Eterno Domingo (capítulo cuarenta y siete)
ETERNO DOMINGO

Jéssica de la Portilla Montaño.
Días de los santos e inocentes ratos de interminable ocio mundial (zzz).
No hace tanto tiempo que dejé de escribir aquí. Bah, apenas si unos días para descansar de mí misma. Al fin tuve algo de ganas de reportarme, de encender esta laptop nueva que adoro más que nada y que a nadie…
Pero me duele la mano. ¿Quién lo diría? Mónica, feliz ama de casa otra vez. Mamá está en cama y alguien tiene que cuidar a Lizbeth. Se enfermó desde el lunes, será una señal del Apocalipsis porque aún no amanecía Navidad y ya había pillado tremendo gripón. El domingo de Nochebuena dijo que le dolía la cabeza pero creí que era normal, la migraña que le da cada que mis hermanos se aparecen por acá, pero no. El lunes me sorprendió tanto llegar a la cocina, diez de la mañana y mi hija era feliz en los brazos de una de las muchachas, ¿dónde dejaste a tu abuela, Lizbeth? La muchacha me preguntó si quería cargar a “la niña” y sólo las miré con mi cara de resaca (aquí las preguntas las hago yo); abrí el frigorífico para tomar una cerveza mientras mi hija chillaba de felicidad con su peluche nuevo de Winnie Pooh. Detesto a Winnie Pooh: él y sus algodonosos amiguitos secuestraron Disney World. Nomás vi el envase de Noche Buena lleno de escarcha y se me hizo agua la boca, pero cómo me encantan, eran lo único que me gustaba de la Navidad hasta que Javier ex chofer apareció, lástima que no sirvan para hacer michelada porque saben a rayos, ni lo intenten que sólo desperdiciarán a una de nuestras mejores amigas…
Carajo: por Javier me bajé la peda pero qué tal la cruda que agarré.
¿O acaso existe algo mejor para la resaca que un traguito de alcohol?
Nomás una chela. Lizbeth me hacía caras y la nueva muchacha me miraba con una o dos pizcas de desaprobación (pinches provincianas).
Pregunté por el chofer nuevo.
Fue por el médico, señorita. La señora no se siente bien.
(¿”Señorita”?, ¿qué no estás cargando a mi hija, idiota?)
Papá ni sus luces, mamá en su habitación, el nuevo chofer no estaba…
Años sin que nadie la haga de pedo porque chupo en ayunas.
A mi habitación con mi Noche Buena. Rica. Riquísima.
Pero yo quería una michelada retacada de limón, chile y sal… Tuve que ir hasta La Habana solamente para descubrir que las “micheladas cubanas” no existen allá, deben ser un mito urbano o yo qué sé.
Iba por mi otra chela cuando me topé al médico en el pasillo.
¿Por qué estás tan amarilla, niña?
(¿Por qué pregunta lo que ya sabe, doctor Fausto?)
–¿Ya se le olvidó que ayer hubo fiesta, Don?
Entré con él a la habitación de mamá para ver de qué se trataba. Baumanómetro, auscultación, todas esas chingaderas que nunca aprendí a manejar.
Joder: principios de pulmonía… ¿o dijo neumonía? Si por algo me salí de la Facultad, de Medicina lo único que me gusta es Psiquiatría (y los chochos, ja).
No recuerdo haber visto a mamá sin maquillaje más de dos veces, nunca tan pálida ni con montones de cajas de kleenex.
¿Y papá?, ni sus luces.
Al hojear las recetas encontré al mismísimo diablo: DEXTROMETORFANO.
…me lleva la que me trajo. Nomás descifré los garabatos del médico y, zas: que se me hace agua la boca otra vez.
(¿Así o más Pavlov, Moni?)
El médico me miró con cara de “pinche drogadicta, no creas que no sé qué coño estás pensando”.
Mónica miró al médico con cara de “por lo menos yo sigo viva, no como su sobrina -que en paz descanse, claro, claro- que mezclaba somníferos y alcohol”.
Javier estaba en la sala. Papá no deja en paz a la gente ni siquiera en días festivos. Javier miraba mis fotografías, Mónica y su uniforme ridículo con falda tableada, Mónica y su foto de generación, Mónica y miles de niñas bobas distintas, yo y veintitantas mil escuelas.
Javier ex chofer intentó decir algo pero se arrepintió.
–Listo, muchacho. Dile a tu patrón que no es nada de cuidado.
Javier asintió. Quiso decirme algo, pero el médico no dejaba de hablar: Que no se acerque la niña. Que no se levante de la cama. Que nadie le dé problemas en estos días. Que no se automedique. Que alguien venga a inyectarla.
Ambos salieron por la puerta de la sala. Yo me quedé mirando la estrella en la punta del árbol nuevo. Tal vez debí agarrar a mi escuincla para ir y dejar al médico en su consultorio, buen pretexto para quedarme un rato a solas con Javier…
Pero la última vez que la niña se enfermó, el castroso ruquito se la pasó echándome pedradas todo el camino.
“Qué equivocada que está la legislación actual en materia de drogas”, decía él.
“El Rivotril está híper controladísimo, te sellan la receta y revisan la cédula de quien lo expide. Si llega a manos indebidas no es culpa de los niños sino de los adictos de sus padres”, contestaba yo.
Y el médico con su cara de “si hubieses elegido QFB, estarías en la tumba junto a mi sobrina”.
Y Mónica con su cara de “pinche traumado, si hasta para ser adicto hay que tener un mínimo de inteligencia”.
Javier nomás miraba por el retrovisor. En esa ocasión apenas si pronunció palabra mientras yo seguía rebatiendo todo lo que alegaba el viejito:
“¡Pero qué mal! Yo tampoco entiendo a esos papás que dejan a sus hijos menores de edad perdidos en Internet. Ni le digo en qué página encontré esa primera lista de “efectos secundarios no deseados”… Yo sé que los médicos recetan todo con la mejor intención (ja, ja). Si mi papá hubiese sabido lo que esa pastillita le iba a hacer a mi pobre SNC… ¿Y si quiebran todos los monstruos farmacéuticos? No, señor, eso sí que no sería nada bueno: la mitad de mis ex amigas perderían sus herencias.“
Bla bla. Dejamos a don Jesús a una cuadra de su consultorio, pero antes de bajar le dijo algo a Javier. Sentí celos. Nadie más debe acercársele a Javier ex chofer.
Asiento trasero del automóvil. Todas las recetas iban en la guantera. Le pedí a Javier que me las pasara para darles una leída, pero dijo que no.
Me pidieron que no le diera acceso a ellas, señorita Mónica.
–¿Por qué no? ¿Acaso la tinta tiene ácido lisérgico?
Javier sonrió. Estuve a punto de soltarle una fresca pero no:
con ciertos hombres hay que usar ciertos tipos de estrategia.
Mónica se desliza al asiento de la izquierda. Levanta los brazos y acerca diez uñas color escarlata al cuello del conductor.
–Alcánzame eso o te asfixio, tío…
Javier sonríe.
Ahógueme si usted quiere, señorita Mónica. Pero no sólo utilice sus manos, por favor.
¿Acaso era un reto? Esas palabras bastaron para regresarme al asiento de siempre. Javier estacionó el automóvil, compró todos los medicamentos, sus ojos no aparecieron más en el retrovisor. Mónica, brazos cruzados como niña chiquita. Me cago en la madre que lo parió.
¿Por qué todos los empleados me siguen diciendo “señorita”?
Dudo mucho que Javier ex chofer sepa algo sobre medicinas… Eso sí: me extraña tanto del Don. ¿Qué coño dijo? ”Prohíbo a Mónica intoxicarse como hacía mi sobrinita”. (Crea fama y échate a dormir.) Nomás por eso regresaré a su consultorio para asaltar ese botiquín en cuanto se descuide o tome una siesta.
Y ya no recuerdo qué más sucedió.
Hoy es día de los Santos Inocentes. El jardín parece dulcería con tanto foquito de colores… ¡La bruja de Gretel se comió a Hansel, lo sé! Mamá debe estar dormidísima con tanto pinchazo de jeringa, en un instante me toca ir a torturarla, a ver si pronto amanece mejor o habrá que hospitalizarla y ahí sí que será otro show. Me choca entrar a su recámara y escuchar villancicos, arg, lo único bueno de estar “a cargo” de la casa es que al fin desprogramé la musiquita navideña de las series. Al menos ya se me quitó lo “Grinch”: una navidad antes de largarme con ya-saben-quién, destrocé a mordidas cada una de las esferas del árbol.
Esta semana ha sido por demás aburrida. Javier se la vive en la calle. Papá, ni sus luces. Michelle me ha estado marcando (seguro quiere hacer algo para Año Nuevo). Lizbet sin hache se queda dormida cada vez que la cargo…
…¿no que el insomnio era genético???
Bah: diría que esa escuincla ni es mía. Pero me consta tooodo lo contrario.
Posted by QueenKill33°.
Lee aquí el capítulo cuarenta y seis del Eterno domingo.





Magic Coffee & Show

























Feliz año nuevo, señorita escritora =)