Cuando yo tenía once años…
…bu. Ya ni me acuerdo. Según mis cuentas, iba en sexto de primaria y seguramente era una burra que siempre siempre se quedaba sin equipo. La teacher de Español me obligaba a hacer manualidades ridículas: alguna vez tuve que forrar mi pupitre con papel lustre lila y después lo retaqué con calcomanías cursis para que nadie me lo robara. La Miss de Inglés nos dejaba planas interminables de vocabulario, y yo dediqué algunas horas de mis nintendosas tardes a calcar monitos de mi Enciclopedia de Disney para obtener puntos extra por mi excelente presentación (ja jaja).
Ah, claro: el Super Mario Bros. 3 era la moda, los New Kids on the Block iban a presentarse en México y sus fans se peleaban con las seguidoras del grupo Magneto. Todas las niñas odiábamos a Winnie Cooper por hulera y amábamos a Pablito Ruíz antes de que se nos saliera del clóset.
En ese entonces las monjitas de Las Rosas nos hicieron vender joyería chafa para recaudar fondos y crear así nuestro primer Laboratorio de Cómputo Mi Alegría: seis o siete máquinas Printaform que ni a 386 llegaban, y una o dos impresoras de matriz de puntos que hacían un ruidazo de aquellos. Se supone que tooodas aprendimos a programar con un cuadrito (quesque una “tortuga”) que avanzaba tantos lugares le indicásemos (¡eran cien pixeles al frente y después una vuelta a la derecha! ¡Siempre haces lo que se te da la gana!). Al terminar la clase grababas tus avances en un disquette gigante que se doblaba si no tenías cuidado, nadie conocía ni el Windows 3.1 y mucho menos soñar con Internet.
¿Qué se imaginan cuando les hablan de niños precoces?
Ya sé: a un chamaco pecoso tipo Daniel el Travieso que le anda jalando la falda a las escuinclas. O a un chico que ya sabe comprar canciones para su i-Pod. O a una niña que se la pasa creando avatares en vez de recortar muñequitas de cartón…
Pues en Estados Unidos vive Adora Svitak.

Ella se lee nada menos que dos o tres libros al día.

Si eso no les parece especial, entonces chequen que Adora ha escrito y publicado dos títulos: Flying fingers y Dancing fingers. Y si eso tampoco les parece algo extraordinario, resulta que Adora da clases y videoconferencias a empresas de la talla de Microsoft…

Qué tal, ¿eh?
Créanlo o no, Adora comenzó a escribir su querido diario a los siete años, lleva un blog o bitácora en línea y le gusta escribir cuentos y poemas. En un principio, ella recibía ayuda de su mamá, de su hermana mayor y de diversos tutores, pero con el tiempo fue adquiriendo confianza e incrementando su vocabulario gracias a diccionarios en línea y enciclopedias interactivas.
Desde ayer ando revisando la página personal de esta “niña prodigio de la literatura” (http://www.adorasvitak.com), y de verdad que el trabajo de Adora es digno de ser mencionado. La mayoría de los libros de texto que he corregido fomentan el uso de Internet para obtener información y reforzar el aprendizaje en casa de manera autodidacta, pero el que una niña tan pequeñita dedique su tiempo no sólo a compartir sus conocimientos sino a difundir su amor por la lectura y la escritura…
Uf, si nosotros hubiésemos tenido acceso a la Red de redes a los once años de edad. ¿Se imaginan aprender las capitales de la República y de todo el planeta con Google Maps? ¿Aprender todo sobre la Independencia y la Revolución Mexicanas por medio de animaciones interactivas?































Ay, de repente me siento más tonto de lo que normalmente soy.