Eterno domingo (vigésimo sexto capítulo)

ETERNO DOMINGO

Jéssica de la Portilla Montaño.



Once de la mañana de algún domingo

Mañana es cumpleaños de Lizbeth. Papá mandó comprar diez cajas de cerveza Noche Buena y doce de sidra rosa, y ya me advirtió que voy a tener que dar mi cooperación si es que me interesa estar presente (¿fiesta en martes a medio día?):

dos botellas de… Absenta.

¿Qué no fue suficiente cooperación el haber puesto a la festejada, digo yo?

Ahora hasta mi papá quiere licor de ajenjo. Habiendo tantos tipos de alcohol no, papá quiere brindar con Absenta por el cumpleaños de tu hija, de mi hija, de una niña de la que nunca te despediste, por cierto.

La casa está llena de globos. De esferas navideñas, de regalos recién envueltos con papel rojo y verde y moños dorados, y de globos. Hartos globos, muchos, muchísimos, si nunca jamás nadie exagera ni tantito en éste nuestro feliz hogar (bah). Los tres pisos y el sótano, los jardines, los patios externos y los interiores, los cuartos de servicio y todas todas las canchas, nomás les faltó vaciar la alberca y el chapoteadero para llenarlos con globos. Hay globos por todas partes, en el piso y en todos los techos, en las paredes recién pintadas especialmente para la ocasión.

Me di cuenta de que mamá iría a comprar las cosas para la fiesta de Lizbeth porque no encontraba sus gafas Chanel y puso a la señora Carmen a que las buscara, como siempre, tal y como le pasa cada que está demasiado nerviosa porque acaban de abrir una nueva tienda o porque salió el DVD de algún programa europeo con que mata las horas que su nieta vive dormida. Felizmente dormida sin mí, felizmente sin nosotras dos (bah).

Las gafas Chanel, ah sí, las gafas Chanel, dónde están, dónde dejé la tarjeta, no recuerdo cuándo es la fecha del corte… ¿de cuánto fue el pago mínimo de la última liquidación por fin de temporada?, ¿de la última venta nocturna donde acaparamos todo?

Joder, que en esta casa se gasta como si uno fuese rico.

Mamá seguía sin hablarme. Nunca me habla, y ahora sí ni pa’ regañarme (bah). Así es más cómodo para ella y es especialmente cómodo para mí, para todos a mi alrededor. El chofer estuvo buscando las gafas por toda la sala, y nada. Javier… La única diferencia entre Javier-mi-lindo-chofer y Javier-el-novio-mamón-de-Lorena son unos cuantos millones de pesos (¿who cares?). Javier. Y está mucho más lindo que el novio de Lorena, of course. Javier el chofer busca las gafas de mamá mientras Lizbeth juega en el corral, en esta ocasión junto a la chimenea, justo debajo de uno de los pinos navideños miniatura. Me encanta cómo cambian de color las luces de fibra óptica, quiero un arbolito igual para mi habitación aunque me choque la Navidad nomás de pensar que este año no estaré contigo, nunca más estaremos juntos y mejor ya me hago a la idea, sólo por hoy, sólo por hoy, sólo, sólo… Pero ahora sí voy a tener regalos, eso te lo aseguro, muchos muchos regalos y mi hija también tendrá mucha ropa, todo nuevo y recién comprado, nada de piojos de segunda mano. Javier el chofer busca las gafas Chanel de mamá y Mónica lo mira embobada, buen cuerpo, brazos fuertes para apretar su lindo cuello mientras me besa, espalda ancha para no dejarme escapar de su cama (o para no dejarlo escapar de la mía) ni un instante. Se me antoja mucho, mucho, muchísimo… pero: NO. Necesito acariciar un cuerpo que me bese y que me abrace, alguien que no sea tan indiferente conmigo como lo eras tú… pero NO. Javier no. Javier el chofer, NO. Nunca. ¡¡¡NUNCA, MONI!!! Me sorprende que siga trabajando aquí, primera vez en años que mamá está a gusto con un empleado, ni una queja, ni una cara, qué extraño, ¿no? Por eso decidí no meter mis garras en el asunto, por no arruinarle a mamá esa ilusión de ser el ama de casa perfecta, con un jardín enorme que un montón de empleados riegan con el agua que no llega a sus municipios o ejidos or whatever, si nomás ven la casa y luego luego vienen a pedir trabajo de planta dizque pa’ no gastar en pasajes pero nel, cómo no, si la última sirvienta juraba tener mucha “catego” nomás porque lavaba los excusados de nuestro pequeño Edén. Jodidérrimo, digo yo.

Pero sigo con un dedo en el renglón, Javiercito… Yo no he dejado de mirarte, aunque tú creas  que sí. Que no se te olvide que yo nunca olvido.

¿Arturo? ni sus luces. Y ni me hice taaantas ilusiones como acostumbro. Fácilmente podría andar con Arturo y con Javier (si se dejan, claro), pero no. No tengo ganas de nada, ni siquiera de hacer travesuras ni de andar chingando gente o haciendo de titiritera con niñitos de mente débil. Te necesito a ti. Jamás me haría feliz alguien que no sea tan culero como tú. Pasamos juntos tanto tiempo que nunca podría comenzar de cero con ninguna otra persona que no se parezca un poquito a ti, no podría estar con otro y mirarlo a los ojos sin pronunciar tu nombre o sin pensarte siquiera. ¿Para qué lo intento? La regla dice que “al último güey se le olvida con una peda y dos fajes”, así rezábamos desde secundaria, en ese entonces éramos demasiado fresas para pensar en tener sexo sin que Dios y las monjas nos castigasen aunque, claro, no faltaba la que saliera con su chiste. Lo más usual entre mis amigas era deshacerse del “tumor en la matriz” antes de que cumpliera tres meses de gestación, y ya, nadie necesita enterarse, un viaje más al extranjero y regresaban como si nada a seguir cogiendo valiéndoles verga (literalmente). Me dejaron de hablar y se cagaron de risa porque yo sí me aventé el paquete, aunque no tenga idea de cómo ser madre la verdad es que no quise ser como esas idiotas.

En algún momento miré hacia el árbol de la sala, y ahí estaban las gafas de mamá. Caminé hacia la cocina para entregárselas, pero me tropecé con el tapete escarlata y habría terminado con la jeta embarrada en el piso de no ser por Javier, quien llegó a rescatarme jaja. “Damisela en apuros”, escribió Ery Santander. Dos manos, dos ojos, una sonrisa, las mejillas de Mónica se sonrojan al sentir las manos frías de Javier, manos frías sobre dos brazos que hierven por la sorpresa de ese contacto, dos ojos y una sonrisa, Javier quiere retirar las manos pero no puede, las desliza desde los codos de Mónica hasta sus muñecas, cuatro manos quedan entrelazadas, Javier abre la boca para decir algo pero mira hacia la cocina y de inmediato da media vuelta. Mamá toma las gafas de mi mano derecha.

Compórtate, Mónica.

Uf. Mamá por fin me habló. Lizbeth y Javier desaparecen junto con ella en el Sunfire rojo, adiós, adiós a todos, no me traigan nada, por favor.

Posted by MyDramaQueen.

2 sugerencias para reescribir este guión.

 


At Diciembre 18, 2006 6:10 PM, Lorenita_Arreolita said:

¡Crees, tontis!, como mi chavo no hay dos, ¡I love him so muchooo!

 


At Diciembre 19, 2006 9:02 AM, anonymous said:

JA JA JA JAAA…
 


Lee aquí el vigésimo quinto capítulo de Eterno domingo.


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One Response to “Eterno domingo (vigésimo sexto capítulo)”

  1. Asgard says:

    feliz cumpleaños… 29 años que los seguiras cumpliendo dos o tres veces.. hjhahahahhaha saludos desde aka.. para alla..!

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