Eterno domingo (octavo capítulo)

ETERNO DOMINGO

Jéssica de la Portilla Montaño.



Once de la mañana de un domingo.

Mi vida actual es demasiado aburrida. No creo que valga la pena mencionarla. He tratado de estar lejos de la computadora, pero no puedo evitarlo: tengo que escribir todos los días, tengo que leer todos los días, tengo que estudiar todos los días, tengo que tocar el piano y practicar la guitarra todos los días… pero qué hueva. Bajé un programa para hacer música con un teclado virtual, pero no le entiendo ni madres y está en inglés y odio leer en inglés. Sólo me he conectado a Internet a ver quién anda en línea, pero no sé si me tienes bloqueada o si cambiaste de correo.  No he sabido de Michelle. No me han hablado de la agencia, con lo que tengo ahorrado puedo sobrevivir otro medio año, sin problema, ahí está todo lo que junté antes de que Lizbeth naciera, pero no quiero usarlo porque es para la escuela, para el antro y para lo que se ofrezca :OP jaja. Las clases comienzan hasta febrero, faltan dos meses completos y el tedio me está asfixiando…

Lo único importante es que mamá ya no me la ha hecho de tos. Ya me deja cuidar a Lizbeth cuando ella sale al gimnasio o al centro comercial. Dice que se da cuenta de que le estoy echando ganas y etc, pero la verdad es que ya me aburrí de estar siempre con lo mismo en la cabeza: tú, drogas, tú, sexo, tú, tú, tú. Según la Doctora Claudia, para dejarte a ti necesito dejar todas mis obsesiones… Ya me había hartado de la motosis (no sé cuál sea el equivalente a la “piedrosis” que luego le da a la Michelle) o marihuanosis or whatever: despertarse a fumar mota, pasar el día entero fumando y sin hacer nada porque ves medio borroso… A veces Mónica siente comezón en los brazos, se rasca la parte interior del codo y busca cualquier vena pero ya no están, ya no hay nada. Tu piel ahora es transparente, ya no hay azul ni rojo ni morado dentro de ella… Dicen que con el tiempo las venas se van secando por dentro, que la sustancia activa corroe el organismo como el ácido estomacal destruye la garganta de las bulímicas…

Yo qué sé. Nada más sencillo que usar mangas largas para cubrir mis brazos agujereados, estas manos amputadas de tanto hacer lo mismo y lo mismo y lo mismo. ¿Compulsión? ¿Impulsividad?

Ya nadie más va a leer este jodidísimo blog. Sólo mis contactos de Messenger. No quiero que mi hermana me esté jodiendo el resto de mi vida con su “pórtate bien o te acuso con mamá”. ¡Joder! Lo que más me caga de Jacqueline es que use las mismas palabras que mamá… ¿Idiolecto? ¿Ideolecto? Jodidísimo, punto.

Mamá dice que le da gusto que ya no me la pase encerrada en mi recámara, pero es que ya me harté de estar enterrada en la computadora. Si mal no recuerdo, hay un mundo cruzando la puerta, pero igual y me equivoco. Yo creo que eso es lo que realmente  me deprime, eso y el estar de ociosa todo el día, sin hacer nada más que fumar cuando tengo mota o escribir sobre drogas o leer sobre drogas. ¡Pero qué sordidez, por Dios! Generalmente ni abro las ventanas, dejo las cortinas tal y como están; el polvo se acumula, las telarañas crecen sobre mi cabeza pero a mí me daba igual hasta que vi la cara de mamá. La última vez que entró a dejar mi ropa recién lavada…

¡Pero cómo tienes el cuarto! Olvídate de Lizbeth. Estás jodida, Mónica. No sé cómo no has madurao.

Se me ocurrió que si levantaba mis zapatos y acomodaba todo el tiradero de libros y poemas, tal vez se pondría contenta. Bingo. Ahora dice que se da cuenta de que estoy tratando de hacerme cargo de mi vida otra vez, como antes de haberme largado contigo, pero la única verdad es que me siento sola y quiero estar con Lizbeth. La niña me recuerda a ti. Tú ibas a ser su papá. Mi suegra tampoco me dejó verla durante una época, cuando regresé a la escuela, dijo que era más sencillo cuidarla si dejaba la cuna en su recámara y a mí me pareció buena idea, pero luego tu pinche hermanita me dijo la verdad. Carajo. Qué se meten con lo que hago con mi cuerpo y con mi vida. Entre la escuela y los ensayos casi no tenía tiempo para Lizbeth, tampoco tenía tiempo para seguir yendo a terapia con la Doctora Claudia, y tú dijiste que preferías que la niña se quedara con mi suegra para que tú y yo pudiéramos seguir estando a solas… Claro que accedí. Me pareció una buena idea, pero de pronto me encontré brindando contigo cada noche, mi nueva obsesión se llamaba Absenta, y luego me compraste el disco pirata de Cradle of Filth. Supe que tenía que escribir un monólogo sobre Fausto. Doctor Fausto. Luego yo pedí el disco original de Nymphetamine por Internet. Luego un DVD de un concierto… Y terminamos metiéndonos no sé cuántas dosis de ácido, Doctor Hofmann, el suficiente ácido para no pensar y sólo sentir, para sólo sentirte a ti inundando mis células, Doctor Hofmann, sólo tú y yo y Daniel Filth cantando en Nottingham.

Quiero retomar la terapia, Doctor Fausto. Doctor Fausto. Doctor Hofmann.

Ya casi pasaron tres semanas de que regresé, aún no me acostumbro a estar de nuevo con mis papás y que me digan lo que tengo que hacer o que me nieguen permiso para salir a la calle sola. Su nieta ya va a cumplir casi dos años, que no mamen. “Sin chofer a ninguna parte, señorita”… Lo mejor es seguirles la corriente. Otra vez estoy comiendo en la mesa, lavo los trastes después de la comida y otras tonterías por el estilo, pero mamá está contenta y ya me habla como si nada, ni siquiera ha mencionado el tatuaje ni lo de la última pelea. Ayer me pidió que la acompañara al parque, me dejó cargar a Lizbeth aunque sentí miedo de tirarla al piso por accidente. Soy muy torpe.

Lizbeth llegó a mi vida en uno de mis peores momentos de desesperación, aunque siempre he vivido una larga cadena de momentos desesperados. Ya había pensado en dejar la escuela, sentí que no era mi vocación, pero tú me decías que esperara y que todo se iba a solucionar. Mamá seguía furiosa porque no me quedé en Medicina, papá estaba de acuerdo con que estudiara Teatro pero se arrepintió cuando les dije que estaba embarazada. Tenía diecinueve años. Él desapareció, jamás le dije a nadie de quién se trataba por si decidía regresar, y yo terminé siendo parte de las estadísticas anuales, sólo otra madre soltera más.

Lizbeth nació de ocho meses. No quiso hacerme esperar. La niña siempre fue más tuya que mía, así como yo era más tuya porque tú me conocías desde siempre y yo no tenía idea de quién demonios eras. Lizbeth llevaba cuatro meses dentro de mí cuando decidimos mudarnos contigo. No creo en los “bebés no deseados”. No hay cosa más atroz que asesinar a un bebé cuyo corazón late dentro de ti. Creo en el derecho al aborto en caso de violación o malformaciones, pero abortar porque un bebé arruinaría tu vida es cosa de gente imbécil. Una ex amiga iba en tres abortos la última vez que la vi, como si no  pudiera usar un maldito condón para variar…

Pero, a veces, todo falla. Alguna vez se me rompió uno, y tenía que ser la de malas.

Tu mamá nunca supo cuántas veces entramos a su recámara mientras ella estaba trabajando. Si supiese de todo tiempo que te tomabas para cerrar las cortinas y desnudarme en la oscuridad… Comenzabas besando mi cuello y terminabas arrancándome los labios a mordiscos. Otras veces preferías gastar dinero en hoteles para verme de rodillas ante un espejo, sólo para eso.

Sólo para eso.

Nunca me dejes…

Terminabas tirado sobre la cama, todavía con la respiración agitada. Debí matarte entonces, en esos breves instantes en que eras tan vulnerable y frágil que hasta me tratabas con ternura. Eras raro. Eras más raro que yo. Por lo menos yo voy con la bandera de Perra bien pintada en la frente, pero tú…

Pero tú eres un hijo de puta. Lo peor de todo es que no se te nota.

Y repetías las mismas palabras de siempre:

Te quiero, Mónica.

Y yo nunca me cansé de escucharte.

-Yo no te voy a dejar jamás –te contesté en más de una ocasión-. Verás cómo eres tú quien me deja finalmente.

Tú no me creíste. Hasta hacías como que te enojabas. Pero yo lo sabía. Lo sabía.

Lo supe cuando me di cuenta de que eras tan parecido a mí. Mi única amiga se llama Insomnia. El Olvido me acompaña desde que yo recuerdo…

No, Mónica. Jamás podría separarme de ti.

Y yo quise creerte. De verdad lo quería.

-Eso dices ahora –auguré sin saberlo-. Tengo este… este…

¿Cómo decirlo?

-Tengo este patrón autodestructivo que no sé cómo romper.

Soy adicta a ti.

Soy adicta a muchas otras cosas.

Relaciones conflictivas.

Te busqué desde siempre. Cuando apareciste, ya no te esperaba. No podías ser real. No debiste serlo. Supe que ibas a ser un castigo, un verdugo más de tantos que ya ni siquiera recuerdo…

Posted by MyDramaQueen.

0 sugerencias para reescribir este guión.

 


Lee aquí el séptimo capítulo de Eterno domingo.


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2 Responses to “Eterno domingo (octavo capítulo)”

  1. sv alteza says:

    aaay reina, pensé que ya eras una persona nueva, que se ocupaba más de sí misma, ya veo que no.

    sólo te daré un consejillo: cuando hables mal de mí en pláticas de sobremesa, asegúrate mi vida, de que nadie sea mi fiel conocido, luego vienen y me cuentan y me hacen sentir que te importo mucho, pero no, verdad?

  2. Cyrus says:

    hola jess espero ke estes bien… saludos…

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