Eterno domingo (vigésimo cuarto capítulo)

ETERNO DOMINGO

Jéssica de la Portilla Montaño.



Martes 12 de diciembre de 2006.

Hoy tuve la misma discusión de siempre con mi madre:

Un toque.

Un pinche toque. Ése fue el gran detonante.

Un toque…

Porque soy una pinche adicta mental. Y QUÉ. Porque me gusta fumar mota, y qué. A otras personas les gusta beber una copa de vino (o varias) después de la comida. Papá lo hace. Mamá lo hace. La casa está llena de botellitas que les regalan.

Pasé toda la tarde escribiendo, no sé qué escribí pero seguro que era algo, el comienzo de algo, un borrador más del monólogo de Fausto, yo qué sé, no podía dejar de escribir a pesar de que mi texto no tenía el menor sentido y sí muchas frases espantosas, no era más que un larguísimo debraye existencial pero yo dejé que mis manos siguieran acariciando el teclado ergonómico. Cerré los ojos y traté de imaginar lo distinta que podría ser mi vida si yo quisiera, si tan sólo me atreviera a abandonar mi mediocre anonimato e hiciera algo, cualquier cosa, algo que realmente valiera la pena. Pensé en este blog, que por ratos me fastidia pero por lo general me tiene enganchada a la computadora. Pensé en los cuentos que he corregido mil veces sin que jamás queden perfectos, en los intentos de poemas que nomás no me convencen, y pensé en la gran fijación que tengo por escribir una novela, y el terrible bloqueo que me impide pasar de las cinco cuartillas. He intentado tantas veces escribir algo que compense todo el tiempo que he pasado frente a esta pantalla, que haga que el cansancio y tantos desvelos no sean nada comparados con la satisfacción de haber logrado algo. Temo que jamás será el caso, sigo comenzando obras de teatro sin tener una idea clara de lo que quiero contar o de si realmente vale la pena contarlo… Era obvio que jamás iba a quedarme dormida con esas ideas tan optimistas, y entonces cometí el gran pecado del siglo: encender un toque. Un maldito y asqueroso toque por el que no doy ni cinco pesos ahora. Me levanté de la cama y busqué el hitter por todas partes, estaba dentro de mi bolsita negra junto con el encendedor morado, abrí la ventana y encendí una varita de incienso, otro de mis vicios junto con el té verde sabor arroz tostado… Fumé una, dos, tres, diez millones de veces, las que hayan sido qué importa, me recosté de nuevo y sin darme cuenta me quedé dormida.

En algún momento, mamá entró a mi cuarto. Me di cuenta porque, como siempre, azotó la puerta por dentro.

Párate, Mónica. Despierta.

-No he descansado bien…

¿Descansar?, ¿qué es eso?

Y después, el regaño del siglo porque mi cuarto olía a mota.

Qué novedad.

Coño. Eres la peor hija del mundo, Mónica. Nadie va a dar un quinto por tu jodidísima vida ni por ti. Eres una inútil, una desobligada, estás sola porque nadie te soporta, ni Eduardo pudo contigo… Estás enferma. ¿Qué no te das cuenta?

Sí. Claro que me doy cuenta. Estoy podrida de aguantar frases amables sin poder quejarme, con buena cara y una sonrisa hipócrita. Pero esta vez amenazó con quitarme a la niña. Correrme de casa y educarla como si fuera suya…

Uy. La amenaza del siglo. No hay pedo. En unos días ya se le olvidó todo.

Mamá no entiende que aún no controlo mis propias acciones.

Encendí la computadora y comencé a escribir. Escribir me hace pensar y me duele, me duele porque en esos momentos los recuerdos vienen a mí. Música, música para ensordecer, para no escuchar mis pensamientos, pero te encuentro en cada sonido…

Hoy desperté odiándote, odiándote como te he odiado desde que te fuiste. Te odio tanto como ayer, pero es verdad: tengo una obsesión que se llama como tú. Eres mi único nexo con la realidad, mi contacto con un mundo que no me agrada, que no se hizo para mí y que quisiera dejar. Nunca he esperado nada de la vida, este mundo no me debe nada ni yo a él, ni una lágrima ni media sonrisa. Sólo lamento el no haber hecho todo lo que estaba en mis manos para desarrollar mi mucho o mi poco talento, mi nula inspiración, las ganas absurdas de ser famosa y reconocida en alguna cosa, para variar, que no me busquen porque soy popular o bonita o porque a veces me dan la tarjeta de crédito. Por eso sólo me junto con Michelle, sus papás tienen más varo que los míos… Una cualidad y también un castigo a la vez, porque percibimos el mundo de una forma muy distinta a como lo hacen los demás. ¿Será que aún soy el mismo bicho raro? No lo sé, no quiero pensar en ello, sólo diré que si muero será contra mi voluntad porque yo tenía muchas ganas de hacer muchísimas cosas. ¿Qué más da que fume o no mota? No daño a nadie, no robo, no mato, no me prostituyo. Alcohólica y mariguana… ¿qué es peor? He pensado que tal vez sea la mota. Me gusta, ¿qué puedo hacer? Me gusta más que la coca, y por lo menos no me jode la nariz.

Y precisamente yo tenía que ser la peor hija que existe.

Por ahora no quiero pensar en nada más.

Mota. Sólo es un poco de mota.

Desde aquí el mundo es distinto. Nada parece tan malo. Si tuviera el tiempo de contar mi vida completa, ¿me tomaría la molestia?, ¿habría alguien a quien le interese escucharla? Yo no creo.

En fin. Por hoy ya me aburrí de todo.

Posted by MyDramaQueen.

0 sugerencias para reescribir este guión.


Lee aquí el vigésimo tercer capítulo de Eterno domingo.


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3 Responses to “Eterno domingo (vigésimo cuarto capítulo)”

  1. Toño says:

    Yo si la leería.

  2. Toño says:

    Ya en serio, que cabrón has progresado, ya tenía mucho de no leerte pero lo de la novela esta genial llevo no sé cuantos capítulos y la verdad que me ha encantado. Suerte en el futuro y esperare el día que llegue a los anaqueles.

  3. beat says:

    Hola yoi ni siquiera sabia de tu existencia, en el movimiento rave ni nada,, y ya llevo bastantes añitos, buen experimento lo de tu novela online,,,apenas lei dos capitulos :P

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