Eterno domingo (quinto capítulo)
ETERNO DOMINGO

Jéssica de la Portilla Montaño.
Once de la noche del mismo domingo.
No quise seguir escribiendo sobre ti
tuve que apagar la computadora por el resto del día
no quise seguir pensando en ti
tuve que descargar un revólver invisible sobre mi cabeza…
Definitivamente, no se me da lo de ser poeta.
En cuanto me desperté, encendí la computadora. Encontré un cuento extraño llamado “El bolígrafo malvado”, sobre una pluma que quería vengarse de su dueña y la obliga a escribir cosas que no quiere y que no quiere y que no quiere… Creo que tiene que ver con eso de la grafomanía.
Mónica está sentada frente al escritorio, su cabeza descansa sobre la superficie de madera, un río escarlata le baña el rostro: se ha suicidado. En un momento de desesperación se pegó un proyectil de tinta roja en la sien. La pluma fuente aún chorrea. Mónica mueve los dedos sobre el escritorio, pensando en lo muerta que está. Fin del cuento.
Absinthe with Faust. Esa rola me tiene obsesionada. Cradle of Filth ni me gustaba cuando iba a El Chopo a cambiar discos y después entraba al Salón 21 invitada por las vampiresas, o hacía portazo en el Circo Volador con mi ex bandita de punks.
Y por ti volví a explorar todo aquello que juré no volver a permitir en mi vida. Ahora no quiero ni Dark ni Punk ni nada de nada porque todo me recuerda a ti. Todo…
Tengo que mandarle un correo a Michelle. No sé en qué demonios he estado pensando. Se me olvida todo lo que hago y lo que tengo que hacer. Mi hueva es infinita. Mamá se la pasa quejándose, dice que no ayudo y que la niña parece suya, pero no entiendo de qué se queja si ella decidió acapararla en cuanto regresé a la casa. Anda histérica porque no hay chacha, no sé por qué se fue la última (creo que tuvo tres o cuatro chachas en los dos años que no estuve aquí) y no sé desde cuándo anda así. Ya le dije que me dé a la niña y que yo me hago bolas con ella pero no quiere, dice que soy una vaga (¡hello! si me la paso en mi cuarto, escribiendo o tocando el piano o dibujando o fumando) y que bla.
Tengo que juntar varo para largarme de aquí. Mi mamá ya me tiene frita y me caga, me caga que diga groserías frente a la niña. ¡Joder!
Hoy es domingo. Me despierta una mano sobre mi vientre, dos rodillas heladas detrás de mis piernas, miles de cabellos enredándose en los míos.
No me muevo ni un milímetro. Sólo quiero sentirte así. Quiero recordarte como si fueses mi instante perfecto, mi momento Kodak.
Quisiera creer que este martes es uno de nuestros tantos domingos.
-Y si llegara a perderte, conservaría una sola imagen de un día contigo.
Un día como hoy, un domingo cualquiera, uno de tantos fines de semana en tu casa, en tu habitación, entre tus sábanas.
Es imposible no moverme por más que lo intento. Despiertas, me miras, me besas, cierras los ojos. Me entretengo con los lunares de tu espalda.
Supongo que sí me gusta pensar en ti. Siempre he tenido tendencia al masoquismo.
Me encanta arrancarme el corazón y exprimirlo para sacarte de él por un rato. Aunque regreses después.
Qué distinto debe de verse todo desde la otra orilla. Dímelo tú. Te largaste así, nada más; comenzaste a hacer tus cosas sin importarte lo que pasara con Mónica, tu mujer de turno, la tonta que aceptó vivir contigo y que ahora piensa en ti cada pinche día. Esta mañana de domingo yo debería estar en tu casa, en tu cama de sábanas revueltas, contando cuántas veces late tu corazón mientras me torturas jalando con los dientes mi arete del ombligo. Hoy es un día gris, hoy no es domingo sino un pinche martes y hoy eres tú el que no está aquí. No encontraste una sola palabra que me explicara el porqué. Tú ibas a ser el gran amor de mi vida, el definitivo, el verdadero. Le diste otro significado a mi paranoia, me recordaste lo que es hacer planes con alguien para un futuro juntos… Por eso ahora te odio más que a ningún otro, más que al papá de Lizbeth, más que a todos los hombres que se hayan cruzado por mi camino. Vomito el amor que decías tenerme, espero que se pudra dentro de ti cualquier sentimiento que aún te quede. Y no me arrepiento de todo lo que dije. Era cierto. Necesitaba encontrar algo que te doliera pero no, nada, ni siquiera te importó. En cambio tú sí me mentías, y yo lo sabía pero aún así preferí creerte, eso fue todo. Ahora vivo obsesionada contigo. Cada día despierto pensando en lo mucho que te odio. Cada noche me duermo maldiciéndote a ti y a todo lo que vivimos. También maldigo aquellas cosas que ya nunca vamos a hacer.
Tú ya no estás. Ni siquiera sé si alguna vez estuviste o no. Siempre te sentí ajeno, estabas en otra parte aun estando conmigo, no pasaba nada, nunca pasaba nada ni malo ni nada bueno. Hoy te extraño porque no es domingo. Los sábados nunca dormíamos por estar jugando. Era feliz –muy feliz- contigo, y no estoy conforme con tu partida. Tal vez pronto lo esté, pero hoy no es así. Hoy no es así.
Para mí sigue siendo domingo.
Y te lo dije. Yo te dije que todo esto pasaría. Y te lo recordé en persona, luego de que tú me pateaste de tu vida sin siquiera mirarme a los ojos.
Una carta. Una carta en la almohada. Hueva. Pero qué hueva, en serio. Aún no terminaba de leerla cuando tu madre tocó a la puerta para preguntarme si pensaba llevarme a Lizbeth.
-¿Me corre, suegra?
Yo no quisiera decirlo así, Mónica…
Ya me había acostumbrado a dormir ahí. Me gustaba. La cuna de la niña en la habitación de mi suegra. Tú y yo solos toda la noche, tú y yo solos la mitad del día.
Mi hijo se fue. No puedo ayudarte más con la niña. Lo mejor para ella es que regreses con tus papás.
Entonces entendí que ella ya lo sabía. Luego até cabos, lo mismo que escribí en mi último blog: toda la semana se despidió de mí sin decirlo, le dio varias muñecas a Lizbeth (no sé de dónde sacó el dinero) y a mí me hizo ese pastel azteca que tanto me enloquece y que nunca aprendí a preparar.
Aún no lo entiendo. Entonces no te importó. Ahora te importará mucho menos. Para ti ya estaba tomada la decisión.
La carta decía:
Necesito estar solo, Mónica.
Mientras Mónica te rogaba en silencio: No.
Por favor.
No me dejes…
Tú solamente repetías:
Quiero estar solo.
Discúlpame.
No era mi intención. No puedo con esto.
Lo siento.
Y para ti fue tan fácil terminar con todo.
Y era domingo. Precisamente sucedió un domingo. Era el tercer fin de semana que no llegabas a dormir. Tres domingos sin despertar con el silencio de tu respiración.
No puedo conciliar el sueño sin tu cuerpo frente al mío, Mónica.
Un domingo cualquiera simplemente desperté, y una carta:
Adiós, Mónica. Te amo.
Y ya.
Eso fue todo.
Entonces supe que todo, que TODO había valido.
Yo dormía con el rostro vuelto hacia la pared. Con tu brazo en mi cintura. Con tus pies entre los míos…
Me gustaba desvestirte después de hacerte el amor una vez, la primera de cada noche, cuando llegabas de la obra de teatro, cansado pero con ganas de estar conmigo. Me gustaba acariciar tu cabello hasta que tus latidos se sincronizaran con los míos. Me quedaba quieta mirando la vena de tu cuello, ésa que salta cuando tu corazón te golpea en el pecho con toda violencia. El tiempo en tu mundo era sólo para mí. Dediqué tantas noches de insomnio a memorizar cada uno de tus detalles por si alguna vez te ibas: la aspereza de tu piel, la sequedad en tu cuerpo, tu alma vacía, tus cicatrices, los piquetes en tu muñeca izquierda siempre ocultos bajo un montón de brazaletes…
Y me quedaba ahí, mirándote dormir durante horas y horas.
Horas y horas…
A veces, mientras soñabas conmigo, yo tomaba alguno de tus libros de Poesía. ¿Recuerdas el último concierto al que fuimos? Al regresar, tú te dormiste de inmediato y yo no podía, tenía demasiado sueño para hacerlo, todavía sentía electricidad en las venas, quería seguir escuchando música pero no había nada, y tomé el primer libro que vi.
Neruda.
Maldita sea…
Lloré en silencio con ese Poema Cinco, palabras ausentes de un poeta muerto, escritas únicamente para que yo las leyera mientras tú soñabas conmigo.
Y no. Este blog no es para ti. Todas estas líneas están dedicadas a Pablo Neruda y a su Poema Cinco. Tú jamás ibas a leerme de nuevo. No me verás cuando regrese a los escenarios. No quisiste escucharme una última vez, jamás hiciste caso ni de mis gritos ni de mis lamentos, mucho menos de mis súplicas. Ése es el único poema que recuerdo de tantos y tantos con que me entretuve entonces para no molestarte con un movimiento brusco o con un beso involuntario, con mis lágrimas idiotas o con una caricia furtiva.
Me encantaba despertarte, pero hubiese preferido no dejarte dormir nunca…
Cada fin de semana penetrabas en mis huesos innumerables veces, como una aguja, como una jeringa, acariciabas mi cintura para darme la muerte, te gustaba apretarme el cuello hasta que yo comenzara a desesperarme. Te gustaba verme al rojo vivo, los brazos llenos de cicatrices de tijeras y alfileres y de tus dedos… Te gustaba jalarme el cabello, aplastarme contra la cama, quedarte sobre mí hasta asfixiarme. Te gustaba, no lo niegues, yo sé que tu deporte favorito era jugar a molestarme, pero no llegabas a hacerme daño y eso siempre me molestaba más.
Relaciones conflictivas…
Lo único que conservo de Medicina es el DSM IV. “Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales”. El mejor regalo que mamá me ha hecho en su vida…
¡Que no soy obsesiva, Doctora Claudia! ¡Que no y que no y que no!
Me hace falta tu tristeza. A mí me gustaba también. Me gustaba sentirte como otra parte de mí. Pensar que sólo eras mío, que sentías lo mismo que yo y que pensabas lo mismo que yo al mismo tiempo. Me encantaba introducirte en mi cuerpo, te clavaba en mi antebrazo para que poseyeras mis neuronas.
Me gustaba perderme en tus ausencias, que eran cada vez más frecuentes.
A veces no llegabas.
Otras, simplemente, desaparecías.
Hasta ahora me doy cuenta de que nunca me gustaste tú.
Eres malo para mí.
Siempre lo fuiste, y jamás has dejado de serlo.
Posted by MyDramaQueen.
1 sugerencias para reescribir este guión.
At Noviembre 30, 2006 4:23 AM, FaiRyTales said:
Moni sabes q’ me encanta cómo escribes pero deberías d’ aprovechar
pa’ estar con la Güera y quedar chido con tus jefes. X q’ no sigues
con el monólogo? T’ sirve d’ terapia pa’ olvidar a ese k’brón…
Lee aquí el cuarto capítulo de Eterno domingo.





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