Eterno domingo (primer capítulo)

ETERNO DOMINGO

Junkie love
Jéssica de la Portilla Montaño.


Once de la mañana de un domingo.

Por fin desperté.

¿Desperté?

Sí, creo que sí.

¿Pero cómo puedo estar realmente segura de si ya desperté?

Tal vez ésa sea la gran interrogante que no he podido contestar en tantos siglos:

¿Estoy dormida? ¿Ya me desperté?

Carajo. No tengo la menor idea. Pero por hoy no quiero pensar en nada.

Absolutamente nada.

No. Hoy no voy a pensar en nada. Sólo por hoy.

Sólo por hoy no voy a pensar en nada. Sólo por hoy. Sólo…

Enciendo la computadora. Jamás me levanto de la cama sin conectar antes el módem. Internet. Música. Messenger.

El primer cigarro del día. Tabaco por la mañana y una taza de té verde con arroz tostado.

Sólo bebo café cuando salgo a la calle. No es lo mío. Café instantáneo. Café molido. Café en grano. Café con un sobre de edulcorante, otro sobre de sustituto de crema para café en polvo, dos servilletas blancas, una cuchara de plástico, mantelitos con un logotipo. Toda una industria alrededor de la cafeína.

Uno de mis profesores dice que todos los personajes complejos deben tener un vicio.

“Vicio de carácter”…

La puerta de la habitación de Mónica se abre bruscamente. Unos jeans perfectamente doblados caen de los brazos de Mónica. Un hitter de madera es agitado en el aire por una mano muy blanca y muy suave. ¡Oh, Dios!, piensa Mónica mientras el trozo de madera es agitado por cinco uñas pintadas de un color rosa que ni es coral ni es melón: ese barniz es color ama de casa frustrada. Mónica retrocede, aterrorizada.

Mamá.

Mamá camina hacia Mónica sosteniendo el hitter en alto, como si fuese un crucifijo capaz de calcinar a la hereje, a la blasfema pecadora que se acaba de tatuar dos círculos de fuego en el pubis.

¡Dios Mío!

Mamá grita al ver el odio encerrado en los ojos de la cabra, al ver a la cabra envuelta por una estrella de cinco puntas, al ver dos círculos de fuego que protegen el símbolo de la Bestia que amenaza con germinar en su hija.

Detrás de mamá, entra papá a la habitación. Alza las cejas, cierra los ojos, se quita las gafas y da media vuelta.

¡Dios Mío!

Papá sabe que no debe ver a Mónica desnuda.

¿Otra vez, Mónica?

¿Otra vez, qué?

Luego hablamos de eso.

Mamá señala el pentagrama con el dedo índice, pero no puede mirarlo. Nunca debía hacerlo. Un desconocido magulló ese bajo vientre –no: más abajo del bajo vientre- con agujas y tinta indeleble porque Mónica creía que la ropa iba a ser su cómplice, que ocultaría la enrojecida mutilación de las miradas imprudentes.

Pero no.

Y todo por culpa de un pinche hitter.

Mónica sólo era otra idiota que se creía la más perra de todas, una auténtica bitch. Pero no.

Ya sabes de qué hablo, Mónica.

Sí. Ajá.

Mónica alza las cejas. Mamá apunta con el hitter directo a los ojos de su hija.

Dime qué hacía esto en mi recámara.

Mónica no puede decir nada. Traga saliva. Se lleva una mano a la frente y se rasca.

Mamá toma la toalla mojada que está extendida en la cama y se la avienta a Mónica.

¿Otra vez?, ¿qué pasa contigo?

Mónica levanta los hombros. Quiere llorar pero no puede permitírselo.

¡Me habías dicho…!

Mónica ha dicho tantas cosas en su vida que no sabe qué promesa le echan en cara en esta ocasión.

Eres adicta a las drogas, Mónica.

El hitter vacío se ve tan grande que casi logra ocultar totalmente el rostro de mamá.

No. Mónica ya las había dejado.

Papá entra a la habitación. Mira a mamá, no a Mónica. Mónica deja que su mente se quede en blanco mientras sus padres discuten sobre Mónica como si no estuviese presente. Bueno. Mónica escucha hablar de sí misma.

Es divertido.

Mónica camina hacia el clóset, abre la puerta y se encierra en él. Busca ropa limpia con desesperación.

Sí es adicta a las drogas. Lleva varias recaídas.

No es adicta a las drogas. Ya las ha dejado antes.

¿Eres adicta a las drogas, Mónica?

Papá se coloca las gafas y mira a Mónica. Mónica se ha vestido con una playera negra. El brazo de mamá no se cansa de sostener en alto el hitter como un trofeo.

Pero qué bueno que no naciste en Salem, Mónica.

¿Y quién eres tú para saber si eres o no eres adicta a algo?

Ésas no son las únicas drogas que existen, pero son las más publicitadas. Mónica quiere escupir cada vez que escucha esas dos palabras: adicta, y drogas. Dos palabras siempre en la misma oración que siempre se refiere a la misma persona:

Mónica, adicta a las drogas.

Mucho gusto. Viciosa profesional. Adicta de tiempo completo…

Claro que Mónica ha dejado las drogas antes. Tantas, tantísimas veces antes, que ya hasta perdí la cuenta de cuántas.

Deberías regresar a terapia.

La solución a todo lo irresoluble:

TERAPIA.

-Prometo regresar pronto, mamá.

Al fin que mi vida ha sido una larga consulta psiquiátrica. Creo que alguna vez hice un catálogo con fotografías de los consultorios a los que me han llevado desde que me acuerdo.

“La ociosidad es la madre de todas las Mónicas del mundo”, escribió alguien en un comentario anónimo que borré luego de reírme un rato. Nada más cierto. Un minuto después, la opción de Sólo usuarios registrados quedó habilitada para el resto de mi inexistente carrera como dramaturga.

Mientras trabajes y estudies, puedes hacer lo que quieras. Pero aquí hay límites.

-Ya sé, papá.

Límites. Mi mundo se basa en la creencia de que hay límites que nunca hay que transgredir.

Nunca…

¿Tienes trabajo?

-No me han llamado.

¿La escuela?

-Ya casi me gradúo.

Y me dieron beca, pero eso mejor ni lo menciono.

Los papás de Mónica se quedan callados. Pero sólo por un segundo:

No quiero oler esa cosa por toda la casa. No entres a mi habitación. ¿Me oíste, Mónica?

-Sí, mamá.

Mamá gira sobre sus talones y arroja a la cama el trozo de madera que comenzó esta discusión.

No quiero que mamá se enoje por tu culpa. ¿Me oíste, Mónica?

-Sí, papá.

Y no te acerques a la niña.

Y papá y mamá se toman de las manos y caminan juntos hacia su habitación, donde los esperan dos enormes almohadas de terciopelo blanco.

Ya no quiero que salgas con Michelle.

Mamá no podía quedarse con las ganas de pronunciar la última palabra, como siempre hace.

Sueña conmigo, Mónica…

Pero otra vez tengo mi hitter.

Posted by MyDramaQueen.

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One Response to “Eterno domingo (primer capítulo)”

  1. jaime ceceña gastelum says:

    me gusta tu manera de escribir!!! eres muy buena en eso. seguire leyendo…

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