones razonables y muchas otras ridículas, pero la peor es la que se da a una palabra conocida como amor.- sentimiento apasionado… y ya, es lo único que la gorda enciclopedia puede decir al respecto, siendo que el amor es tan complejo que algunas veces no se sabe cuándo se siente y cuándo no.
El amor suele confundirse con padecimientos menores (amistad, cariño, atracción sexual, posesión), así que a veces uno cree estar enamorada de algún fulano sin que sea cierto, pero en otras ocasiones conoces a la mujer de tu vida sin siquiera imaginarlo. Aún no se sabe por qué se siente “amor” por equis persona, en qué momento surge esta emoción y mucho menos cómo desaparecerla cuando hace daño, en qué lugar se instala este sentimiento que hace que un corazón palpite más rápido y que el estómago dé vueltas y vueltas sin parar… Lo más sensato sería decir que invade todo el cuerpo de algunas personas, mientras que hay muchas otras que son incapaces de sentirlo.
No hay amores buenos o malos, y no es culpa del amor si el otro sujeto resulta ser un estúpido. Científicos, poetas, cineastas y músicos han desperdiciado sus vidas tratando de analizar qué demonios es el amor, solamente para terminar confesando que no tienen la más remota idea pues el amor está muy por encima de los seres humanos y jamás habrá alguno que logre comprenderlo. (Nunca falta un incrédulo que asegure que sólo es una estrategia publicitaria para comprar chocolates y muñequitos cada que al calendario se le da la gana.)
De vez en cuando sucede que dos personas creen estar enamoradas, sin que importen los motivos y así les parezca o no. Entonces pueden pasar muchas cosas: que lo confiesen de inmediato o se queden callados de por vida, que uno no sienta lo mismo o que ambos decidan ser novios, que se juren fidelidad eterna o que la relación no dure ni un solo día, que deseen tener hijos o que alguien los obligue a casarse, que estén juntos “hasta que la muerte los separe” o que se divorcien y se olviden para siempre de que el otro existió. Todo dependerá del nivel de (in)madurez de los involucrados, y existen otros factores como el qué tan odiosas son sus familias, la educación que recibieron desde kínder, si tienen gustos parecidos y hasta si les agrada o no cierta comida.
Pero cuando un niño ve por primera vez a una niña, no se pone a pensar en nada de lo anterior. Sólo se fija en cuestiones mucho más importantes: si la niña es alta y delgadita, si su cabello es largo, lacio y con aroma a fresas recién cortadas; si tiene ojos grandes para reflejarse en ellos, etcétera. Si al niño le gusta lo que descubre a lo lejos, hará todo lo posible por acercarse y conocer el olor de la niña, su voz, y qué vicios insoportables tiene. Claro que la niña hace la misma investigación, pero además se fija en si dicho niño es atento, caballeroso y amable (para algunas también cuenta como cualidad el tener un automóvil); luego decidirá si permite o no que el niño continúe, y si le dará algunos empujones cuando él se atasque en el camino o quiera desviarse hacia otra parte.
Si el niño desiste por completo sin explicación, lo más probable es que la niña comience su propio ataque. Y es verdad que solemos ser más agresivas: cuando a una niña le gusta un niño, no lo suelta ni lo dejará en paz por un muy buen rato…
Y esto no es culpa de las niñas, que generalmente recibimos señales erróneas, sino del emisor que “nunca” se da cuenta del mensaje que transmite y ni tiene idea de qué es lo que quiere (peor aún si el niño en cuestión tiene la mentalidad de un bebito).
Algo así sucedió con un niño: conoció a una niña que le encantó desde el primer momento y creyó estar enamorado, así nomás. Pero ella era voluble y tenía tantas fases como la Luna: a veces el niño le caía realmente mal y muchas otras no quería ni despegarse de él. La niña también se enamoró, pero no se atrevía a reconocerlo pues él era demasiado bobo según ella.
Él vivía por y para la niña: todos los días le enviaba flores, le hacía dibujos y le grababa millones de discos con canciones “100% dedicadas”, pero cada vez que el niño declaraba a la niña su gran amor, él no recibía respuesta alguna que no fuese negativa.
Así fue durante mucho tiempo, hasta que el niño se hartó y decidió no buscarla más.
Como era de esperarse, ahora era la niña quien comenzaba a extrañar al niño. Incluso llegó a la conclusión de haber cometido un error al dejarlo ir. La niña intentó acercarse, pero él no quiso saber nada al respecto hasta que perdió todo interés amoroso. Finalmente decidió que ya no le afectaría el llevarse bien o mal con ella.
Entonces comenzaron las señales erróneas: la niña no veía al niño como “sólo un amigo” sino que estaba en pie de guerra. Él la invitaba a salir, a comer, a bailar y a todas partes; la niña creía que él no podría dejarla, pero estaba equivocada y lo sabía (aunque no lo quería saber). Él le daba alas a la niña, alas con que ella desaparecía flotando entre estrellas y nubes rosas.
El niño, como todo buen hombre, conocía la gran diferencia entre el amor y lo físico. La niña nunca dejó de gustarle y una noche simplemente la besó. Los labios de la niña creyeron tantas cosas que no eran y que jamás serían… Sólo un beso. Un beso en los labios que se puede dar a cualquiera. Uno de tantos sin importancia y que en ocasiones sellan las despedidas más feas.
Al fin la niña declaró su amor. Pero el niño rechazó ese sentimiento, lo dobló en cuatro partes para meterlo en una cajita y lo entregó a su dueña pues ese amor pertenecía sólo a ella: el niño no lo quería.
Ella decidió no renunciar. Siguió intentando de todas las maneras posibles, pero nada funcionó. Entonces su sonrisa se apagó hasta quedar envuelta por un halo de interminable tristeza.
La niña hizo polvito todo el amor que el niño le regresara y lo guardó en un frasco lleno de lágrimas. Cerró los ojos, levantó el recipiente y de un solo trago se bebió el contenido. Ella sabía mejor que nadie que, así como la falta de amor es dañina, el amor en exceso envenena. La niña se dio cuenta de que su corazón había estallado porque la piel se le puso morada. Aún le quedaron los suficientes minutos de vida para sacar cada uno de los fragmentos del corazón en su pecho y pegarlos con mucho cuidado con cinta adhesiva.
Antes de caer al piso, la niña guardó su corazón roto en la misma cajita en que el niño le regresara su amor.
Al principio, él no supo qué hacer con el corazón remendado que había recibido por correo. Pero al enterarse de la muerte de la niña, se dirigió al cementerio y aventó la cajita al foso abierto donde ella sería enterrada al día siguiente: él ya no quería nada que tuviese que ver con esa niña.
































Hahahahahahahahahahahahahahahahahaha.
Super cool!
Por un momento me recordo a Sabines en Digo que no puede decirse el Amor.
El amor es sedoso como la uva de cera y como la vida es mortal.
No puede decirse con nada ni con palabras ni con callar.
Trata de decirlo el viento y lo esta ensayando el mar.