Eterno domingo (doceavo capítulo)

ETERNO DOMINGO

Jéssica de la Portilla Montaño.



Siete de la tarde de un domingo.

No sé por qué mamá anda tan de buenas últimamente. Parece que estar con Lizbeth le ha mejorado el carácter. Con Jacqueline y conmigo era la más regañona, el resto del tiempo no nos hacía caso, no hacía más que mirarse en el espejo todo el día; pero ahora que se la ha pasado con mi hija, las dos andan muy contentas. No lo entiendo. Igual se le rompe el encanto cuando la niña empiece a hablar o a hacer preguntas tontas. Mamá se desespera cada que le preguntan tonterías, no sé si como abuela tenga más paciencia que como madre. Quién sabe.

Inverosímil: de pronto, Michelle le cae bien a mi mamá. Ayer chateamos un rato y me dijo que me llamaba hoy para tomarnos una chela pero contesté que no, que no encuentro el celular negro y que no marcara a la casa, pero ya ves cómo me hace caso (EHHH) y como a medio día primero sonó el radio pero quién sabe dónde lo puse, bip bip bip no aparecía y no aparecía, luego sonó el teléfono de la sala y mi mamá contestó, estábamos en la cocina preparando el almuerzo de la niña y sólo vi cómo le cambió el rostro en menos de dos segundos, cuando vi que mamá mandaba a la goma a su interlocutor supe que se trataba de “esa amiguita mía de la prepa”. Mamá dijo que salí a comprar no sé qué cosa, pero Michelle ya se la sabe y yo nunca salgo ni siquiera al jardín. El rostro de mamá comenzó a cambiar de nuevo, esta vez muy lentamente, y minutos después colgó pero ahora tenía una enorme sonrisa en la boca.

Eso sí me preocupó.

Mónica pregunta a mamá el motivo de su misteriosa sonrisa. Mamá contesta que Michelle (¿ya no es “esa amiguita mía”?) le ha regalado un día completo en el SPA del club al que van sus papás desde hace mil años.

Michelle se anota varios puntos a favor.

Mamá me entrega a Lizbeth y sube corriendo las escaleras. Mamá siempre llega perfectamente vestida y maquillada a cualquier lugar que vaya, así se trate del salón de belleza.  Lizbeth me mira como si no me reconociera, intenta golpearme con su manita, yo la esquivo para evitar el mortífero ataque. La escuincla lloriquea y eso sí no lo soporto porque yo jamás lloro, no debo permitírmelo, y ahora resulta que la hija de la mismísima Mónica es toda una chillona consagrada. Es culpa de mamá, la consiente demasiado. No sé cómo hacer para que se calle, y eso es peor que el hecho de tener que escucharla llorar. Mi hija se pone de malas cuando mamá no está, a mí me pone de malas no saber cómo tratarla, y mamá siempre está de malas pero se pone más al ver a su nieta lloriquear y a mí tratando de esquivar una manita que pretende golpearme sin piedad.

¿Qué se necesita para controlar a una niña de dos años?, ¿una maestría?

Mónica sube al Pontiac Sunfire rojo. Mucho calor para un día de diciembre. El quemacocos no sirve, falleció luego de la última vez que chocaron el carro, pero a mamá no le importa porque no tenemos que manejar. Ventajas de la burguesía. Papá quiere comprar otro auto para la casa, mamá dice que sólo aceptaría otro Sunfire rojo. Yo me quedo con la camioneta.

El chofer me sonríe mientras abre la puerta trasera. Es nuevo. No lo había visto antes. Yo no sé qué hacen con los choferes y las chachas en esta casa, los tratan como si fueran desechables. Linda sonrisa. Me gusta. Alto, delgado, ojos color miel, blanco pero bronceado, tostadito, lleva el Sol en la piel. Me gusta. No sé si esa sonrisita signifique algo o si sólo trata de ser amable. Hice bien en elegir esta blusa. El chico cierra la puerta y abrocho el cinturón de seguridad sobre el asiento de bebé. Lizbeth está dormida. Se chupa el dedo pulgar, el rubio fleco le cae sobre las cejas, hoy la peiné de dos colitas, le llegan hasta la cintura, sus pestañas son enormes, mamá la llevó a que le perforaran las orejas y ahora trae unos lindos broqueles de oro… Siento que no la había visto antes, es tan distinta bajo la luz exterior que de pronto recuerdo que antes era más rubia, no tanto como Jacqueline pero estoy segura de que mamá guarda en su cartera un rizo rubio con un listón rosa, o algo así, quién sabe, ahora no recuerdo, igual y no guarda nada. Debí poner más atención a ciertos sucesos del pasado cuando eran parte de mi presente, total.

El chofer conduce, quiero saber cómo se llama, él finge ir atento al camino pero Mónica observa sus ojos por el retrovisor. Él observa el escote de la blusa aguamarina que me regaló Michelle. Mamá sonríe al ver que he decidido dejar de ser viuda negra por un día. ¿Y esa blusa? Me la regaló Michelle, no le gusta cómo me visto… Mamá sonríe. Más puntos a favor de “esa amiguita mía”.

El chofer abre la puerta de mamá. Ella baja y de inmediato abraza a Michelle, quien pone cara de sorpresa. Vaya. De haber sabido que sería tan fácil… Quito el cinturón de seguridad y cargo a la niña, el chofer me tiende la mano izquierda, salgo del carro y le sonrío. Mamá y Michelle ríen como viejas amigas. Miro al chofer y él pregunta mi nombre. Me gusta que sea atrevido. Mónica, le digo. Javier, contesta. Sonrío de nuevo. Me pregunta si puede invitarme a comer alguna vez y le digo que no salgo con los empleados de papá. Sonríe. Dice que no se dará por vencido.

-Eso espero –le digo casi al oído, luego camino hacia donde se encuentran Michelle y mamá, quien está de espaldas y no vio la pequeña escena de flirteo. Michelle me mira y niega con la cabeza, luego me muestra la lengua. Mamá voltea a verme. Michelle le dice a mamá que puede solicitar todos los tratamientos que desee, que le serán cargados a su cuenta. El papá de Michelle es uno de los socios y quiere que papá invierta también, yo lo sé pero mamá no. Mamá ignora muchas cosas, o las sabe y hace como que no. Mamá pregunta si nosotros nos vamos a hacer algo, y yo le digo que me quiero teñir el cabello de negro. Mamá mueve la cabeza de un lado a otro, dice que no le gusta el negro. Le digo que el cabello oscuro contrasta con mis ojos. Michelle le dice que es la tendencia para el invierno, y que también me harán un cambio de guardarropa. Mamá accede a que me tiñan el cabello siempre y cuando vaya a comprar ropa. Quisiera decirle que no, que es un gran sacrificio ir a buscar ropa para estrenarla en Navidad, pero ella insiste.

El club es enorme. A la entrada está la zona de albercas techadas, en el primer piso está la pista para correr y los salones de aeróbics, después está el gimnasio y la sala de artes marciales, y el resto del edificio es el spa y salón de belleza. Me encanta. Papá prometió hacer un club nuevo, Chapultepec o Polanco, porque mamá ya no quiere vivir en Coapa, dice que es zona para nacos. La asistente de Michelle juega con mi hija mientras me lavan el cabello. Odio el color de mi cabello. Ni rubio ni castaño, naranja. Odio el naranja, ni siquiera es pelirrojo sino naranja. Odio las pecas, pero combinan bien con mis ojos. Me encanta verme al espejo. Brenda debe ser alemana, creo que me está echando el perro, la bata blanca se le abre por ratos y muestra un brassier de encaje negro, también tiene ojos azules y cabello color chocolate. Me despunta el cabello con mucha delicadeza, sus uñas de acrílico acarician por ratos mis orejas. Definitivamente, papá tiene que asociarse con el papá de Michelle. Brenda me seca el cabello y luego me pregunta qué quiero que me haga. Se me ocurren muchas cosas pero le digo que por ahora sólo quiero que tiña mi cabello. Sonríe, creo que entendió. Por el espejo veo que Javier me mira mientras Michelle contiene las ganas de reírse. Parece que a Michelle también le ha gustado el chofer. Eso da pie a muchas posibilidades.

Ahora mi cabello es negro azulado.

OPEN FILE: MONISTAR.JPG

Brenda me preguntó si quería hacerme un tratamiento pero le dije que no, y antes de levantarme del asiento ella deslizó su tarjeta sobre mis piernas. La escondí para que mamá no haga preguntas. Digo que el hambre hace estragos en mi estómago, mamá contesta que ella quiere pasar el día en el club, apenas si se le entiende por la mascarilla de lodo. Me gusta que mamá sea tan vanidosa. Mamá nos dice que vayamos a comer y a comprar ropa, Michelle le dice a su asistente que se quede con mamá. Salimos del club, Michelle trae el Beetle morado, se ha hecho rayitos dorados y ahora usa pupilentes grises. Dice que vayamos a Santa Fe a comprar y le digo que está muy lejos, así que terminamos en el centro comercial de siempre. Nos atiende Paty. Hacía años que mamá no me daba la tarjeta de crédito. En el carro prendemos un churro y luego a buscar las gotas para ojos. Con gusto compruebo que otra vez me quedan las blusas talla uno. Michelle habla de hacerse una lipo, le digo que está loca. No sé cuánto gasté, tenía siglos sin comprar ropa nueva, esta vez intentaré un estilo más fresa, justo como a mamá le gusta, es más sencilla la vida si tengo a mamá de mi lado y no en contra. Nada como comprar ropa y zapatos para olvidar la depresión. Michelle compró diez vestidos y varias chamarras, yo compré un montón de blusas, todas las que me gustan en negro y el mismo modelo en todos los colores disponibles. A Chilli’s por unas margaritas y dedos de queso, delicioso. Michelle estaba sorprendida de lo fácil que había sido hablar con mamá. De regreso, mamá se había hecho todos los tratamientos. Me pidió la tarjeta, se la entregué. Tengo un montón de ropa nueva, y ahora hay que comprarle a Liz.

Posted by MyDramaQueen.

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Lee aquí el onceavo capítulo de Eterno domingo.


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