Cuentos con su link y crédito correspondiente
Aquí les dejo los cuentos que Sandra Becerril Robledo copió para subirlos como cuentos inéditos “míos” en el blog espurio (http://gina-halliwell.blogspot.com/) que me hizo en Blogspot (favor de NO confundir con mi blog refugio: http://ginahalliwell.blogspot.com/).
Estos textos son tomados sin autorización de los websites cuyos links Sandra Becerril escribió en el correo que anda rolando no sé si para hacerme ver como plagiaria o para decir que yo armé todo el chow para inculpar a la señora PlagioWoman (si yo sí trabajo, güeee, y en una oficina que no es de mi papi “muerto”), como la bautizaron en el extinto grupo de Yahoo! llamado Calle Elm, ahora Bosque Oscuro, a raíz del plagio que hizo del poema de Carlos Manuel Cruz Meza.
Igualmente. incluyo el nombre de los autores de dichos textos y a ellos les ofrezco una sincera disculpa por haber sido involucrados en un estúpido caso de impostura. Ya pasada la primera impresión me di cuenta de la trampa de Sandra Becerril cuando me clavé leyendo “Hambre Primaria” (la babosa aquélla escribió que era “Hombre Primaria” JAJAJAJA, ¿así o más idiota la Sandrita?), pues dicha señora JAMÁS podrá escribir así, punto, ni volviendo a nacer ni siendo tocada por la “varita mágica” de Celso
(otro chiste local). Era OBVIO que los cuentos habían sido copiados, no había de otra, y que el blog se abrió con todos mis datos personales para hacer la finta de que yo hago jaladas como las que hace esta señora que se cree “mundialmente reconocida” por sus textitos de querido diario de secu.
Para finalizar:
Agradezco a Ricardo Bernal por la asesoría técnica a esta padawana novata en problemas ridículos.
…y agradezco a Sandra Becerril Robledo porque, gracias a sus tonterías Niurkescas, recibí un correo que en mi vida habría esperado: Yolanda Ríos Gallardo, hermana de una de mis mejores amigas del Colegio Las Rosas (Laurita Ríos). Incluyo el correo antes que los cuentos porque, ¡Dios!!!, neto que sigo sin creerlo
, y todo por una trampa más de Sandriux Hechos Becerril jajajaj…
(P. D.: ¡Y que viva la Ley del Karma!!!
)
Gracias por su atención y bla bla blaaa,
Jéssica de la Portilla Montaño.
Date: Sun, 12 Oct 2008 19:41:56 -0700
Subject: Hola
To: ginahalliwell@hotmail.comHola Jessi:¡Cuántos años han pasado! Quizá no te acuerdes de mí, pero igual sí de mi hermana Laura Elena Ríos Gallardo, eran amigas en la primaria y estuvimos juntas en el catecismo en el Colegio Las Rosas. ¿Y tu familia? Todavia me acuerdo cuando nos invitaron a tu primera comunión y tus cumples ahí en el departamento de Leon Cavallo. Cuando ponías tus discos de los Hombres G y no sabes el gusto del LP de Timbiriche, el 7 cuando viniste a nuestra primera comunion con tus abuelita y tu mami, la señora Blanca.
Caray, ojalá estemos en contacto y mira que vueltass da la vida, yo también conocí a Sandra Becerril en el Diplomado del Claustro y neta que casi me mata con la mirada cuando dije que Tolkien era un soporífero. jajaj
Cuidate.
Yolanda
http://www.ficticia.com/cuentos/reneroquethambre.htmlHAMBRE PRIMARIARené RoquetLa fogata no había sido hecha para obtener luz, sino para calentar al hombre desnudo que estaba sentado sobre la roca, afilando pacientemente una rama larga, y para mantener alejados a los lobos, únicos animales salvajes de la región. La saliva del cazador estaba atrincherada entre los dientes, en ocasiones mandaba una avanzada belicosa hacia las tripas y el estómago. Ni las hierbas ni las raíces habían fabricado una barrera infranqueable que diera pie a la plena digestión; faltaba un espacio por completar, un hueco que pedía carne roja, fresca.
Unos aullidos fragmentaron la luna llena. Era el momento oportuno. Apagó la fogata echándole tierra con los pies descalzos y se colocó en la falda de la montaña, cargando el arma nueva. Quedaba esperar en el frío y confiar en su inteligencia, sustituta del olfato refinado, el instinto de ataque y el oído preciso de los lobos. Debía quitarse el yugo de la incertidumbre: el mínimo error traería consecuencias fatales; los aciertos apaciguarían la incesante necedad del estómago, órgano responsable de haberlo arrastrado hasta ahí, arriesgando la vida. Quizá después de la cacería se sentiría mejor con el cuerpo. Extrañó la fogata y apretó con firmeza la lanza, respuesta de su cerebro ante el entorno manifiesto, envolvente, en momentos hermético y misterioso. Sin embargo -él lo intuía-, la lanza no le proporcionaba el alivio que da un ritual o las palabras que explican el acto y lo justifican ante los dioses. Tenía hambre y era a lo que respondía sin detalles ni miramientos, como simple y burdo animal. Las demás sensaciones, ajenas pero reales, podían esperar.
Volvió a repasar el plan, revisó la saliente de la montaña y el tronco reclinado y extendido hasta ella. Ahora todo quedaba en su habilidad, en su olor que se esparcía de manera inevitable por el bosque, despertando en la manada de lobos el mismo dolor de estómago y ansias de matar por un trozo de carne. El cazador los conocía de sobra, los podía ver con la trompa alzada, babeando, replegándose y reubicándose, corriendo en grupo hacia él, bajo la luz de la luna.
La espera fue más corta de lo que había pensado. A quince pasos se oyó el crujir de una rama; después, por varias direcciones, el murmullo de la maleza sacudida. Se asomó el primero: era negro, robusto, con patas gruesas. De atrás y hacia sus flancos surgió la manada, acorralándolo contra la montaña de piedra, en un semicírculo. Ya no había retroceso. Por lo tanto, el hombre quería olvidar los riesgos y el premio. Que la tripa no dominara la cabeza, que el orgullo no modificara sus movimientos.
Las bestias jadeaban y gruñían haciendo palpable la delicadeza de la piel humana, mientras el hombre hacía lo suyo: brincaba de un lado a otro y azuzaba a los contrincantes con la lanza. Sus movimientos parecían una burla, un acto infantil. En realidad eran para ganar tiempo, debía seleccionar de entre todos al líder y establecer un vínculo visual que permitiera agredir y retar a muerte. Logró parte de lo deseado: sus actos fueron interpretados como coraje e infundieron una inseguridad absurda. La manada olvidó estar tratando con un animal en desventaja.
Pero la treta duró poco y los lobos comenzaron a estrechar el círculo. El cazador dudó de la eficacia del plan, todo indicaba que el tiempo estaba dispuesto a traicionarlo. Entonces recordó al primero de ellos, el que se asomó sin vacilar. Seguía siendo el de en medio, el negro. Se le quedó mirando y no pudo entender por qué le resultaba familiar y evidente su liderazgo; se podría decir que lo conocía. El descubrimiento le permitió recobrar el aliento y el odio, reiniciar la defensa con un grito amenazante. La manada volvió a frenar el ataque, parecía un asunto íntimo entre el líder del grupo y el hombre; estaban confundidos, la presa utilizaba demasiados movimientos, miradas y actitudes de ellos. Mejor esperar la reacción del negro, que él tomara la iniciativa y definiera el papel del resto. El lobo negro caminó para la izquierda y regresó a la derecha midiendo al contrincante. No vaciló en comenzar, solo, el ataque directo.
El cazador corrió sin soltar la lanza hacia el tronco reclinado y subió con facilidad hasta la saliente de la montaña. Las bestias quedaron abajo gruñendo, salvo el líder que no detuvo el ataque y persiguió al hombre incluso cuando éste ya había trepado por un terreno impropio para la especie. Grave error ir siempre a la ofensiva: el cazador esperó con tranquilidad a que el negro posara sus dos patas delanteras en la saliente, para alzar la lanza y dejarla caer enérgicamente sobre el animal a medio equilibrio. Le atravesó el cuerpo con facilidad, como si no hubiera encontrado en el camino músculos y huesos. La naturaleza resultaba frágil ante el peso libre de su cuerpo envuelto en la inercia de un estómago. El animal cayó derrotado a sus pies sin emitir ruido alguno, el aullido se había escapado entre el palo filoso y el orificio del pulmón.
El hombre tiró el tronco y se burló de la manada que no paraba de aullar. Tuvo el impulso absurdo de regresar con ellos y proseguir la batalla para demostrar su superioridad; se vio en el bosque, corriendo al frente de los lobos, apareándose con las hembras y quedándose con un número mayor de trozos de carne. Le regresó la razón. No era prudente, por lo pronto ya había obtenido lo que deseaba. Tomó algunas piedras y comenzó a tirárselas. Con la más lisa fue retirando la piel del animal, que utilizó para cubrir su cuerpo desnudo. Prendió fuego. El frío y la sensación de vacío iban disminuyendo. No supo por qué asó la carne antes de comérsela, pero sí entendía que más por un gesto de humillación que de generosidad había tirado algunos huesos a las bestias, que permanecían tercas a la espera. Embarrado de grasa y sangre animal, se puso en pie e improvisó algunas palabras: Voy a matarlos uno por uno y me los iré comiendo sin hambre, nada más por el placer de verlos perecer bajo mi arma.
Levantó la lanza hacia la luna. En ese instante faltó un testigo que presenciara el discurso, alguien capaz de señalar que esas frases no eran de un idioma conocido, sino un intento fugaz, primitivo y personal por hablar. Al acabar la última palabra, los lobos desistieron del acecho y se internaron en el bosque. Dio la impresión que nada más habían estado pendientes del discurso final.
La manada se alimenta con un venado recién cazado; de cuando en cuando se disputan las partes más generosas del cuerpo fresco. El autor de la mordida letal, un lobo de oreja café, descansa sobre la tierra y observa con calma la cabeza victimada, inerte, de mirada estupefacta; abiertamente desprecia la comida y no presta atención a los cazadores del grupo; los sucesos los registra sin preocupación, lejanos y fútiles.
La cacería se había desarrollado como siempre. Cuando la manada olisqueó la presa, el instinto ordenó que cada cazador tomara su posición de ataque: unos al frente, otros en medio y los últimos, al fondo. Los más cercanos al venado se encargaron de espantarlo y corretearlo en dirección a los cazadores de en medio, quienes relevaron a los primeros y prosiguieron agotando a la víctima que, al final, se entregó exhausta, casi resignada, a los últimos. Para el de oreja café resultó fácil encontrar al cuadrúpedo asustado y propinarle una mordida certera en el cuello. Arrancó un trozo simbólico de carne, dejó el resto para sus compañeros y se tiró bajo un pino que daba sombra, lejos de las moscas y del ritual de repartición, para ver cómo los ojos de la presa iban perdiendo vida.
Saciada el hambre, los lobos desprenden los últimos pedazos del venado y vuelven hacia donde los esperan sus crías. Atrás queda el cadáver listo para las aves y los mamíferos carroñeros. En el camino de regreso, el de oreja café se mantiene alejado del resto; esta vez no participa en los juegos de sus compañeros. ¿Qué pasa con su conducta? Desde la mañana no responde a los códigos e impulsos usuales. Sin embargo, en ese momento, decide retomar sus costumbres y hace un esfuerzo por integrarse en la comunicación de los más jóvenes: se adelanta y muerde una de las patas traseras del de pecho gris. Pero aprieta con demasiada fuerza los dientes y la intención resulta brusca y anómala, ¿perversa? Podría interpretarse como un insulto. El lobo de pecho gris responde gruñendo y poniéndose de frente, como lo hacen las criaturas que no temen a la muerte. De súbito recuerda que no puede vencer al de oreja café y se contiene; adelanta el paso con la cola un poco caída. Prosiguen envueltos en un silencio total. Esporádicamente se escucha el roce de las pezuñas con las rocas y la madera esparcidas en la tierra del bosque.
En la planicie está la manada completa. Las crías corren libres, entrenándose para ser cazadores. El de oreja café está echado, fuera del círculo de lobos; ha dejado de preocuparse por los más pequeños, si llegasen a perderse le da igual, no siente nada por ellos. Comienza el anochecer y se reanudan las batallas por el liderazgo vacante. Desde la muerte del negro de patas gruesas ha habido inestabilidad entre los machos. No se ha encontrado el sustituto más fuerte, razón por la cual el que llega a líder es destronado de inmediato por otro igual de débil e inexperto. Son demasiados cambios en tan poco tiempo, en una sola primavera. La manada intuye que el adecuado para dirigirlos es el de oreja café, quien sigue indiferente, echado en su soledad, conforme con la rivalidad inútil de los más jóvenes.
La tarde llega a su punto final, por lo que se vuelve necesario iniciar el siguiente rondín. Las pugnas cesan y los lobos se agrupan para aullarle a la luna que todavía no pueden ver. El de oreja café evita hacerlo, aunque ahora está próximo a los demás.
El ganador del día desaparece por entre la maleza y el grupo lo sigue, compactándose. Van hacia el oriente. El desconcierto se hace presa de todos porque otra vez el de oreja café no busca la integración. Se rezaga a propósito porque, está seguro, le conviene: con ellos corre peligro, tanto que en el momento oportuno da la vuelta discretamente y anda en dirección opuesta.
La luna llena aparece en el cielo. Muy a lo lejos los aullidos le dan la bienvenida a la noche que comienza. El de oreja café siente miedo y decide huir de ahí a toda velocidad. Mientras corre desesperadamente, trata de razonar por primera vez el porqué de su acto. ¿En realidad le teme a los otros lobos? Es la luz engañosa -su influencia perturbadora desatada desde antes de la oscuridad- lo que le quita el estado de seguridad y unión para con los demás. Ve la luna. Ahora, bajo todo el peso del hechizo lo entiende. Trastabilla y choca con los troncos de los pinos y los arbustos; está visiblemente desesperado, es presa de algo inefable.
El lobo cae al suelo exhausto. Los brazos de la luna llena lo recogen bruscamente y le arrancan los pelos y el hocico. La luz hace trizas su cola y le yergue el cuerpo de manera dolorosa. Él suelta un aullido desesperado que, al final, cuando cesa la luminosidad abrazadora, es el lastimero llanto del hombre desnudo, inmerso en su miedo y en su voracidad primigenia.
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http://www.ficticia.com/cuentos/lacura.html
LA CURA
Marcial Fernández
Cierto día despertó con un terrible dolor en la cara. Desde entonces y durante años visitó médicos generales, neurólogos, acupunturistas, homeópatas, brujas, charlatanes y otros; y a decir verdad ni aspirinas ni drogas ni agujas ni chochos ni otras tantas medicinas atinaban a quitarle el mal. Cobarde como era acabó por contratar un asesino a sueldo. Éste definitivamente lo curó.
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http://minificciones.com.ar/?p=44
Mefistófeles
por redacción el 30 Junio 2008 — Categoria * TODOS, . Fernández, Marcial
Mefistófeles, como un acto más de perversión, decidió venderle su alma inmortal al doctor Fausto, quien le procuró vejez, ignorancia y nulos poderes mágicos. Con ello, Mefistófeles acrecentó su virtuosismo: nunca hasta entonces odio tanto a la humanidad; nunca hasta entonces se sintió tan dichoso. Felicidad sólo comparable con el horror de su condena: vivir en el cielo.
-Marcial Fernández
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http://axxon.com.ar/rev/186/c-186cuento2.htm
JULIETA
Francisco Costantini Argentina
Justamente, a vos.
Pero temo que todo sea un sueño de la noche
sin otra realidad que su dulzura.
(Romeo, en Romeo y Julieta
de William Shakespeare)
Viernes por la noche. Sentado frente al monitor, Gastón se dispuso a revisar los mails. No había más que mensajes basura. Los leyó sin mayor interés. Justo al finalizar un correo que alertaba sobre las posibilidades de un colapso de Internet, apareció un “Hola”, abajo, en el ángulo derecho del monitor. Sin otra cosa para hacer, abrió la ventana del messenger. Quien lo había saludado aparecía como MJM.
Gastón: Hola. ¿Quién sos?
MJM: Soy Julieta. Vi que estabas conectado y quise saber quién eras. ¿Gastón?
Gastón: Sí, así me llamo. ¿Nos conocemos? No recuerdo a ninguna Julieta.
MJM: ¿Seguro?
Hizo memoria por unos segundos.
Gastón: Seguro.
MJM: Qué raro, entonces, que te tenga en mi lista de contactos…
Gastón estaba por contestar cualquier nadería, cuando la fotografía de una rubia descomunal apareció en la pantalla. Se quedó duro.
—¡Mierda! —dijo en voz alta.
Gastón: ¿La de la foto sos vos?
MJM: No sé, podría ser… Contame: ¿qué te gusta de ella?
“¿Qué me gusta? ¡Todo!”, pensaba. Sin embargo, no comprendía demasiado la situación. Se preguntaba qué estaría buscando ella (en caso de que fuera ella), por qué le mostraba esa fotografía, por qué la pregunta. Pero, viendo que no tenía nada mejor que hacer, decidió seguirle el juego.
Gastón: Las piernas, sin dudas.
MJM: ¿Nada más?
Gastón: Sí, todo. Pero las piernas son lo mejor que tiene.
Una nueva imagen apareció en la pantalla: morocha, de labios gruesos pero armoniosos, la mujer lucía desbordante. “Sí, desbordante es la palabra”, se dijo.
MJM: ¿Y de ésta?
Gastón: La boca, su sensualidad.
Pelirrojas, más rubias, más morochas, flacas, rellenitas, gordas, bajas, altas… Llegó un momento en que no supo cuántas fotografías diferentes había visto; de cada una extraía una cualidad que las otras parecían no tener.
Una hora siguiéndole el juego a Julieta, la pregunta se imponía:
Gastón: ¿Por qué me hacés estas preguntas? ¿Sos dueña de una agencia de modelos?
MJM: ¡Ja! No, nada que ver.
Gastón: ¿Entonces?
MJM: Mirá, ésta soy yo.
Gastón se quedó mudo. Nunca en su vida había visto una mujer tan hermosa. Las palabras le eran insuficientes para nombrar, describir, lo que sus ojos apreciaban. En toda esa belleza desconocida sintió, sin embargo, cierta familiaridad. Cuando descubrió qué era, quedó más maravillado aún.
Gastón: ¡Pero si tiene los detalles que me gustaron de las fotos! ¿Cómo puede ser?
MJM: Hay mucho que puede hacerse con ciertos programas.
Gastón: O sea que la de la imagen no sos vos, es un truco.
MJM: Sí, soy yo. En base a mi apariencia seleccioné y modifiqué las otras imágenes. Además no tengo todas las cualidades que mencionaste ya que algunas eran contradictorias.
Gastón: Increíble…
MJM: ¿Lo de las fotos?
Gastón: No. Nunca había visto a una mujer tan hermosa —se animó a decir, aunque inmediatamente después de presionar enter se arrepintió de la estupidez.
MJM: Gracias.
Ahora él no sabía qué hacer, qué más decir. Si quedarse en eso, con el gracias y olvidar la extraña conversación, o continuar. ¿Pero cómo? Era medio torpe en este tipo de situaciones, incluso en el chat. Por suerte, ella le mostró el camino:
MJM: Contame, ¿de dónde sos?
Gastón: De Mar del Plata. ¿Vos?
MJM: ¡Yo también! ¡Qué casualidad! Aunque no hace mucho que llegué a la ciudad ¿Por dónde vivís?
Gastón: Aragón y 180.
MJM: Ah… No me ubico. Yo resido en el centro.
La charla continuó así por una hora más. Gastón poco a poco fue sintiéndose mejor, ganando confianza. Hacía tiempo que no mantenía, ni siquiera cara a cara, un diálogo tan ameno y profundo con alguien. Además Julieta parecía una persona encantadora. Claro, podía estar mintiendo. Por su parte, él era más sincero que nunca. De hecho, se había olvidado de que estaba chateando, de su solitaria habitación, del horario…
MJM: Ja ja ja… Qué gracioso
Gastón: Sí, pero era muy chico…
MJM: Bueno, Gastón, un gusto haberte conocido, pero ya se me hizo tarde.
Gastón: Sí, a mí también (mentía). No me di cuenta de la hora.
Se sentía raro. La conversación lo había sacado de la soledad en que diariamente vivía. Pero sólo fue la ilusión de unas pocas horas que, finalizada, no hacía más que acentuar su dolor.
Gastón: Espero que pronto nos volvamos a cruzar —escribió, apesadumbrado.
Ella lo sorprendió:
MJM: ¿Me das tu número de teléfono? Te puedo llamar, si querés, claro. Prefiero contactarme por teléfono antes que chatear.
El corazón de Gastón pegó un salto. Sin creerlo del todo, tecleó los números de su teléfono. No se animó a pedirle el suyo a Julieta.
Gastón: Bueno, espero tu llamado, cuando gustes.
Desde aquella noche, no hubo momento que no deseara: “Que sea hoy… Que me llame hoy”. Las mañanas en el trabajo apenas lograban despejar su mente. Las tardes y las noches eran peores. Nada le interesaba, sólo se sentaba horas y horas frente a la computadora, recorriendo sitios de Internet sin más motivo que dejar pasar el tiempo, esperando que otra vez el cuadro de diálogo apareciera y le dijera “Hola”. Cuando dejaba esto de lado, se sentaba en el sofá y contemplaba el silencio del teléfono, hasta que se dormía.
Una mañana, sonó seis veces hasta que terminó de enjuagarse la boca. Corrió hasta la habitación y lo buscó entre el desorden de ropa, libros y restos de comida.
—Hola.
Su respiración se detuvo, expectante, durante el segundo en que no oyó respuesta alguna. Pero finalmente:
—Hola —una voz femenina—. ¿Gastón?
—Sí… ¿Quién habla?
“Qué pregunta estúpida”, pensó.
—Julieta. ¿Te acordás de mí? El viernes pasado estuvimos chateando…
—Sí. ¡Cómo no me voy a acordar! Si fue una conversación muy agradable.
—¿En serio? ¡Qué bueno que pensés eso! Yo también la disfruté. Es más, te hubiese llamado ese mismo día, pero no me animaba y me estuve conteniendo toda la semana hasta que hoy ya no aguanté más…
No podía creer lo que oía. No sólo por las palabras y su significado, sino también por la dulzura de esa voz que le acariciaba el oído. Era un contacto físico que le daba sustancia, la volvía real, tangible.
—Bueno, yo no me di cuenta de pedirte tu número telefónico, si no, no habría esperado tanto para llamarte.
—Eso me tranquiliza, aunque aún no tengo teléfono.
—¿Estás en una cabina telefónica?
—Algo más o menos así.
—Uh, bueno, no gastés dinero de gusto…
—No, no hay problema, en serio —Una pausa. Cambió de entonación—. Contame, ¿qué estabas haciendo cuando te llamé?
Conversaron largo y tendido aquel día, y mucho más durante cada noche de la semana siguiente. Gastón fue descubriendo una persona que no era tan diferente a él y que estaba sola en Mar del Plata, adonde había llegado buscando nuevos horizontes
Al fin, acordaron un momento y un lugar donde encontrarse.
De un momento a otro ella llegaría y se verían las caras por primera vez. Nunca en su vida había dado tantas vueltas para ponerse un pantalón y una camisa. Jamás le había interesado demasiado si los zapatos le combinaban con el cinto. Pero éste era un momento único para él. Ya había tenido el privilegio de escuchar la voz de Julieta y ver su foto; hoy tendría la oportunidad de conocerla definitivamente.
No conseguía retirar la mirada de la puerta. La insignificante demora de cinco minutos lo intranquilizaba. “Quizás se arrepintió”, pensaba, aunque de inmediato descartaba dicha posibilidad, especulando con un típico retraso femenino.
Entonces, ella llegó. Gastón la vio aparecer y detenerse bajo el dintel. Luego la observó recorrer el lugar con los ojos. Sin que él realizara ni el más mínimo gesto, Julieta le sonrió. No podía creer que fuese tan hermosa, tan radiante. La piel blanca, el cabello castaño, los labios rojos… Mucho mejor que la fotografía.
—Hola —saludó ella.
Él no respondió, petrificado y clavado en su asiento. Hasta que reaccionó.
—¡Hola! —Se puso de pie; se saludaron con un beso—. ¿Cómo estás, Julieta?
—Bien, gracias. Perdón por la demora.
—No pasa nada. Pero sentate, por favor —y le señaló la silla—. ¿Qué querés tomar?
Ella frunció levemente las cejas.
—¿Café, té, chocolatada? —insistió.
Julieta se demoró un instante. Después respondió:
—Lo que vos tomes.
—¿Segura?
Ella asintió. Gastón llamó al mozo y le pidió dos cafés con leche y dos tostados.
—Así que nunca antes habías estado en Mar del Plata.
—Cierto. Es la primera vez.
—¿Y qué te parece?
—Linda… —se quedó callada, como buscando las palabras adecuadas—. Todo es nuevo para mí: los olores, el azul del mar, la humedad… Pero me gusta.
—Claro, en Salta las cosas deben ser muy distintas. Nunca estuve allí.
Julieta se limitó a sonreír, a Gastón eso le bastaba; estaba obnubilado, aunque mucho más tranquilo que durante la espera.
El mozo llegó con el pedido. La muchacha observó con curiosidad la taza a su lado. Luego entrecerró los ojos e inspiró profundamente.
—Qué lindo aroma —dijo, aún con los párpados bajos.
—Sí. Acá sirven el mejor café de la ciudad.
Él se llevó el recipiente a los labios, ella lo imitó. Gastón notó por su expresión que le había gustado. Estaba asombrado, también complacido, por la sensibilidad de Julieta. Todo le parecía maravilloso, inédito, como a una niña. ¿Cómo lo vería a él, sin embargo? Eso le interesaba más que nada.
Tres tazas más tarde, salieron del lugar. Caminaban por las playas del centro.
—Esto me encanta.
—¿Qué cosa?
—Esta brisa suave que me acaricia la piel.
—No me había dado cuenta. Debe ser que uno, que vive acá, no percibe esas cosas.
—También me gusta la arena —Se inclinó y tomó un puñado—. Mirá cómo se escabulle por entre mis dedos —dijo con la mano abierta—, y es tan áspera y opaca.
—Lo que más me gusta a mí es que estemos en primavera.
—¿Por qué? —inquirió ella.
—No sabés lo que es Mar del Plata en verano, turistas por todos lados —frunció la nariz—: un asco. En cambio, ahora podemos caminar tranquilos, sin que nadie nos moleste.
Ella se detuvo y se paró delante de él.
—Me gusta estar con vos, tranquilos, sin que nadie nos moleste.
—¿En serio? —Gastón creyó que se derretía.
—Ajá.
Entonces él, dejando de lado la timidez, le confesó:
—Me gustás mucho, Julieta.
Y se besaron.
Más tarde, él no le creería cuando ella le confesara que ése había sido su primer beso.
Cuatro semanas después, ella se mudaba a su departamento, convirtiendo a Gastón en un hombre nuevo. Por primera vez su horizonte temporal se había ensanchado y descubría algo distinto al pasado y al presente, tan similares entre sí: el futuro, que no imaginaba sin Julieta. Jamás una pelea, ni siquiera un mínimo desacuerdo. El departamento siempre lo esperaba con su calidez. Ella, a veces, se angustiaba por la falta de empleo. Él la consolaba, le aseguraba que pronto encontraría uno, que de todos modos no estaban mal así. Además, reconsideraba seriamente volver a dar clases.
Sin embargo, esta felicidad se vería interrumpida.
—¡La puta que te parió, conexión de cuarta! —insultó Gastón—. Juli, ¿vos pudiste conectarte hoy a Internet? Porque no puedo, o si consigo entrar, anda lentísima…
No hubo respuesta.
—¿Juli? —insistió.
Como ella no contestara, salió de la habitación y se dirigió al baño. La puerta estaba cerrada. Acercó su boca a la madera y preguntó:
—¿Estás bien, mi amor?
La voz apagada llegó desde el otro lado:
—Sí… Un poco descompuesta, pero nada grave. Debe ser algo que comí.
Gastón abrió la puerta. Observó a Julieta que se apoyaba sobre el lavabo; había vomitado.
—Pero estás muy pálida, che —Se acercó y tocó su rostro—. Y tenés algo de fiebre… ¿No querés que vayamos a la clínica?
—No, en serio —dijo, intentando esbozar una sonrisa—. Deja que me recueste un rato y ya se me va a pasar.
—Bueno, pero si no mejorás, te llevo.
—Dale.
Julieta no quiso comer nada. Gastón se conformó con lo que había sobrado del mediodía y luego se acostó junto a ella. Antes de dormirse, le tomó la temperatura y creyó percibir una leve mejoría.
Al día siguiente, se despertó a media mañana. Ella no estaba en la cama, por lo que supuso que ya se había levantado. Sin embargo, le extrañó el silencio absoluto que reinaba, pues Julieta no lo soportaba y siempre mantenía encendida la radio, el televisor o ambas cosas a la vez.
—Mi amor —llamó, mientras recorría los ambientes del departamento.
No la encontró. Imaginó que habría salido a las compras, aunque los sábados siempre las hacían juntos en el Carrefour de 180 y Constitución. En todo caso ella no tardaría mucho en regresar, puesto que había dejado su celular, el que él le había regalado, sobre la mesa. Pensando en esto fue a ducharse.
Pasaron casi dos horas y Gastón no tenía novedades de Julieta. Caminaba por todo el departamento, salía afuera para mirar si venía, controlaba una y otra vez que el teléfono tuviera tono. ¿Habría ido a ver a algún médico? Pero era absurdo que no le avisara. Ella tampoco tenía ningún familiar ni amigo en Mar del Plata. ¿Dónde estaría? ¿Qué le habría sucedido? Todas estas interrogantes giraban incesantemente en la cabeza de Gastón, sin respuestas.
A media tarde no soportó más la espera. Debía hacer algo, movilizarse. Telefoneó a todos los hospitales y clínicas. Recorrió cada rincón del barrio y más. Exhausto, regresó, albergando una mínima esperanza de que ella estuviera esperándolo. Decepcionado, triste, aguardó durante horas frente al teléfono. Lloró como nunca, sin entender por qué, con ganas de morir. Imaginó numerosos motivos por los que ella podía haberlo abandonado. Tal vez, simplemente, ya no lo amaba, aunque eso no justificaba que se hubiera marchado así, sin decir nada, sin despedirse siquiera.
La mañana siguiente insistió de nuevo con los hospitales. Aún no sabía si pasadas las veinticuatro horas haría la denuncia. Intentó conectarse a Internet desde su casa, pero, como sucediera dos noches atrás, no lo consiguió. Molesto, caminó con pasos largos hasta el locutorio más cercano. Le enviaría un mail; tal vez le contestara o se dignara a llamarlo.
—Una computadora con conexión, por favor.
El muchacho que estaba detrás del mostrador lo estudió durantes unos segundos, con los ojos bien abiertos.
—Hola… ¿Podrías darme una computadora? —insistió Gastón, levantado la voz.
—Me estás cargando —dijo el otro, serio.
—¿Qué…?
—Desde ayer por la mañana no hay Internet. El mundo está sin Internet.
Gastón frunció el ceño, no comprendía bien.
—Como muchos habían predicho, el sistema finalmente colapsó —Ahora fue el muchacho quien frunció el ceño—. ¿No viste las noticias? En la televisión no hablan de otra cosa. El mundo está conmocionado… ¿En qué planeta vivís?
Las piernas le flaquearon. Trató de apartar los pensamientos que irrumpieron con fuerza en su mente. Miró la hilera de monitores apagados que se extendía hasta el final del local. Recordó la primera conversación con Julieta. La realidad le pareció compleja, engañosa, impenetrable… mágica.
—Che, ¿te pasa algo? —preguntó el joven.
Gastón alzó los ojos y sonrió nerviosamente.
—No… Creo que no. Disculpá la molestia.
Dio media vuelta y abandonó el locutorio. Una vez en el departamento, se dejó caer en el sofá y prendió el televisor. El colapso de la red era el tema de todos los noticieros.
Él no salía de su fascinación. “¿Puede ser posible?”, se interrogaba. Si lo pensaba mucho, sonaba ridículo.
Ilustración: Diego López Naro
El tiempo pasó. Gastón no pudo acostumbrarse al antiguo modo de vida. La extrañaba, sentía su ausencia. Paralelamente, la sociedad no conseguía readaptarse a un mundo sin Internet. Todo era una gran confusión. Pero los rumores, primero, y luego las noticias certeras que afirmaban el regreso de la red de redes, fomentaron en él la esperanza.
Una tarde, se armó de coraje y volvió a conectarse a Internet. Pudo hacerlo desde su casa. Las manos le temblaban y tuvo que escribir varias veces la contraseña, pues equivocaba las letras. Su frente sudaba y la garganta estaba seca.
Llevaba esperando varios minutos, lo suficiente para impacientarse y desanimarse. Sintiéndose un imbécil, fue hasta la heladera por una cerveza. Al regresar junto al monitor pudo ver un cuadro de diálogo en el que asomaba un lacónico: “Hola”.
Entonces Gastón sonrió, respiró hondo y volvió a ser feliz.
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Francisco Costantini nació el 11 de mayo de 1983 en Mar del Plata, pero desde los ocho meses de vida ha residido en Batán (a diez kilómetros de “La Feliz”). Está terminando el Profesorado en Letras en la Universidad Nacional de Mar del Plata y se desempeña como docente de Lengua y Literatura en un colegio de su localidad. Participa en talleres literarios desde el 2005. Hemos publicado en Axxón: ESA PROFUNDA SOLEDAD (175), UN BREVE DESCANSO (179), LA DESGRACIA (180)
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http://axxon.com.ar/rev/187/c-187cuento1.htm
AMOR CARNAL
Rubén Barrientos Argentina
«Tirao por la vida de errante bohemio,
estoy Buenos Aires, acá en Helitón.
Cubierto de malas, bandeado de apremios,
te evoco desde este lejano rincón…»
Barbieri/Cadícamo/Golan
No me queda casi cuerpo.
No me ha dejado casi cuerpo.
Sin embargo, lejos de odiarla: la amo.
Mi escasa carne la presiente, la anuncia con sofocones y taquicardia. Cuando ella esté cerca y merodee como una depredadora, la modorra me dejará más inmóvil todavía. Inmóvil pero gozoso. Ahí radica lo terrible. Cuando mis tendones parezcan gelatina y sus dientes me desgarren, estaré feliz. Si esta vez elige una parte del tronco o secciona algún órgano vital…
Así y todo la espero ansioso.
¡Ojo! No siempre fue así.
Difícil saber cuándo… como recordar mi primera sonrisa, mis primeros pasos.
Yo entonaba al estilo Goyeneche «Ya no sos el mismo, ventarrón de aquellos tiempos. Sos cartón para el amigo, y para el maula, un pobre cristo», en forma aceptable. Acaso raspando la voz más de la cuenta, reconozco.
Y en eso estaba cuando tuve aquella extraña sensación: me vigilaban.
Callé.
Estiré el cuello como un tero y miré alrededor. Nada.
Mejor dicho, lo de siempre: rocas, rocas, y más rocas ¡Si parecía no haber otra cosa en este planeta de mierda! Las rocas, la nieve y el viento. Siempre viento. Helitón no sólo es una heladera; tiene un período de rotación tan rápido —dieciséis horas terrestres— que su superficie es lijada por tormentas constantes. Conclusión: siempre viento.
Había sido el viento entonces. ¿Qué otra cosa?
Sin embargo una saliva espesa se acomodó en el fondo de mi garganta. Tragué con dificultad y bastante ruido.
Giré la cabeza como un búho y vi la nave, medio cubierta por la nieve, treinta metros a mi espalda.
Bueno, nave: los hierros retorcidos que alguna vez fueron mi nave; y que por una lluvia de meteoritos terminó de hacerse pedazos en un descenso de emergencia. Como sucede en estas ocasiones, energía, sistema de navegación y radio, inservibles. Ahora es un chaperío que sirve de refugio ¿Cuánto hace de esto? Puede que diez años.
Irónico. Hubiera sido mi último viaje; la edad me obsequiaría una jubilación lastimosa.
Cuando choqué viajaba por una ruta poco transitada y con los permisos vencidos. Hace tiempo dejé de esperar a la flota de rescate. Nadie vendrá a buscarme. Ni siquiera saben que existo ¿O mi ausencia les ahorra la pensión?
Ahora importa bien poco…
Ahora, cada vez soy menos.
Las partes que me va dejando la aman… con locura.
Había sido el viento entonces ¿Qué otra cosa?
Me vigilaban. Me cagué de risa. ¿Vigilado por quién? ¿Por los copos de nieve?
—¡Que pelotudez —grité—, Helitón está desierto! Y como está desierto, mejor busco piedritas para mantener el fuego antes de que se apague.
Las piedritas, así las llamo, son como unas ciruelas incandescentes. Inflamables. Escasean, dispersas por ahí.
En realidad Helitón no está desierto. Últimamente rondan la zona unos animalitos de pelo negro, no más grandes que un gato, con inquietantes rostros humanoides y larga cola bífida: los Cíopes. Mansitos. Se hacen querer.
Maté varios. No tienen mal sabor.
Y andaba buscando piedritas cuando la sensación se hizo más fuerte: alguien o algo merodeaba.
Miré para el lado de Los Monjes (una formación rocosa, a unos veinte metros adelante, que parece una procesión de religiosos semi-agachados); no había sido el viento, entonces.
“Regreso a la nave y me calzo la protónica”, pensé. Uno está más seguro con una de ésas. Así somos los humanos. Pero, ¡mierda, después de diez años pasaba algo fuera de lo común y la iba cagar yendo a buscar un arma!
Avancé.
Aquel…. gemido. Otra vez. Clarito, ¡al otro lado de Los Monjes!
¿Rodear la formación rocosa? No. Mejor escalar sus cuatro metros. Fuera lo que hubiera del otro lado le llegaría por arriba y de sorpresa. Buen plan.
Apoyé la mano derecha sobre un borde. Afirmé el pie izquierdo en un hueco y tomé envión. Después un saliente tras otro hasta que conseguí aplastar el pecho en la cima amesetada.
Nada. Nadie.
«No estás, te busco, y ya no estás; qué largas son las horas…, ahora que no estás»
—”¿Qué esperabas, boludo?” —me dije—. “¿La comparsa de Gualeguaychú?”
Bajé con una calentura injustificada. Más que eso, descargué mi furia contra Los Monjes, a cascotazos. Pobres, como si hubieran tenido la culpa de algo.
Quedé agotado pero más tranquilo. Regresé. Cada tres o cuatro pasos me daba vuelta, agarraba una piedra y ¡Paaff!, contra Los Monjes.
Si hubiera estado más atento, hubiera visto las huellas…
Cuando me acercaba, salió entre los despojos de la nave y se quedó mirándome.
Yo también miré, era una mujer.
¿Hermosa?
Más.
La mina tenía ojos verdes, hipnóticos, los ojos verdes. El pelo negro, sucio y desaliñado. Vestía un abrigo de piel, castaño, que le llegaba hasta las rodillas, surcado por un cinto de cuero del cual colgaban varias herramientas o acaso armas. Una parecía un sacacorchos. El mismo material del cinto para manos y pies. Respiraba agitada.
Se preparó, como un lince, para saltarme encima.
Quise dar un paso hacia atrás, alejarme, pero la sorpresa me tenía como estatua ¿O eran sus ojos? Sólo separé un poco los labios. Mi voz no salió.
Entreabrió su boca de donde escaparon finas hebras de vapor y donde me pareció ver una dentadura despareja. Después movió la cabeza como los perros cuando uno les habla. Y se fue acercando, estudiándome.
Sentí mi rigidez, placentera. Sin voluntad para moverme. Mi cabeza era lo único que parecía seguir funcionando. ¿Qué hacía una mina así en Helitón? ¿Vivía en el planeta o habría hecho mierda su nave contra el suelo, como yo? ¿Estaba sola o pertenecía a alguna tribu? ¿Me la podría coger?
Fue cuando sentí un relajo y un paulatino recupero de mis movimientos.
Se me metió en la cabeza la estúpida idea de que si pensaba atacarme ya lo hubiera hecho.
“A lo mejor es inteligente”, pensé.Inteligente.
—¿Sos… inteligente?
Con esfuerzo levanté una mano. Despacio. Las palmas hacia delante.
La criatura repitió el movimiento.
¡Podía entenderme!
Me señalé el pecho y dije:
—Golan… Yo… soy Golan —al mejor estilo Tarzán.
La mujer siguió con atención el recorrido de mi mano y llevó las suyas a su pecho. Su pecho. Sus pechos; a esas alturas los imaginaba enormes, como los de la Coca Sarli. Gimió. Fue un gemido modulado. Lo repitió un par de veces ¿Sería su nombre? Sonaba como un orgasmo.
—Golan —repetí.
Ella repitió lo que fuera que repetía.
Convencido, sin explicación lógica, de que había recuperado el mando de mi cuerpo realicé un movimiento tan espontáneo como irresponsable: giré sobre mis pies y le di la espalda.
En efecto: podía moverme lo más bien. Caminé unos metros hasta el fuego moribundo. Busqué una de las piedritas y se la mostré; la tiré sobre la llama. El fueguito no aumentó demasiado su intensidad.
—Acercáte —dije con voz reestablecida.
Sucedió la primera cosa increíble: con rápidos movimientos, como una pantera, estuvo junto a la fogata. Sacó de un bolsillo unos cuadraditos de colores, agarró uno y lo arrojó a las llamas. Éstas se avivaron y dieron un calor como no gozaba en años.
Me mandé un silbido de los buenos:
—¡Epa, eso estuvo de diez! —grité, casi llorando de felicidad—. Acompañáme adentro de la nave —dije, palmeándole la espalda. Otra locura.
Busqué en la bodega los restos del último cíope cazado. Quería agasajarla ¡Era mi invitada! ¡Había llegado a mi mundo, y es de buenos anfitriones agasajar a los huéspedes! Ni qué hablar si el huésped resultaba mujer, y uno encima cargaba abstinencia forzosa.
Nos sentamos alrededor del fuego que, salvo por la falta del muñeco, parecía una fogata de San Juan. Mis poros, después de diez años, dejaron escapar gotas de transpiración. Gordas, las gotas de transpiración.
La charla, mientras asaba los cuartos del cíope, se resumió a mis preguntas y a sus gestos.
Cuando la carne estuvo cocinada, al ver que la mina no había comido nada, le dije:
—No probaste bocado. No será un asadito de ternera pero…
Ella respondió con un rugido ahogado. Un susurro doloroso. Siguió mirándome ¿Algo en sus ojos había cambiado?
—Sólo nos faltaría un poco de alcohol —señalé mi boca con el pulgar— ¡Hace siglos que me acabé la ultima botella! —Lo dije por decir algo, de excitado nomás.
Segunda cosa increíble: sacó de otro bolsillo unos tubos, largos y finos como pipetas de laboratorio, rellenos de un líquido viscoso. Tenía muchos y de varios colores. Me ofreció uno, púrpura. Cuando lo agarré, una lucecita se encendió en la base. Ella se quedó con otro, ámbar. Lo sostuvo de la parte iluminada y acercó el borde libre a su boca. Chupó. Chupó a modo de bombilla, lo que me produjo una erección.
¡Qué mierda, como tomar mate!
Hice lo mismo:
—¡Salud! —Al instante mi boca se llenó de una exquisita bebida dulzona parecida al vino terrestre. Vino patero: dulce. Al tragar sentí un calor intenso y transpiré todavía más—. Me tenés que pasar la receta —dije, y me empiné otro trago. Bebimos un rato largo. ¿Cuánto? ¿A quién le importa?
Ella no me apartaba los ojos.
El líquido del tubito parecía no acabarse. Y yo le di sin asco.
«Un poco de recuerdo y sin sabor, gotea tu r-r-r-rezongo lerdo. Marea tu licor y arrea la tropilla de la zurda al volcar la última curda-a-a-a.»
Seguramente la mina no cazó una, pero siguió el ritmo con la cabeza. Parecía gustarle.
¿Me la podría coger? Sí, que no.
Bailar primero. Tango. Ella al principio no quiso, entonces hice un par de firuletes, solo, para mostrarle, y estiré las manos, invitándola. Aceptó. Hizo una especie de gruñido cuando sujeté su cintura. Gruñido que se fue aplacando a medida que yo le cantaba al oído: Desencuentro. Cortes, quebradas «y enseguida volvemos», dije, muerto de risa. La mina no dejaba de mirarme: yo me imaginé en “El viejo almacén”, y picado como estaba, quise besarla.
De repente crack: algo se rompió en mi interior. En el bocho. No pude hablar más. Nunca más. Mis movimientos se hicieron lentos. Tan lentos que dejé de moverme. Con los ojos abiertos, duro como un limado, dejé de moverme.
Ella me dio vueltas alrededor. Sin dejar de mirarme, realizó una extraña danza y la terminó poniéndose en cuatro. En esa posición giró un par de vueltas cerca de la fogata, y avanzó hacia mí meneando las caderas como una pantera en celo.
A medida que se acercaba, sus ojos parecían hundirse en mi cabeza: ahí donde algo se me había roto. Se hundían como un cuchillo. Entreabrió la boca y dejó ver una lengua roja que humedecía sus labios en movimientos circulares. Sujetó con sus dientes el cinturón con las herramientas y se fue sacando los abrigos.
Yo seguía inmóvil, como anestesiado. De pie, pero anestesiado.
Cuando quedó desnuda, se cruzó el cinturón sobre la piel, piel trigueña, y se paró frente a mí. Boca con boca. Ronroneo. Me empujó hacia el suelo. Caí como la estatua que era. Se subió a mi pecho y me desgarró el uniforme, irreconocible por las pieles de los cíopes cosidas sobre la tela sintética a modo de abrigo.
Ronroneó más profundo.
Lamió mi cuerpo y nunca desvió su mirada, fija en mis ojos. Su saliva parecía afrodisíaca. Cada roce de su lengua, una embriaguez narcótica. Mi brazo izquierdo pareció excitarla y lo recorrió con pequeños mordiscones. En un veloz movimiento se sentó sobre mi verga envarada y sentí su jugoso orificio.
Se arqueó hasta límites imposibles y abrió y cerró la boca en jadeos que me hicieron acabar hasta el alma. Me hubiera gustado abrazarla. Decirle cosas hermosas, aunque no las entendiera.
De repente, entre el vaho de la borrachera, pude ver cómo asomaban de su boca unos colmillos de buen tamaño y cómo su cuerpo se iba transformando en el de un enorme felino. Su piel se cubrió de gruesos pelos negros: igual que en una película clase B.
Desprendió del cinturón dos torniquetes de metal. Aseguró uno a mi hombro izquierdo, el otro a la altura del codo. Luego agarró el sacacorchos, y en una parábola demasiado rápida para lo que podían captar mis ojos adormilados lo clavó en mi bíceps.
Con pasmosa alegría comprendí que el objeto no sólo se hundía en mi carne, sino que mediante estímulos eléctricos, la estaba cocinando.
Después de algunos minutos, mi brazo había adquirido —sólo la parte encerrada entre los torniquetes, es cierto— un color dorado de grato aroma.
Sus dientes desgarraron mi carne.
Un placer indescriptible me inundó. Como si en cada mordisco me estuviera regalando un poco más de libertad. Otra dentellada. Otra, y otra más. Mi sangre, todavía líquida, salpicó el suelo. No había dolor. La criatura, entre gemidos entrecortados, disfrutaba masticando tendones y músculos.
¿Yo? No podía: no quería reaccionar.
Cuando mi brazo izquierdo quedó reducido a un húmero rosáceo, un eructo recio escapó de su boca manchada de rojo.
Rió.
Me dormí.
Después: lo acostumbrado.
Despierto. Solo. Necesitándola. Rodeado de los tubitos que me deja después de cada visita. Estoy seguro de que poseen efecto antibiótico y cauterizante, sino ya hubiera muerto desangrado o por alguna infección. A lo mejor son un condimento, un adobe.
Ilustración: M.C. Carper
Me ha ido recortando como un bonsái.
Hay amores que desgarran.
«No sabes las ganas que tengo de verte,
acá estoy varado sin plata y sin fe,
Quién sabe una noche me encane la muerte;
y chau Buenos Aires, no te vuelvo a ver…»
Si tuviera manos me peinaría, o me arreglaría la ropa. Si tuviera piernas hubiera bailado otro tango.
Lo último que vi de ella fue su cola bífida.
La extraño.
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Rubén César Barrientos es argentino, vive en San Vicente, provincia de Buenos Aires, y nació el 15 de septiembre de 1960. Es Técnico Radiólogo por ocupación y escritor de ciencia ficción por vocación. En 2001 publicó en Dunken una colección de cuentos, Cuestión de tiempos; sus relatos integraron la 4ª antología de Narradores Suburbanos, una de la Editorial Los Cuatro Vientos (2004), y un par máás. Concurrió al taller literario de Roberto Dibenedetto, al de Marcelo Di Marco, y actualmente al Casas de Letras.
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http://www.ficticia.com/cuentos/bebe.html
BEBÉ DIJO QUE NO
Óscar Wong
Bebé dijo que no, pero yo insistí, me puse de cabeza, hice muchas piruetas para ver si cambiaba de opinión. Pero la canija siguió moviendo la cabeza; sus cabellos largos, rubios, parecían pelos de elote, aunque más bonitos y perfumados; sus ojos como canicas de agua, de tan transparentes, me miraban como si yo fuera un extraterrestre. Sabía que me gustaba, porque siempre se hacía la remilgosa. Yo seguí insistiéndole, rogándole. Le ofrecí mi lunch durante toda la semana, le puse mi balero en sus manos y hasta mi ratita blanca. Y nada. Pero Bebé -le repetí-, acepta aunque sea sólo una vez.
Pero ella siguió moviendo la cabeza. Me sonreía, eso sí. Sus manos pequeñitas se movían como palomas, de tan finas, de tan suavecitas; un cuerpo también era menudito. A mí me gustaba un chorratal; se veía linda la condenada con su pantalón apretadito, de esos que les dicen mallones y su blusa blanca, mostrando sus hombros y sus brazos, blanquísimos.
Desde hacía una semana estuve dándole vueltas al asunto. Una y otra vez pasé por su casa buscando la oportunidad, hasta que una mañana la vi, con su vestido rosa; otro día con su short azul y entonces sentí cosquillitas en la panza.
Me hice el aparecido y después platicamos de Mónica, mi prima, de que había faltado a la escuela por el asunto del sarampión y de que sus pecas se confundían con los lunares rojos que le salieron; pero yo ni siquiera me le acerqué. Y Bebé me miraba con esos ojos clarísimos, como la miel que tanto me gusta untada en las galletas. Por eso ahora que la vi no tuve más remedio que decirle lo que me pasaba. Ni modo de aguantarme las ganas. Es como cuando tienes deseos de ir al baño y te da pena confesarlo, pero tienes la necesidad de ir y vas. Después de todo yo le quería echar los canes, así que no me iba a quedar con los brazos cruzados. Además todos los días la soñaba, deveritas que sí. Entonces se lo dije, pero Bebé me miró con esos ojos enmelados y me dijo que no. Luego me dio la espalda porque se hizo la ofendida. Pero yo insistí rogándole una y otra vez, diciéndole que por favor se compadeciera de mí. Finalmente aceptó y yo brinqué y me puse como loco.
Empecé a danzar como un apache alrededor de la hoguera antes de entrar al combate. Entonces me dijo que me callara, que no le gustaban esas sangronadas, porque si seguía así se iba a su casa y entonces ya no le iban a dar permiso de platicar conmigo. Y tuve que calmarme. Le dije que fuéramos al tamarindón, al otro lado de la calle, para que nadie nos viera. Ella se puso colorada, como esas arrieras que un día me picaron. La tomé de las manos y casi a rastras me la llevé al terreno baldío donde jugábamos del árbol podía ayudar a refrescarnos. Yo también estaba nervioso, pero podía más la urgencia, así que aunque el corazón me hacía tum-tum-tum tuve que seguir adelante. No me podía echar para atrás.
Yo la miraba como menso, como si ella fuera una rebanada de pastes; tenía ganas de comérmela o por lo menos de darle una mordida en el cachete. Y el canijo corazón brinque y brinque, como un balón de básquet rebotando sobre la duela de la cancha. La cabeza me sudaba. Sus dedos delgados, finos, como los de las artistas que salen en la tele, agarrados de los míos. Tuve que soltarle la mano porque me daba vergüenza de que ella se diera cuenta de que las tenía heladas. Cuando llegamos fue lo mismo. Que sí, pero que mejor otro día. Que al rato porque hacía mucho calor. Que mejor en la tarde, antes de ir al pan. Y qué tal y si nos veían. Y que su mamá y que su papá y que los míos. Después puso de pretexto el asunto de la doctrina y me soltó un rollo de que si Jacob y que si Esaú y no sé qué demonios de las lentejas. Volví a lo mismo, a ruegue y ruegue. Y que si el garrobo que asomaba entre las piedras y que si el gato y que si el perro y que si la piedrona. Volví a ofrecerle todo, hasta mis patines. Y Bebé seguía negándose.
Yo veía sus labios, delgaditos; y su figura menudita y tan frágil. Bueno, de flaquita buenona, como dice mi primo Casimiro. Y las ganas empezaron a empujarme y recordé lo que hacían el Roñas y Marcela cuando jugaban a los papás o a los novios. Así que la calentura empezó a entrarme por el cuerpo y sentí que el paquete duro y calientito saltaba entre mis piernas, me punzaba y me dolía. Por fin Bebé dijo que sí. Pero se puso roja otra vez; a lo mejor fue el calor, por que empezó a sofocarse, a sentir que todo le daba vueltas. Le dije que no se preocupara, porque nadie lo sabría. Yo cerré los ojos y ella se acercó y entonces siguió el brincoteo de mi corazón.
Yo tampoco podía respirar. Entonces abrí los párpados y vi que sonreía coqueta. Se llevó un dedo a los labios y después lo puso sobre los míos y salió corriendo. Yo me quedé como tarugo, con un ardor en los cachetes que ni veas. Todavía no salía de mi azoro cuando alcancé a escuchar sus gritos destemplados:
-¡Pero vas a ver!, ¡te voy a acusar con tu mamá!
Y la verdad es que no sé por qué hizo tanto escándalo si no siquiera me dio el pinche besito que le pedí.































